
“Hoy, mamá ha muerto. O quizás ayer; no lo sé. Recibí un telegrama del asilo: ‘Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias.’ Pero no quiere decir nada. Quizás haya sido ayer”.
¿Quién podría olvidar el comienzo de la novela El extranjero y el derrotero posterior de quien se dice esas palabras en primera persona. Meursault, un argelino francés o francés argelino, distante de todo, extranjero en todos lados. Y por eso mismo, una persona que vive en unas coordenadas de una aparente indiferencia frente a lo que lo rodea, cargada en sí de un existencialismo que se fundaría de ese modo como corriente de pensamiento y de acción ¿Quién podría olvidar a Albert Camus, el autor de El extranjero, quien regía su vida a través de la pregunta “¿Por qué estamos aquí, en este mundo?” Una palabra fundante del existencialismo, así como una voz que resonaría en los jóvenes de la revuelta.
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Acaba de publicarse El derecho a no mentir (Debate), que recopila una serie de conferencias e intervenciones públicas desde su primera juventud, como “La cultura indígena. La nueva cultura mediterránea”, de 1937: pronunciada a los 23 años cuando era miembro del Partido Comunista Argelino y secretario de la Maison de la Culture de Argel. Allí propone un internacionalismo cultural para los países del Mediterráneo, no como continuidad del linaje del Imperio Romano -que ostentaba Mussolini de ese modo- sino como una forma de propiciar un intercambio entre los pueblos unidos por una cultura lingüística heredada del latin. Camus defiende la verdad en juego en España –atacada por los golpistas de Francisco Franco– y no el fraude del éxito del fascismo en Etiopía. Sin embargo, ese mismo año Camus renunciaría al PC debido al pacto Ribbentrop-Molotov –o el acuerdo de paz de Hitler y Stalin, en otras palabras– y la sumisión del PC argelino al PC francés, que reproducía el colonialismo galo en la nación africana (pero con una bandera roja como decorado).

Las conferencias, a diferencia de otro género literario, se imprimen después de realizadas. Transcriben la voz de su autor pero no el momento performativo de cada una de ellas: el tono de la voz, la elevación de ese tono, la gestualidad, la reacción del público, el aquí y ahora de la conferencia misma. No importa, porque si bien tal contexto brinda “vida” a la conferencia, también es cierto que las palabras que se pronunciaron allí son lo que finalmente valen, en una lectura menos inmediata del acto en cuestión.
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Su principal discusión sobre las posibilidades de un existencialismo radicaban en la adhesión de Jean Paul Sartre al stalinismo, representado por el Partido Comunista Francés. Las Grandes Purgas de Moscú realizadas en 1936 y 1937 que mandaron a la muerte a centenares de opositores a Stalin -pese a haber tenido un rol de importancia en la Revolución de 1917 mediante declaraciones autoincriminantes en supuestos complots nazis-trotskistas y reproducidas por la radio oficial rusa a todo el mundo- marcaban un límite a quienes planteaban acompañar un camino revolucionario de quienes se sometían a los diktats de Moscú.

En 1956, en ocasión del sofocamiento de la revolución obrera en Hungría mandaba este mensaje, ya que no podía estar presente, a un acto en solidaridad con el pueblo húngaro: “No aceptéis más lecciones que las de los jóvenes luchadores de Budapest que mueren por la libertad. Esos no os han mentido al gritaros que el espíritu libre y el trabajo libre, en una nación libre, dentro de una Europa libre, son los únicos bienes de esta tierra y de nuestra historia merecedores de que se luche y muera por ellos”. Un año después del hundimiento de la revolución con tanques rusos, decía en la conferencia “Kádár ha tenido su día de miedo”: “El ministro de Estado húngaro Marosan, nombre que suena como un programa, declaró hace unos días que ya no hay contrarrevolución en Hungría. Por una vez un ministro de Kádár ha dicho la verdad. ¿Cómo podría haber contrarrevolución si esta ya ha tomado el poder?”.
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Y luego: “Por lo menos trataremos de ser fieles a Hungría como lo fuimos a España. En la soledad en que se encuentra hoy Europa, sólo podemos serlo de un modo: no traicionando nunca, dentro y fuera de nuestro país, aquello por lo que han muerto los combatientes húngaros; no justificando nunca, dentro y fuera de nuestro país, ni siquiera indirectamente, lo que les ha matado.
La exigencia inquebrantable de la libertad y verdad, la comunidad entre el trabajador y el intelectual, en suma, la democracia política como condición, no suficiente, desde luego, pero necesaria e indispensable para la democracia económica, es lo que defendía Budapest. Y con ello la gran ciudad insurgente recordaba a Europa y a Occidente su verdad y su grandeza olvidadas. Hacía justicia a ese extraño sentimiento de inferioridad que debilita a la mayoría de los intelectuales y que yo, por mi parte, me niego a experimentar.”
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Todo un programa político.
Hay que volver a Camus. O no dejarlo nunca, más bien, porque allí está una dosis de honestidad y coherencia. Discutirle, seguramente, como se debe discutir a todo hasta estar convencido de las ideas.
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Este es un buen método. Las conferencias de Camus lo ubican cerca nuestro, como si estuviéramos en la tercera fila del centro cultural o la casa de los trabajadores donde su espíritu se hace presente para recordar cuál es el significado verdadero de la palabra “libertario” dicha por él. Dicha por alguien que se afilió a la sociedad anarquista, y que no tiene nada que ver con su actual versión farsesca, sino a una que propone que la humanidad se supere, construya un orden nuevo sobre los cimientos de la verdad y la libertad para todos y para todas, en todo el mundo. Gracias, Albert.
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