
De París a Berlín, Los Ángeles o Estambul, directores e intérpretes que huyeron de Rusia, tras la invasión de Ucrania, intentan reconstruir lentamente el cine independiente en el exilio.
“¡Quizás ya no pisaré más alfombras rojas, pero al menos soy libre!”, dice Maria Shalaeva, que huyó “con sus dos hijos y tres maletas”, tras ser detenida en una manifestación contra la guerra en Moscú. La historia de esta actriz de 42 años, que participaba en varios rodajes en Rusia y cuenta con un filme dirigido por ella, es parecida a la de muchos otros.
Primero huyó hacia Estambul, luego viajó a Georgia, donde tiene amigos, y después se instaló en París para rehacer su vida. En París, Maria Shalaeva sigue cursos intensivos de francés, con la esperanza de aprender bien el idioma y poder un día volver a los rodajes, sin estar limitada a los personajes rusos. Shalaeva se niega a hablar de sus problemas materiales, que “no son nada comparado con el sufrimiento de los ucranianos”.
Y sueña con dirigir un documental sobre el exilio, manteniendo el contacto con sus amigos cineastas que huyeron a Israel o Georgia. Una primera etapa importante será la proyección de un cortometraje que rodó en Moscú antes de la guerra, en los Encuentros de Cine Ruso de París, que presenta hasta el martes a creadores refugiados.
“Es la última oleada de filmes independientes” rodados antes del exilio, explica su delegado general, Marc Ruscart, quien asegura que “rompió el contacto” con las instituciones rusas, que apoyaban antes al festival.

A nivel general, “es complicado saber en qué se convertirá el cine ruso tras este periodo de transición”, analiza el especialista Joël Chapron.
“Filmes desde fuera”
Algunas cintas rodadas antes de la guerra, están siendo estrenadas en las pantallas occidentales, como La fuga del capitán Volkonogov, en los cines franceses este miércoles.
El destino de este filme que critica el estalinismo resume bien la situación: fue rodado en una época en la que los cineastas independientes todavía podían obtener financiación pública para proyectos lejos de la línea oficial. Fue presentado en Venecia en 2021 pero hoy en día no tendría “ninguna probabilidad” de ser producido o distribuido en Rusia, explica su productor francés, Charles-Evrard Tchekhoff.
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Sus directores, Aleksey Chupov y Natalya Merkulova, que en aquel entonces dijeron que esperaban “continuar sin tener problemas”, se han exiliado en Bakú, la capital de Azerbaiyán, donde intentan montar una escuela de cine.
Para imaginar estos “filmes desde fuera”, que tal vez serán el futuro del cine independiente ruso, algunos cineastas quieren recrear Rusia en otros países de Europa del Este o rodar con la comunidad rusa en el extranjero, explica Chapron.

Entre los grandes nombres que han optado por el exilio figuran Andrey Zvyagintsev (Leviatán, Sin amor), instalado en París, o la pareja de jóvenes talentos Kira Kovalenko y Kantemir Balagov, en Los Ángeles.
“La cultura rusa siempre ha conseguido sobrevivir históricamente (incluso) fuera de Rusia. Es una fuerza muy poderosa”, dice Kirill Serebrennikov (Leto, La fiebre de Petrov). El cineasta y director de teatro, instalado en Berlín y convertido en símbolo de estos artistas en el exilio, admite que “no es un caso típico”. A sus 53 años, sigue realizando proyectos y presentando sus creaciones en toda Europa.
Serebrennikov espera acabar de aquí a finales de año su último largometraje, una adaptación de Emmanuel Carrère. El rodaje de Limonov empezó en Rusia y tuvo que seguir en Letonia. Aunque en los primeros meses de la invasión de Ucrania, el cine independiente ruso quedó vetado de las instituciones occidentales, la situación “se ha calmado”, estima Chapron.
El Festival de “Cannes dio el tono”, al seleccionar La mujer de Tchaikovsky, precisamente de Serebrennikov el año pasado, en un momento en que apoyar a un cineasta ruso no estaba bien visto, analiza.
Fuente: AFP
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