Cómo escribir autoficción sin ponerse colorada

La autora de la novela “Vestida de espía” reflexiona sobre las consecuencias que tiene, desde el miedo a los prejuicios en ella y su círculo íntimo, publicar una novela con detalles autorreferenciales

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La autora se sumerge en
La autora se sumerge en un relato personal tan valiente como polémico

Este año, mi abuela cumple noventa y cinco años. Es mi persona favorita del mundo. La llamo por teléfono todas las noches. Cuando publiqué la novela fue la primera que insistió en leerla. Le pedí que no lo hiciera.

—¿Por qué? —me preguntó.

—Es muy íntima, abuela, no la leas, no te va a gustar.

— ¿Yo soy un personaje?

—Sí.

—Entonces la quiero leer.

Terminé cediendo. La leyó. Nunca más mencionó el tema.

Algo parecido pasó con mi suegra. No vive en Argentina y dijo que se iba a comprar la versión para ebook en una conocida plataforma. No me animé a preguntarle si lo hizo. No sé si la leyó y creo que prefiero no saberlo. Me da miedo que piense que su hijo se casó con una puta; Alicia, la protagonista de mi novela, no sólo se parece a mí, sino que coge bastante. Además, padece un trastorno bipolar, es decir se duplica el temor: puta y desquiciada.

En Vestida de espía, la protagonista es rubia, judía, artista plástica, nacida y criada en Palermo (como yo). Podría decirse que es una autoficción; género bastante cuestionado en cuanto a su valor literario y el prejuicio que existe en torno a que quienes escriben este tipo de libros se privan de la imaginación. Sin embargo, desde hace varios años, cada vez más editoriales suman autoficciones a sus catálogos.

La literatura y el arte políticamente incorrectos son los más interesantes; pero una cosa es leer cuando el libro es de otro, y otra muy distinta es atreverse a publicar uno. Soy bastante neurótica e insegura, entonces Vestida de espía me generaba varias contradicciones. Emociones parecidas al pudor y la vergüenza que sentía de chiquita cuando tenía que hablar delante de toda la clase en la escuela primaria. A los siete años, era inevitablemente objeto de burlas y canciones entre mis compañeritos. El clásico “se puso colorada, se puso colorada” me atormentaba cada vez que la maestra me preguntaba algo. Empecé a tratar –sin éxito– de evitar hablar en público a toda costa. Treinta años después, cada vez que me preguntan de qué se trata mi novela, cómo fue que me inspiré, me pasa algo similar. Esa taquicardia violeta bermellón que teñía mi cara reaparece y me pongo nerviosa, esquivo la respuesta. ¿Para qué me esforcé tanto?, pienso. Años de talleres, clases con Luis Mey, sesiones enteras de terapia dudando si escribirla, y en caso de hacerlo, si publicarla bajo un pseudónimo o con mi nombre real. Tomar la decisión. Escribirla, editarla, imprimirla, publicarla, presentarla, difundirla, mandársela a periodistas para que la lean… ¿Para qué? ¿Para ponerme colorada cada vez que alguien me pregunta de qué se trata?

Cecilia Epszteyn desnuda las influencias
Cecilia Epszteyn desnuda las influencias literarias y el proceso creativo detrás de "Vestida de espía" (ed. Metrópolis, 2023)

El trastorno bipolar sigue siendo un tabú, un tema complicado del que mejor no hablar. A Alicia –la protagonista de mi novela– esta enfermedad la toma por sorpresa a sus veinticuatro años, y lo vive de manera dramática. La niega y no acepta tomar la medicación, convencida de que las pastillas “engordan”. Se ve gorda y se siente fea. Prueba miles de dietas para adelgazar intentando encajar y ser “perfecta” para que el mundo la quiera y enamorar así a cada uno de los pibes que va conociendo mientras transcurre su vida en este raid, tratando paralelamente de terminar alguna carrera e insertarse en el mundo laboral.

Fragmento:

En el Farmacity encontré todo lo que necesitaba para mi noche con Gaspar. Chocolates. Galletitas Santa María sin gluten. Las abrí. Fui picando mientras compraba maquillajes, CD de los Beatles para bebés, chupetes, budín sin tacc de chocolate también, cepillos de dientes (cuatro), cremas. Cargada con miles de bolsas, mareada, salí.

Entré en un hotel que me llamó la atención. Me atendió un conserje alto, castaño, narigón. El hotel parecía el de El resplandor. Setentoso. Alfombra estampada. Pensé que todos debían estar atrás, en el salón de fiestas de vidrios con hojitas. Mi abuelo Aarón y sus hermanos muertos, también John Lennon, mi familia y la de Gaspar Cigala. Nuestro casamiento sería allí. Me maquillé en el bañito dorado. Me puse el vestido nuevo. Alguien estaría por filmar mi entrada, era la sorpresa que me querían dar. Cuando salí del baño, el conserje me miró fijo. Al final no había nadie más que nosotros dos. Le lloré al hombre en la cara. Le pregunté por el “reality”. Él estaba desorientado, parecía no entenderme. Salí llorando y le pedí que por favor cuidara mis cosas.

Tenía que seguir mi camino, las pistas de Gaspar. Pregunté por él en la entrada del Sheraton. No conocían a nadie con ese nombre. Empecé a indagar sobre otros nombres inventados como en las películas donde los rockstars se alojaban con nombres falsos para ocultarse de sus groupies. —Por favor, retírese —me pidieron en uno y se repitió en otros. Hacía cada vez más frío. Ahora sí estaba empezando a sentirlo. Caminé por Plaza San Martín. Comenzó a lloviznar. Los tacos hacían que me dolieran los pies. Me saqué los zapatos. Había sangre [...]

Las personas que padecen trastorno bipolar pierden la identidad y son poseídas por un ego exacerbado que las corre de eje y se creen capaces de cualquier cosa. Por el cerebro de alguien que está atravesando una crisis maníaca, transitan miles de ideas a la vez que no conducen a nada. No hay coherencia, lógica, sentido ni escapatoria y, lo peor es que los cuerpos de pacientes/padecientes reaccionan detrás de sus pensamientos y terminan mandándose muchas cagadas: arruinar relaciones, perderse en la ciudad, comprar compulsivamente con tarjeta de crédito (con las dificultades que conlleva pagar todo después), no dormir, no comer –o hacerlo en exceso–, jugar o apostar, prostituirse y hasta drogarse sin registrarlo. Cuando termina la manía irrumpe la vergüenza, la depresión y la culpa. Por eso a este trastorno también se lo conoce como maníaco-depresivo.

"Vestida de espía" (ed. Metrópolis,
"Vestida de espía" (ed. Metrópolis, 2023), de Cecilia Epszteyn

Alicia después de atravesar la montaña rusa de la enfermedad, rechaza los tratamientos psiquiátricos y buscan otras formas de curarse, como terapias holísticas y retiros espirituales:

Fragmento:

El retiro era para limpiar el colon y el hígado comiendo manzanas todo el día. Muchos tipos grandes iban una vez al año a limpiarse porque se la pasaban comiendo asado. Al quinto día, mientras estábamos en la pileta con agua de río, se cayó mi celular en el camino de piedras y se hizo pedazos. Horas antes, Vanesa, una amiga de la facultad, me había llamado indignadísima para contarme que había leído el libro de Ian Karls, que al parecer trataba sobre el Tigre. Yo no lo había leído pero ya había visto de qué iba y le avisé. Según ella, Karls había armado una historia (ella había ido a las islas, yo no) en la cual el alter ego del escritor se la terminaba cogiendo. La mentira de Karls la había hecho pelearse con su novio. Él también había leído el libro… y había estado en el Tigre con ellos. Ella me dijo también:

—Y otra cosa: en la historia aparecés vos como otra de sus amantes. Hizo… ¿cómo te explico? —inmediatamente hizo un silencio.

Pensé que se había cortado la llamada y alzando la voz le dije:

—¡¿Qué hizo, Vanesa, decime?!

—La verdad es que hizo copy paste de todas tus crisis, o sea… de tus mensajes, los que escribiste vos, ¿no? De los maníacos… los que escribiste cuando estabas loca. Eso: aparecen textualmente. Perdón…

No dijimos nada como por un minuto. Después siguió:

—A mi personaje le puso Bebota. Al tuyo… Militante peronista. [...]

"En 'Vestida de espía', la
"En 'Vestida de espía', la protagonista se parece a mí, pero no soy yo",dice Cecilia Epszteyn

Si hay algo de lo que los seres humanos no estamos exentos es del chisme y del morbo por saber y sacar conclusiones sobre la vida privada de los demás. Los capítulos en que Alicia está maníaca son vertiginosos y quienes leen suelen indagarme inocentemente cómo hice para escribirlos. Prefiero no responder, detesto que me pregunten eso. Aunque en el fondo sabía que era el lío en el que me estaba metiendo al publicar esta historia. Nora Ephron decía que cuando una persona se resbala y se cae al piso los demás se ríen. Pero cuando una misma es quien lo cuenta, se convierte en la dueña de la risa, en vez de víctima de la broma. También en este sentido, Mariana Enríquez reflexionaba en una entrevista que “la autoficción tiene el mismo artificio y recorte que la ficción. (...) El recorte de la experiencia siempre es un poder que maneja el escritor”. Alicia tiene cosas mías, pero no soy yo, es literatura, un recorte, una heroína posmoderna. En la medida en que los lectores –entre ellos, mi suegra– puedan entenderlo sin tildarme de puta desquiciada, tal vez logre responderles mejor y podamos reír juntos sin que yo me ponga colorada.

* El arte de tapa de Vestida de espía, es una obra de la autora de esta nota.