Una película rodada en Santiago del Estero (y muy santiagueña, claro) que da cuenta del despertar sexual de un chico de 14 años, atraído por personas de su mismo género, cuyos personajes hablan en el idiolecto santiagueño –en el que la segunda persona se dice “tú” y que está marcado por la presencia popular del quechua– y que transcurre entre el miedo a lo desconocido, a una maldición divina por el pecado de fornicar; sólo puede ser definida como un ovni cinematográfico.
Almamula, dirigida por Juan Sebastián Torales, es este objeto fílmico que rehuye a un género específico, pero que incluye a varios: una película de iniciación, la denuncia del desmonte forestal en función del avance de la frontera agro sojera, el fresco social centrado en la hipocresía de una clase pequeña burguesa acomodada en una sociedad atravesada por la iglesia católica, la represión sexual y, claro, también el terror.
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La cosa es así: Nino, un púber de 14 años, frágil y sensible, es sorprendido teniendo un acercamiento sexual con un compañero de la escuela, hecho que desata una brutal golpiza en patota por sus pares. Su familia decide mudarse una temporada al interior de la provincia, donde el padre lleva adelante sus tareas para intentar sumergir en el olvido el pecado del hijo.
A la vez, la madre –una mujer joven, rodeada de sirvientas, en un estado de hastío permanente que sólo aliviana mediante el contacto con alguna vecina de hacienda, con la que toma sol al lado de la pileta y, juntas, no hacen nada– anota a Nino en los cursos en la parroquia del pueblo para que tome el sacramento de la confirmación. Pero a Nino le interesa más un ser mitológico al que refieren las empleadas de la madre, el Almamula, una mujer que tuvo relaciones sexuales con su padre, con su hermano, con hombres y mujeres y hasta con el cura del pueblo y por eso fue condenada por Dios a convertirse en una mula que arrastra cadenas y que se mueve por el monte buscando pecadores para matarlos. Nino quiere alcanzarla.
Mientras tanto, el padre, que no se mete en ese despertar conflictivo de Nino a la vida sexual, se ocupa de arrasar el monte con sus máquinas y llevar el sustento para que la madre y los hijos no pierdan el nivel de vida. Un apartado merece el personaje del cura que da las clases para la confirmación, que al principio parece haber sido demasiado caracterizado con unas pinceladas de patetismo, pero que pronto se acomodan a un personaje patético obsesionado por la sexualidad de los púberes a los que confirmará en la fe católica.

La hermana de Nino también vive un despertar sexual, un poco más grande que el protagonista, y se reúne con amigas y amigos en la pileta, con quienes practica juegos cargados de erotismo. Nino, por su parte, se ve seducido por un empleado de la hacienda, con quien se hace amigo y entablan una relación muy cercana. El mismo empleado que es objeto de ciertas miradas de deseo de la madre de Nino.
Con todos estos elementos, Almamula concreta una muy buena película e inusual en un panorama del cine argentino que no tiene muestras de películas filmadas en Santiago del Estero, con su cadencia tonal y ese sopor natural que produce en los cuerpos un calor elevadísimo por naturaleza.
Formalmente, Almamula está muy influida, quizás demasiado, por La ciénaga, influencia que no oculta, sino que destaca mediante algunas escenas que podrían resultar citas de homenaje, pero que en su repetición atentan contra el homenaje. Algo parecido sucede con el trabajo de sonido, que es central en el film, pero que al exponer por demás el artificio produce que pierda eficacia.

Podría pensarse que la multiplicidad de enfoques que toma la película podrían jugarle en contra, pero no: la sencillez de narrar una historia y que las distintas capas de significación no sean explicadas, sino que se conjuguen con la narración de manera grácil. Al fin de cuentas, es todo lo que requiere una película en la que el ser mitológico de la mulánima –que así también se la conoce– amenaza con destruir los cimientos de la civilización cristiana, y su represión.
*“Almamula”, de Juan Sebastián Torales, se estrena el jueves 24 de agosto en las salas argentinas.
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