
Es muy difícil hablar de la obra propia, sobre todo en el caso de los cuentos, cada uno tiene su nacimiento particular, su germen. En el momento de la escritura no se piensa —o al menos yo no pienso ni por asomo— en un libro, voy paso a paso, cuento a cuento. De estas historias, algunas tienen sus años. “La estatua” es el más longevo, de cuando iba al taller de Alma Maritano, en mi adolescencia. Casi entra en Sirena entre los dedos, mi primer libro de cuentos, pero en el proceso de edición decidí sacarlo porque había otro texto, “Círculos rectos”, con una temática semejante, el de la posesión. “La estatua” es, en este momento, no sólo un cuento de Los que esperan, sino también el motor o disparador de un texto de más largo aliento, una novela que estoy escribiendo en clínica con Mariano Quirós.
Otros de los cuentos surgieron precisamente durante el transcurso del año pasado, en el taller de escritura de Mariano, que no solo es un escritor talentoso y encantador, sino que es un profesor excelente, con un ojo-lupa que siempre encuentra los puntos fuertes y los puntos flacos de un texto y sabe buscar —y hacernos buscar— la vuelta de tuerca necesaria para potenciar las posibilidades de un texto.
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Empecé el taller literario de Alma Maritano de muy joven, a los 16 años. Tuvimos un vínculo hermoso y cuando nos dejó, quedamos en la orfandad. Por un lado, me negaba a aceptar otra maestra pero al mismo tiempo, necesitaba continuar aprendiendo. Esa dicotomía me mantuvo en una suerte de accedia, sin poder leer ni escribir durante bastante tiempo. Hasta que me decidí a seguir intentando porque el dolor de no poder escribir era demasiado grande. Para ser más exacta: el dolor de escribir algo que no me satisfacía. Tomé algunas clases virtuales con algunas figuras literarias que me dejaron todavía más apática. Sin dar nombres, o dictaban sus talleres con recetas o se centraban en lo teórico. Pude asistir a unos encuentros con Inés Garland, que es una genia, motivo por el que sus talleres siempre estaban llenos y no conseguí espacio. Empecé clínica con Liliana Heker, que es enorme y me brindó momentos de mucha felicidad, pero que también y con todo derecho, decidió decir basta. Ahí entra en escena Mariano Quirós, un profe inesperado, de una generosidad enorme. Volví a la emoción del lector puro frente a un texto, a la ansiedad por la escritura. Todo esto, en medio de la crianza de un hijo adolescente, de 15 años, y de una maternidad reciente, de un año y 3 meses.
A fin del año pasado, vi la convocatoria de manuscritos de la editorial Diotima en las redes sociales y me dije que quizá hubiera un libro en todo lo escrito. Recordé el proceso de cuando armé el manuscrito de Sirena entre los dedos: imprimí los textos, los fui separando según la temática: realistas, extraños, de terror. Elegí los que me parecían más redondos, más maduros. Intenté no repetirme. Y un poco intuitivamente fui formando el libro. Quería encontrar un concepto polisémico, que los englobara, que los contuviera pero que, a un mismo tiempo, permitiera que se desbordaran. Busqué el corazón de cada cuento y quiero creer que se hallaba en la conversación que todos mantenían con la espera.

Otra arista del libro —según la reciente lectura de Gisel Bertone, amiga y psicóloga—se centra en los vínculos familiares. En el concepto de “unheimlich” [lo ominoso] freudiano, donde lo cotidiano se va volviendo lo extraño. Si lo ominoso alude a una sensación de pérdida de familiaridad que aparece en el núcleo mismo de lo conocido, ¿cómo agrupar todo lo que despierta en nosotros el sentimiento de lo ominoso? Con lo cotidiano, entendiendo que lo ominoso es “aquella variedad de lo terrorífico que se remonta a lo familiar desde hace largo tiempo”.
Busqué al momento de la escritura los “núcleos de clímas”, esas historias que —según Esther Cross— se van acumulando en las familias generación tras generación: los secretos que crecen, las anécdotas, las pérdidas y el dolor de esas pérdidas que generan que se llegue un punto donde alguien debe escribirlas para que no caigan en el olvido, para que no se pierdan.
Por último, cuando empiezo un texto por lo general tengo una imagen o sensación, intento ir generando clímax y es la atmósfera la que me va determinando cómo son los personajes, de qué va la historia. A veces la historia es lo último que tengo. Quizás escribo para ver qué historia hay detrás de una imagen, de una atmósfera, si es que la hay. Así me pasó con “El Chalé René”, el relato que abre el libro de cuentos, tenía la imagen de un caserón y fui armando la historia en base a diferentes detalles de vacaciones familiares propias y contadas. El final me llevó años. No lograba encontrarlo. Estoy convencida de que, como nos decía Alma, “cada texto pide ser contado de una única manera posible”. En hallar esa forma se cifra el trabajo del cuentista. “Salvajes”, el segundo de los relatos, se construyó en torno a la imagen de una gata engullendo a un ratón. “Los que esperan”, en un principio se tituló “Agua” y Mariano, muy acertadamente, me sugirió que buscara un título menos simple. Me llevó tiempo escribir ese texto, tenía la imagen de los vecinos armando una carpa sobre el techo de su casa y es fascinante como la cabeza continúa pensando, armando esa posible historia. A una imagen se le sumaron otras, hasta tener la voz de los hermanos que narran la historia, ahí aparecieron los abuelos y la tía. “La trampa” nació de una experiencia que podríamos llamar verídica y a un mismo tiempo extraña, de mis hermanos y mis primos. Y así, cada historia tiene su germen, su imagen o sensación que la contiene y la precede.
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