
1.
Mamá se arrojó por la ventana de un cuarto piso once años antes de tenerme. Papá solía estar más fuera que dentro, como un perro callejero, pero esa vez fue el principal testigo de lo que pasó. Ayer, sesenta años después, hablamos por primera vez del tema con mi hermana Laura. Ella dice recordar el sonido del cuerpo al caer. Me lo dice por teléfono desde Bogotá, donde ocurrió el accidente y donde vive. Se lanzó de un cuarto piso, repite.
Mamá se salvó. Por eso pudo nacer mi hermana Constanza, cuatro años después. Cuatro mujeres: Laura, Ximena, Constanza y luego yo.
Muchas veces me he preguntado si tuvo algún desdoblamiento tras la caída. Me cuesta creer que uno siga siendo la misma persona después de haber acariciado la muerte. Me pregunto si la gente que se mata de maneras intempestivas llevaba mucho tiempo pensando su propia muerte, o si, por el contrario, puede el suicidio ser un arrebato sin más. Llamé a mi hermana Laura porque en la primera persona en quien pensé cuando supe de la muerte de mi prima Myriam fue en la otra Myriam de Nogales, mamá. Solo mi hermana sabría responder a mis preguntas.
Laura dice recordar que papá y mamá discutían en una habitación a puerta cerrada.
—¡Myriam, no! ¡No lo hagas! —teatraliza. Y luego ese sonido.

Las huérfanas
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Nos quedamos calladas un momento. Ella lo repite dos o tres veces. Yo no le hago notar que se repite, acaso porque también necesito volver a escucharlo. Papá bajó corriendo las escaleras del edificio. Cuando salió, según mi hermana, mamá estaba tendida sobre el techo de un carro con los brazos, las piernas y varias vertebras fracturadas. Recuerda que quería ir a mirar. Tía Melba la retuvo. Mamá estuvo interna en una clínica psiquiátrica cerca de un año. De eso, como de tantas cosas, nunca hablamos. Mamá sufría ese tipo de enfermedad mental que es la negación permanente de la enfermedad mental. Tenía en ese momento dos hijas, veintiocho años y llevaba menos de uno viviendo en Colombia.
Si bien se salvó, su columna no quedó igual. uchos de sus problemas de huesos venían de ahí, fice mi hermana Laura, Lala, la médica psiquiatra, como lo fue también mi abuelo materno y como mi tío Álvaro, hermano de mamá. Me sorprende que hable sin vacilar de un hecho que ocurrió cuando ella tenía dos años. A veces pienso que en la carrera de Medicina les enseñan también a hablar así, como si tuvieran todas las respuestas. Abro los ojos. Vengo de una familia de psiquiatras y psiquiátricos, que no es lo mismo, pero es igual. Tomo una larga bocanada de aire antes de dejarme caer sobre la silla. La vida es una serie de eventos afortunados y desafortunados que se aparean a cada instante: “Quiso morir, pero sobrevivió”; todo eso en tres segundos que durarían para siempre.

2.
El día en que mi prima Myriam murió pensé en mi mamá. Las dos fueron Myriam de Nogales. Las dos intentaron quitarse la vida. Pero mamá murió vieja y rodeada de sus seres queridos, no así mi prima. Las dos Myriam, además del nombre, compartieron el garbo, los ojos saltones, los rizos rojizos.
Mi esposo y yo llegamos a Barcelona hace tres años son nuestros dos pequeños. A Myriam la veía poco; se había conseguido un novio bruto que la llamaba “Cari” y le daba nalgadas. Al tipejo le faltaba un diente, tenía aliento a ajo y butifarra y escupía al hablar. Mi prima, como su hermana Verónica, era artista. En el pasado, cuando vino un par de años a vivir a Colombia en busca de los pasos de su padre, muerto en un accidente en un pueblecito entre montañas siendo ella era apenas una niña, nos habíamos convertido en compañeras de apartamento. Vivimos juntas en Bogotá a finales de los años noventa. En el apartamento de la calle de El Despeño, en pleno centro, entre palomas y pandillas, acomodamos un colchón pulgoso en el salón. Cada una tenía una habitación propia. Cuatro paredes para desparramar su soledad, su confusión.
Teníamos también un gato, Aquiles. Un gato malo y obsesivo que me perseguía y me aruñaba cuando buscaba estar sola. Antes de Aquiles hubo también una gata, Renata. Pero Renata murió. Ahora que lo ienso mi historia ha estado marcada por las muertes mi alrededor. Bueno, la de todos, claro. Pero yo he venido a hablar de los míos, que son los que conozco. on la decisión de mi prima volvieron a bombear en mis arterias los muertos que corrían por mi sangre. La noche que recibí la noticia vomité hasta la bilis. A la mañana siguiente fue cuando pensé en llamar a mi hermana para preguntarle si sería algo grave. Una vez la tuve en la línea solo quise saber cómo había sido el intento de suicidio de mamá. La otra Myriam. La que sobrevivió a la caída.
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