
Bien por la crisis persistente del sector psiquiátrico o por los incidentes delictivos regulares en los que se ven implicados individuos privados de su voluntad, la enfermedad mental es objeto de debate.
La cuestión de cómo la sociedad puede afrontarla mejor, en toda su complejidad y diversidad, se ve sin duda enturbiada por prejuicios románticos sobre la “locura” (su relación con el genio, su relatividad cultural, etc.). El debate también puede verse obstaculizado por un prejuicio evolucionista, que consideraría la asistencia psiquiátrica o el estatuto jurídico singular del trastorno mental como innovaciones de la Modernidad occidental.
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Es cierto que el tratamiento médico y social de las enfermedades mentales en el siglo XXI está profundamente determinado por la invención relativamente tardía del hospital y los fármacos potentes, o por los avances en la obtención de imágenes del cerebro. Aunque el marco institucional, las técnicas de atención y los métodos de investigación científica tienen una larga (y fascinante) historia, lo cierto es que su evolución está definida por principios sociales estables, que se formularon por primera vez en los albores de nuestra civilización.

La ausencia de responsabilidad penal de los individuos cuyo juicio ha sido abolido es una regla de derecho que se observa desde la prehistoria. Del mismo modo, también existe una psiquiatría antigua, pensada y nombrada como tal. Los autores latinos se refieren a ella como “el cuidado de los locos” (curatio furiosi). En el ámbito médico, reflejaba el tratamiento cívico de los enfermos, denominado por los juristas “protección de los locos” (cura furiosi).
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Nacimiento de la psiquiatría
Los procedimientos para el tratamiento médico de las personas con trastornos mentales graves (los furiosi) fueron desarrollados por autores de lengua griega y a menudo de origen griego, ya que la medicina era una disciplina arraigada en esa civilización. Pero esta invención tuvo lugar en época romana y en la ciudad de Roma, en el ambiente senatorial y burgués de la República tardía (en tiempos de César y Cicerón, o poco antes).
El nacimiento de la psiquiatría es inseparable del nombre de Asclepíades de Bitinia (en la actual Turquía), una figura singular que llegó a ejercer la medicina en la Ciudad Eterna, donde trabajó en el séquito de Craso el Rico. Pero a su sombra, el tratamiento medicinal, incluido el uso de psicofármacos y sedantes, sin duda ya se había extendido hasta límites imposibles de evaluar.
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Posteriormente, la atención psiquiátrica se desarrolló y consolidó en el contexto imperial, sobre todo en el apogeo del Imperio encarnado por la dinastía Antonina (Trajano, Adriano, Marco Aurelio, etc.).
En este sentido, la psiquiatría antigua no fue tanto una invención romana como una invención del filohelenismo romano: nació del encuentro entre el arte médico griego (también su cultura gimnástica o su arte de la oratoria) y las costumbres de una sociedad conquistadora, cuyas élites adquirieron niveles de riqueza sin precedentes, hasta el punto de poder financiar a largo plazo los cuidados diarios de sus pacientes. El nacimiento de la psiquiatría también se benefició de la primera “globalización” de los periodos helenístico y romano, que dio acceso a nuevas especias y medicamentos.
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La psiquiatría antigua era ante todo un arte disciplinario. Además de las purgas en el centro de todo tratamiento médico, el cuidado de los pacientes con demencia combinaba disciplina dietética, disciplina conductual y ejercicios físicos, sensoriales e intelectuales. El habla desempeñaba un papel importante y el estado emocional del paciente era objeto de una atención constante. También parece ser que los medicamentos se utilizaban con frecuencia.
Cuerpo y mente, razón y sentimientos
Como su nombre indica, la psiquiatría romana (o curatio furiosi) se ocupaba principalmente de los “dementes”, los “locos” (furiosi), una categoría médica tardía y mal definida, cuyos nombres latino y equivalente griego (mainomenos) están tomados de las categorías de la vida social y jurídica.
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Tal y como sigue expresando el derecho francés del siglo XX, el “demente” es ante todo un individuo cuya voluntad está tan perturbada que justifica un estatuto jurídico especial, que combina la incapacidad civil y la irresponsabilidad penal. La situación excepcional de estas personas ya era tenida en cuenta por el derecho prehistórico. Sólo más tarde los médicos antiguos desarrollaron cuidados terapéuticos para los individuos en estado de “demencia”, cuya enfermedad corresponde en gran medida a la noción de psicosis de la medicina moderna.
Sin embargo, el método de tratamiento que los médicos grecorromanos ponían en práctica para curar o aliviar estas afecciones también se aplicaba, en ciertos aspectos, a las afecciones vecinas conocidas como “frenitis” y “melancolía”. La “frenitis” es una categoría médica muy antigua que designa una afección fulminante, y a menudo mortal, asociada a síntomas de grave confusión mental. Los autores modernos han creído reconocer la encefalitis, la meningitis, el paludismo o el síndrome del delirio orgánico.
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La “melancolía”, por su parte, es una categoría de invención tardía e incierta. Su significado varía considerablemente de un autor a otro. Entre los autores romanos, lo más frecuente es relacionarla con la “demencia”, con la que tiene en común que se trata de un trastorno mental grave y duradero. Sin embargo, a diferencia de la demencia, se refiere a trastornos afectivos (fobias, paranoia, depresión, etc.) y no a trastornos cognitivos o intelectuales (delirio, delirios, locura, etc.).
Los cuidados prestados por la psiquiatría varían de una enfermedad a otra y, en cierto sentido, es el método de atención el que define las enfermedades. Pero el cuerpo del paciente es siempre el objeto principal de la acción terapéutica.
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Purgar el cuerpo para sanar el alma
Para tratar la frenitis, claramente una enfermedad física, la psiquiatría antigua utilizaba en primer lugar remedios ordinarios de la medicina antigua, como las sangrías y las purgas. Igual que actualmente no se trataría una meningitis en los servicios psiquiátricos, en aquel caso, los tratamientos mentales destinados a aliviar los síntomas de confusión sólo se aplicaban superficialmente.
El cuidado de las personas con demencia era también una cuestión de cuidado del cuerpo. La demencia, al principio ajena a la medicina y más tarde naturalizada en la clasificación de las enfermedades, fue concebida por comparación con la frenitis. Por lo tanto, recibió los tratamientos básicos previstos para esa enfermedad “del interior” que había que eliminar.
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Este aspecto de la psiquiatría antigua es, en otras palabras, el producto de un silogismo: curar una enfermedad es purgar el cuerpo; si el loco es un paciente, su cuerpo debe ser purgado. Pero la demencia también recibe una amplia gama de tratamientos destinados a restablecer la razón y calmar las emociones: tratamientos que podríamos denominar “psicoterapia”.

Los pacientes melancólicos eran los principales beneficiarios de esta “psicoterapia”, aunque la medicina antigua los distinguía claramente de los pacientes dementes, según una lógica que reflejaba la del derecho. En los tribunales, los pacientes melancólicos que sufren por sus emociones no se benefician del régimen jurídico excepcional de los dementes, porque su enfermedad no suprime su capacidad de comprensión ni su voluntad.
Sin embargo, la atención de salud mental que se presta a las personas con demencia también se presta (e incluso más) a las personas con melancolía, por la misma razón que nuestros servicios psiquiátricos tratan la depresión: es decir, por la gravedad de su enfermedad y la amenaza que supone para la vida de quienes la padecen.
Para la “demencia” en el sentido estricto del término, el antiguo alienismo que tomó forma en Roma combinaba, por tanto, un régimen de protección jurídica (cura furiosi) con un régimen médico (curatio furiosi), según una distinción que tenía en cuenta el doble aspecto individual y cívico de la psicosis, y confiaba su responsabilidad a distintas profesiones. Reconocer los orígenes antiguos, incluso prehistóricos, de esta doble relación con la enfermedad mental es reconocer en ella un principio fundamental de nuestra vida social.
*Este artículo se basa en gran medida en las fuentes recogidas en el libro La psychiatrie à Rome, Comprendre et soigner la folie d’après Celse et Caelius Aurelianus y fue publicado en The Conversation.
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