
A principios de los 2000 empezaba a notar que para cambiar el modo de cantar, tenía que cambiar de maestro. Margarita Kenny se transformó rápidamente en el prisma a través del cual ver, no solo la música, sino el mundo en general. Y ese mundo en general, estaba afirmado en el arte, la literatura y la pintura, pero también en el espíritu. Ella había gestionado la introducción de un culto budista en la Argentina de los años ‘70, llamado Subud. Y a pesar de su edad avanzada, seguía asistiendo al Latihan –como se llama la práctica- y por supuesto recomendándolo a su círculo de confianza.
Me acerqué al templo y me quité los zapatos –una condición para ingresar a la ceremonia– y sin mucho preámbulo me indicaron que hiciera lo que los demás. Lo que hacían los demás, unas cincuenta personas, era deambular a su capricho por el lugar, entonando fragmentos de frases o simplemente sonidos. Digo “a su capricho”, porque efectivamente las posturas que usaban estos iniciados para desplazarse por el recinto, eran totalmente caprichosas. Algunos gateaban, otros caminaban de espaldas, había quienes avanzaban curvados como afectados de la columna. Se oían susurros, y de pronto gritos dirigidos a las paredes. No quería mirar francamente a ninguno, por no inhibir sus conexiones con el más allá, pero tenía que aprender esos movimientos si quería ser admitido. Descubrí que tenía condiciones, y al rato estaba girando sobre mí mismo, y rezando algo oído al pasar.
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Cuando volví a clase, ella quiso saber cómo me había ido.
—Bien— le dije. —Los sanguchitos estaban muy ricos, y me dieron unos libros.
No me preguntó nada más, pero tampoco me recomendó que volviera al centro espiritual.
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Cuando más tarde tuve algunas pruebas en Word de las desgrabaciones –que comenzaban a ser sus memorias– elegí una tipografía parecida a los libros que me habían dado en Subud, para que la lectura le resultara simpática. Lo notable es que el resultado de su forma de hablar, llevada al papel, podía leerse como una página del Reader’s Digest, una lectura que me encanta, pero que quizás representara una dificultad a la hora de mostrarlo a los editores. Me imaginaba defendiendo ese estilo tan característico de una época de la literatura, la época de la que trata este libro. Por suerte en Penguin encontramos la sensibilidad y la guía para trabajar sobre esto, así que sus memorias están contadas como ella quería.
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Una tarde de 2013 mientras preparaba el archivo para presentarlo al Fondo Nacional de las Artes, se me ocurrió hacer un sondeo en las redes sociales, que por aquel momento se resumía a una página de Facebook. La community manager me dijo que tenía que ser consecuente, es decir publicar todos los días, para que la medición fuera tangible, y distinguir esa sección con un nombre, que pasó a ser “Conversaciones con mi maestra de canto”, para diferenciarla de las promociones de mis conciertos. El contraste de este espacio –que todavía se puede consultar– en relación al resto de los contenidos, le dio un carácter ficcional, que a pesar de estar documentado, pasaba por una novela. Desde entonces recuperamos fotografías y tradujimos artículos de prensa alemana, para incluirlos en el libro, pero todavía le tengo cariño a ese intento de introducir a un público alternativo dentro de este mundo vienés de posguerra.
Margarita ya no estaba con nosotros, así que nos aventuramos con Cocó en un viaje a Viena, acaso Europa nos dijera algo que hubiera quedado en el tintero.
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Para entonces ya había leído el libro de Thomas Bernhard sobre Paul Wittgenstein, el que había sido su amor por veinte años. Sabía un poco más sobre él y su familia, que lo que me había dejado entrever en nuestras conversaciones. Así que fui a buscar la casa familiar donde ella había vivido aquellos años. “Ahora funciona el consulado de Bulgaria” me dijeron en la oficina de turismo. Todo hacía suponer que me encontraría con un palacete victoriano como mínimo, pero llegando a la colina junto al Danubio donde debía estar emplazado, lo único visible era un cuadrado de cemento. “¡La tiraron abajo!” dije desconsolado, y seguí por inercia hacia la entrada. Efectivamente ondeaba la bandera de Bulgaria, pero nadie en todo el edificio. Entramos e inspeccionamos las estancias vacías. Subimos las escaleras y entramos en una oficina con un par de escritorios sobre los que se apilaban documentos. La humanidad parecía haber desparecido de repente en plena actividad burocrática. Agarré un papel cualquiera, y se trataba de una guía de visita al edificio, impresa con poco toner, seguramente en la fotocopiadora de la oficina. Sí, era la casa de los Wittgenstein. Ese cubo de cemento había sido diseñado por el tío de Paul, el filósofo Ludwig, en los años ‘20. ¿Cómo no lo pensé? Esa familia había representado la modernidad de Viena, ¡y yo buscaba una casa victoriana! Volvimos a recorrerla, y esas habitaciones dejaron de estar vacías. Ahora había picaportes, cerramientos, zócalos y radiadores, todos diseñados por el genio austríaco. Cuando nos retirábamos, una funcionaria nos saludó aburridamente. ¿Había estado siempre ahí? Quién sabe. Pero no nos equivocamos en pensar que Viena tenía algo para decirnos.
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