
Dhalis comenzó a tomar forma durante el aislamiento causado por la pandemia de Covid-19. En aquel momento, el futuro se mostraba tan incierto que mi imaginación sólo podía crear ficciones relacionadas con un mundo al borde del colapso, porque ¿sobre qué más podía escribir cuando la realidad misma se convertía en una distopía? Para darle un toque distintivo, decidí incorporar más elementos de ciencia ficción. Me entusiasmaba la idea de experimentar con este género, que aunque ampliamente explorado en cine y narrativa, ha sido poco explorado en el teatro debido a las limitaciones técnicas.
Al mismo tiempo, me propuse que esta historia futurista, aunque alejada de mi realidad, pudiera reflejar algo de mi historia personal, específicamente mi infancia y el peculiar viaje hacia la adultez que todos enfrentamos al dejar atrás la niñez. En cierto sentido, Dhalis se convirtió en una representación de lo que yo consideraba la adultez cuando tenía diez años, cuando era fanática de los videos de MTV, las películas de Spielberg y pasaba largas tardes sin la supervisión de adultos mientras mis padres trabajaban.

Durante el proceso inicial de escritura, tuve la fortuna de ganar una convocatoria para participar en el Laboratorio de Dramaturgia del Teatro Bio Bio, coordinado por Andrés Gallina y Santiago Loza, cuya experiencia y visión aguda contribuyeron significativamente a darle forma y pulir la obra. Finalmente, “Dhalis” se convirtió en una singular mezcla de diversos géneros: ciencia ficción, road movie y drama romántico.
En la trama, Dindra y Luvin, dos hermanos huérfanos, emprenden un viaje junto a Baby, un androide abandonado por sus antiguos dueños, con el objetivo de llegar al último cosmódromo en funcionamiento. Sin embargo, el camino se torna arduo: la comida escasea, las distancias son interminables y nada es como habían imaginado. Lo único que los mantiene fuertes y les da un sentido es permanecer unidos, aunque la promesa de Dhalis sea tan tentadora que eventualmente sacrificarán lo que más aman para intentar alcanzarla.

A medida que vislumbré el desenlace, comprendí que en el futuro, cuando la humanidad haya desaparecido, las únicas entidades que preservarán nuestros recuerdos serán las máquinas, convirtiéndose en el último vestigio de nuestra historia, a la que tal vez a los nuevos seres que la descubran, van a poder sacar mejores conclusiones sobre nuestra existencia llena de guerras, desigualdad y explotación. Por esta razón, el personaje de Baby adquiere un papel crucial como el narrador de la historia, describiendo con precisión todo lo sucedido a través de fragmentos, glitches y repeticiones, al tiempo que se cuestiona: ¿A dónde pueden ir aquellos que no fueron invitados a colonizar el nuevo planeta? y ¿Por qué fui creado para sobrevivir a la eternidad?
Por otro lado, al momento de llevarla al escenario, el elenco y yo enfrentamos el desafío de crear un universo futurista solo con las palabras. Reconocíamos que intentar representar los diversos escenarios de la obra sería inútil. En primer lugar, porque tratar de superar las imágenes oníricas e hiperrealistas a las que el público está acostumbrado gracias al cine y las series sería una tarea imposible. En segundo lugar, todos coincidíamos en que la verdadera potencia del teatro reside en los cuerpos de los actores y en la capacidad imaginativa del espectador. Aspirábamos a recrear el ritual ancestral de escuchar una historia junto a una fogata, donde la voz y el cuerpo de un narrador eran suficientes para cautivar al público.

Por lo tanto, desde el principio, nuestro objetivo fue ocupar el espacio vacío para representar lo imposible y estimular la imaginación del espectador, para que construya las imágenes de la historia en su propia mente. Durante los ensayos, los actores trabajaron intensamente con sus cuerpos y con la limitada cantidad de objetos que los personajes llevan en su viaje. Logramos encontrar un espacio escénico y reglas que nos permitieron abrazar el vacío y comprender con claridad la famosa frase de Peter Brook sobre el arte dramático: “Un hombre camina por este espacio vacío mientras alguien más lo observa, y esto es todo lo que se necesita para que se realice un acto de teatro”.
Estamos muy agradecidos y asombrados por los temas sobre los que esta obra nos permitió reflexionar. Incluso, durante el proceso de montaje nos surgieron muchas preguntas que todavía no encontramos respuesta y que tal vez con el lector de esta nota y espectador de la obra podamos reflexionar juntos: ¿Por qué la ciencia se esfuerza cada vez más en crear inteligencias artificiales con las que podamos empatizar y vincularnos? ¿Por qué colonizar un nuevo planeta es una opción más viable que regenerar el nuestro?
*La autora es directora de “DHALIS - Fragmentos de una memoria artificial”. Desde el Sábado 7 de octubre. Sábados a las 18.30h en Beckett Teatro (Guardia Vieja 3556, CABA). Entrada general: $4000. (Pre-venta a $3500 hasta el 20-9, por Alternativa.
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