
El arte postal o mail art consiste en el intercambio de obras en papel o cartón o cualquier otro objeto a través de los servicios postales. Esta modalidad artística y literaria implica todo envío donde el soporte se tramita en una oficina de Correos. Lo más común es que se manden tarjetas postales; sin embargo, los objetos intercambiados pueden ser muy variados: libros de artista, sobres, bolsas, etc.

Estos mensajes, collages, objetos, consignas o poemas se dirigen a un amplio público, muchas veces desconocido por el autor, que pretende así salirse de las vías tradicionales de distribución del arte. La idea es que la obras circulen libremente, sin comprarse ni venderse, y que lleguen al mayor número posible de personas. El propósito manifiesto es alejarse de la faceta mercantilista indisociable del arte tradicional y minar el monopolio de las galerías y de los canales de difusión establecidos por la sociedad de consumo.

Las técnicas que se observan con frecuencia van desde el grafitismo, los collages, los fotomontajes y las transposiciones textuales hasta las combinaciones cromáticas, de materiales, o la superposición gráfica. La obra de arte postal incorpora al contenido del sobre al sobre mismo ilustrado, que puede incluso ser enviado vacío.

El empleo de los servicios postales para compartir arte tuvo su auge en las décadas de 1960 y 1970, muy presente entre miembros del grupo Fluxus o los neo-dadaístas. Fluxus es un movimiento artístico de las artes visuales en especial, pero también de la música, la literatura y la danza, que tuvo su momento más activo en esas décadas. Se desarrolló en Estados Unidos y en Europa bajo el estímulo de artistas como John Cage o Yoko Ono, y se declaró contra el objeto artístico tradicional como mercancía.

En 1962 Ray Jonson funda la New York Correspondance School of Art, que dio impulso al movimiento, del que participaron principalmente artistas conceptuales, como On Kawara o Robert Watts y Ben Vautier, miembros de Fluxus. La red de intercambios llegó a tener un volumen considerable, especialmente en la década de los sesenta, ya que fue utilizada como medio de expresión de las artistas feministas. A partir de 1970 se suceden sus exposiciones y un año después se produce la confirmación de esta corriente en el seno de la Bienal de París.

De todos modos, aunque el hito de 1962 se acepte como el nacimiento oficial de la práctica del arte postal –y aunque haya sido en esas décadas cuando surgen las primeras exposiciones importantes–, en la segunda década del siglo pasado los futuristas italianos, con Giacomo Balla o Ivo Pannaggi a la cabeza, ya se servían de la vía postal para elaborar cartulinas con fines estéticos, basados en el collage y empleando distintas técnicas y materiales. A ellos les siguieron los cubistas, los surrealistas, los nuevos realistas de Yves Klein, los expresionistas abstractos, o los artífices pop comandados por Andy Warhol. Ocasionalmente incursionaron en el arte postal celebridades como Picasso, Henri Matisse, Man Ray, Marcel Duchamp o Max Ernst.

Las reglas por las que se rige el arte postal fueron creadas en el transcurso de su desarrollo: las obras no se comercializan; no existen jurados de admisión; no se devuelven; no hay ningún tipo de censura; hay total libertad de medios y soportes. Todos los trabajos recibidos en los proyectos se aceptan y se exponen, sin limitaciones, y todos los participantes reciben la respectiva documentación gratuitamente.

Esta modalidad de compartir el arte borra las distinciones entre el amateurismo y el artista profesional, y tiene en la voluntad de sostener una comunidad una de sus razones de ser. Está comprobado que apenas alguien se introduce en el circuito mail-artista, se recurre a él para infinidad de proyectos.

A veces, las pretensiones del artista postal pueden resultar altruistas y, en ocasiones, hasta intranscendentes o banales, como cuando el belga Antoine Laval envió postales a direcciones inexistentes para comprobar, cuando se las devolvieran, cómo habían cambiado las tarjetas, señala José Luis Campal en el texto que presentó para el IV Encuentro Internacional de Editores Independientes que se llevó a cabo en Huelva (España) en mayo de 1997. El autor apunta que, aunque puedan darse casos como el de Laval, el arte postal también ha servido de vehículo de concientización ante calamidades e injusticias, como las convocatorias que se han lanzado para llamar la atención sobre el Apartheid o los movimientos indigenistas insurgentes de Centroamérica, como el de Chiapas.

En América Latina, las primeras manifestaciones del arte postal datan de 1969, en Argentina, a través de Liliana Porter; en Uruguay, Luis Camnitzer y Clemente Padín; y en Chile de Guillermo Deisler. El también chileno Eugenio Dittborn ha sido un gran cultor del mail art. En Brasil, el poeta visual Pedro Lyra publica en 1970 el Manifiesto de Arte Postal.

En 1974 el movimiento gana fuerza en Sudamérica, cuando se realiza en Montevideo el Festival de la Postal Creativa, la primera exposición documentada de arte postal en América Latina. A partir de ese festival, comienzan a organizarse innumerables muestras, como en Argentina con la Última Exposición Internacional de Arte Postal (La Plata, 1975) organizada por Edgardo Antonio Vigo y Horacio Zabala. Más recientemente, en junio de 2015, el Centro Cultural Kirchner realizó en la ciudad de Buenos Aires la muestra “Arte y Correo”, donde se expusieron estampillas, bocetos y sobres con obras de León Ferrari, Remo Bianchedi y Liliana Porter.
En Argentina, por ejemplo, se localiza un espacio especializado en la ciudad de Junín: Hotel Dadá. Fundado en 2020 por los artistas Silvio De Gracia y Ana Montenegro, tiene sus orígenes en la revista homónima que se edita desde 2002. Con un enfoque histórico y actual, la galería busca dar visibilidad a una serie de artistas vinculados a los distintos géneros del arte correo y la exploración del lenguaje poético en sus múltiples posibilidades.
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