
Sergio Gómez es un historiador del arte maduro y un fotógrafo hábil, creativo, a quien la enseñanza de la historia lo ha mantenido en sordina durante años. Digamos que, como maestro, fue un ejemplo de dedicación a la disciplina y de entrega a sus alumnos del IUNA, de escuelas medias e inclusive de escuelas primarias en nuestra ciudad. Todos ellos así lo reconocen. Pero he aquí que, el pase a la jubilación ha liberado su capacidad de creación estética y le ha dado la valentía de poner en juego sus saberes, ambos, la historia del arte y la fotografía, para producir bellas imágenes mediante técnicas de collage, composición, yuxta y superposición, facilitadas por los medios electrónicos actuales, aunados en una suerte de fotoshop superlativo.
Como colega suyo en el campo de las humanidades, no puedo sustraerme a la búsqueda de fuentes o de imágenes emparentadas, tanto por las semejanzas de las formas, cuanto por la convergencia de las técnicas, más bien conceptuales que materiales, entre sus combinaciones iconográficas y las del surrealismo emergente de la pintura metafísica de Savinio y De Chirico, de las figuraciones psicoanalíticas de Max Ernst para Une semaine de bonté de 1934 o también los Sueños de nuestra Grete Stern, publicados en la revista Idilio de 1948 a 1951.
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Quizás el lector piense que exagero y es probable que así sea, pero los collages de Gómez poseen la calidad suficiente para que mi profesión me obligue a buscar los grandes casilleros mentales y perceptivos de la historia artística en los cuales podemos colocar estas obras electrónicas, fantasmales, inmaterializadas que ha producido Sergio.

Mujeres vestidas, de pie o sentadas, de la Villa dei Misteri, de los frescos de Santorini, se exhiben en un bar de Buenos Aires o en una galería del Museo Nacional de Bellas Artes, mezcladas con el público moderno. Empiezan siendo apariciones si bien, pronto, la luminosidad de sus blancos, la calidez algo violenta de sus ocres y rojos las transforman en nuestras compañeras de paseo o en las parroquianas que nos observan y entonces nosotros también pasamos a ser personajes incorporados en la escena desde fuera, gracias a las miradas de las pompeyanas y a pesar de la indiferencia de las minoicas.
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El pasado de nuestra civilización se cuela entre las sillas de madera, entre los cuadros del Museo y la familiaridad con esos antepasados remotos se hace visible. Los sueños de Caracalla y de Safo mezclan, en una suerte de caos armónico, el clasicismo antiguo con figuras del siglo XX y, por supuesto, volvemos a los chispazos del inconsciente de Stern.
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El entretejido es tan denso allí que se nos hace difícil desentrañar las fuentes iconográficas de Gómez. Una composición separada del ciclo pagano desenvuelve la visión de la réplica de un velero de tres mástiles, fabricada en un plástico monocolor, que podría ser un juguete o un souvenir ordinario, pero el barco flota al mismo tiempo que navega en medio de un mar y una tormenta roja. La textura siniestra es producto de una intervención de la fotografía, que hace de la nave el buque del holandés errante o el “Pequod” del capitán Ahab en la última persecución de la ballena blanca.

Valdrá la pena estar atentos al trabajo de Sergio Gómez. Sus collages parecen alucinaciones. No obstante, si los miramos con cierta morosidad, descubrimos la mutación que los hace recuerdo ancestral, memoria perturbadora de la literatura y del arte, habitantes en el interior de nosotros.
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Campea en esas imágenes una belleza extraña, familiar al mismo tiempo que llegada desde las profundidades de nuestras historias.
*Las obras de Sergio Gómez pueden verse en la cuenta @latramadelarte de Instagram
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