
La filmografía de Pedro Almodóvar se encuentra conectada entre sí a través de una tupida red de vasos comunicantes que nos conducen sin descanso de una película a otra, ya sea a través de un insignificante detalle o de una referencia crucial que da sentido a todo el relato para terminar así configurando un corpus ‘autoral’ tan rico y diverso como profundamente cohesionado.
En ese sentido, hay una característica que entronca su última película, Amarga Navidad, con buena parte de su obra: la del protagonista narrador, en este caso interpretado por Leonardo Sbaraglia.
Sin embargo, es una tradición que se remonta a La ley del deseo. En ella, Eusebio Poncela encarnaba a un director de éxito, aunque la película no se centraba exclusivamente en su creación, sino en las relaciones que mantenía con sus amantes (Miki Molina y Antonio Banderas).
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De Eusebio Poncela a Fele Martínez
En ese personaje ya establecían muchas de las bases de la representación del hombre atormentado que se mantendría en algunas de sus obras y ya incluía dos elementos que aparecerían de forma constante a lo largo de los años: la inclusión de obras de teatro que sirven para mostrar el estado de ánimo de sus creadores y las conexiones con trabajo venideros. En esta ocasión, se representaba un fragmento de La voz humana, de Jean Cocteau, que más tarde se convertiría en un mediometraje independiente protagonizado por Tilda Swinton. También se esbozaba el episodio ‘La visita’, que aparecería en La mala educación.

En ese sentido, La mala educación, que continúa siendo una de sus películas más arriesgadas, sobre todo a nivel de estructura, es quizás la que más se asemeja a Amarga Navidad en cuestión de guion ya que, a través de la figura del director (en este caso interpretado por Fele Martínez), se establece un juego de máscaras y toda una serie de capas superpuestas entre la realidad y la ficción, entre el presente y el pasado, entre lo imaginado y lo vivido.
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“Fue la película que más me costó hacer, pero estaba empeñado. Me costó como catorce años”, contaba el propio Pedro Almódovar a Infobae a propósito de la entrevista publicada en torno a Amarga Navidad. “Era muy difícil encajarlo todo, porque eran tres estructuras que había que ir enlazando y que terminaban con una adaptación cinematográfica. Nunca me arriesgué tanto a nivel de guion”.
Alter-egos’ que culminan en ‘Dolor y gloria’
Después llegaría Lluis Homar en Los abrazos rotos, un director de cine que había perdido la vista y que había tenido que alejarse de su profesión, dejando inacabada una película, Chicas y maletas (trasunto de Mujeres al borde de un ataque de nervios), en la que su musa y amante, encarnada por Penélope Cruz había sido su gran amor trágico. En el final de Los abrazos rotos vemos al director ‘remontar’ esa película que nunca pudo estrenar, verbalizando una frase icónica dentro de la filmografía almodóvariana: “Las películas hay que terminarlas, aunque sea a ciegas”.
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Sin embargo, su ‘alter-ego’ más claro antes de Amarga Navidad, había sido Antonio Banderas en Dolor y gloria. En ella, el personaje, llamado Salvador Mallo escribía dos textos testimoniales y autobiográficos a partir de los que se establece un mecanismo especular entre lo experimentado y lo figurado. En ese aspecto, también se incluía un monólogo que casi podríamos considerar independiente dentro de la película (como también lo era, por ejemplo, El amante menguante en Hable con ella).

En él se cambia la voz del narrador, de Salvado a Alberto Crespo (Asier Etxeandia), el actor con el que había dejado de hablarse treinta años atrás y que ahora será el encargado de desvelar sus secretos a través ese monólogo catártico recitado a la cámara en el que la palabra sustituye por una vez a la imagen mientras en el escenario solo encontramos una pantalla en blanco que adquiere una poderosa fuerza simbólica.
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Se titulaba La adicción y hablaba de las drogas y de su poder destructivo. De Madrid como paraíso y también como callejón sin salida. De pasión y de dolor, de recuerdos de infancia y de cine. De cine como condena, pero también como refugio y en última instancia, como única salvación.
En todas las películas de Almodóvar protagonizadas por un director de cine hay una alusión directa a la pasión que siente cada uno por su oficio, sin el que no son capaces de vivir. En Dolor y gloria, Salvador Mallo se encuentra inmerso en una crisis personal creativa autodestructiva que lo llevará a bucear en sus recuerdos. Entre ellos, emergerá una imagen que dará sentido a todo, la de un niño de nueve años que se colapsa por la fiebre mientras suena en la radio Come Sinfonia, de Mina mientras ve por primera vez el cuerpo desnudo de un joven que un poco antes le había dibujado en una acuarela. Ese instante de pureza, de luz después de tanta oscuridad, será el detonante para reactivar en el director el motor de su vida para salir así del estancamiento, convirtiéndose en el germen de El primer deseo que, sin saberlo, habíamos visto en la pantalla a través de una serie de ‘flashbacks’ de carácter costumbrista y evocador a modo de representación cinematográfica.
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El actor Leonardo Sbaraglia revela cómo es trabajar bajo la dirección del aclamado cineasta Pedro Almodóvar. Describe un proceso intenso donde el director empuja a los actores hasta sus límites para encontrar la esencia del personaje.
A través de estas dos historias, de La adicción y de El primer deseo prácticamente se abarca todo el espectro de la vida del personaje, integrándose diferentes tiempos (infancia, juventud y madurez) de manera simultanea en el relato. Así, el final termina siendo en realidad el principio, cerrándose un círculo que evidencia, en el último plano, casi a modo de tableu vivant, que el cine y la vida para el director se han fusionado hasta tal punto que resulta imposible saber dónde empieza una cosa y termina la otra.
En muchos sentidos, Dolor y gloria podría considerarse la síntesis de toda su carrera, una película que aglutina todas las obsesiones del cineasta y en la que aparecen imágenes y recursos que remiten al pasado. Pero en esta ocasión, en esta revisión pretérita no hay demasiada nostalgia y sí mucho de confesión, como si el cineasta tuviera la necesidad de abrir paso a sus fantasmas para exorcizarlos en un ejercicio de desnudez confesional.
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Leonardo Sbaraglia en ‘Amarga Navidad’
En Amarga Navidad el director va mucho más allá, convirtiéndose en un villano de la función a través de vampirizar la vida y el dolor de aquellos que tiene a su alrededor.
“No quería ser complaciente conmigo mismo y quería mostrar cómo los directores pueden convertirse en pequeños dioses a los que todo el mundo obedece y que, en el fondo, tienen un poder descomunal. El personaje se encuentra en una especie de sequía creativa, toma una idea y no la suelta, aunque le duela a las personas que hay a su alrededor. Creo que en el personaje de Sbaraglia he vertido mucho de mí mismo, por ejemplo, cuando le dicen: ”Eres más libre escribiendo que en la vida real", eso es totalmente cierto", dijo Almodóvar a Infobae.
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