"El triunfo de la muerte" (1562), de Brueghel 'El Viejo', en el Museo del Prado

“Ni la religión ni los númenes divinos contaban ya en absoluto; el dolor del presente era más fuerte que ellos. Y los ritos funerarios no se cumplían en la ciudad donde el pueblo los había practicado siempre hasta entonces.”

Lucrecio, Sobre la naturaleza de las cosas, VI, 1276-1279.

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Parece casi imposible no haberse topado con todo lo decible acerca de la pandemia, hasta en los pliegues más insignificantes del asunto, pero tal vez no haya leído aún lo suficiente, no me haya atraído alguna brizna de racionalidad en cuya captura ando, no me haya indignado ni hartado todavía lo bastante la receta de mis colegas intelectuales sobre la necesidad de pensarlo todo de nuevo a partir de la expansión del coronavirus, equivalente en sus majines a la construcción del ser humano nuevo que termina siendo un Golem, según ya hemos visto en la historia.

Creo que, si bien fue descripto el fenómeno de la muerte aislada y solitaria, asociado a la imposibilidad impuesta de un duelo entre los sobrevivientes que amaron al muerto, me temo que el revés de la trama no ha merecido el examen crítico necesario (y eso que, en tratándose de repensarlo todo, la crítica política de lo hecho por y desde el poder, cualquiera sea el color partidario o ideológico de su ocupante ocasional, tendría que constituirse en punto de partida principal de aquella misma operación). No hace falta compartir los excesos de sospecha que caracterizaron los análisis de Giorgio Agamben hasta ahora y probablemente, de haberse expandido, nos hubiesen paralizado en los primeros momentos del brote de la enfermedad con efectos catastróficos, no es obligatorio acoger esa hermenéutica algo paranoide sobre el estado de excepción para aplicar el escalpelo a varias medidas del gobierno al que obedecemos mansamente.

Pienso en las decisiones, no sabemos muy bien si de sanitaristas y políticos juntos o de algunos de ellos separados, que obligan a los enfermos graves a morirse solos y, peor que eso, a sus parientes y seres queridos a no poder acompañarlos, darles una mano, decirles las últimas palabras de cariño durante el tránsito. Una experiencia semejante ha de marcar a estas personas en el futuro con una vergüenza y un auto-resentimiento de desconocidas consecuencias sociales (no buenas, me atrevo a profetizar).

Los muertos se entierran de manera conjunta en la isla neoyorquina de Hart (REUTERS/Lucas Jackson)
Los muertos se entierran de manera conjunta en la isla neoyorquina de Hart (REUTERS/Lucas Jackson)

El protocolo médico que rige ahora ese momento del final ha sido puesto en marcha a partir de consideraciones epidemiológicas, pero no fue analizado ni definido desde una perspectiva biológica, por cuanto el ser animal y humano es una entidad compleja, de cuerpo y psique, que no sería sabio ni coherente escindir desde un punto de vista científico estricto, si lo que se quiere es que tales entes perseveren en su ser (para decirlo al modo de Spinoza), es decir, no mueran despedazados, entre otros factores, por el sentimiento del vacío y la oscuridad. Y no digamos nada del punto de vista ético, pues el protocolo de marras puede convertirse en una de las torturas más crueles que haya concebido la cerrazón del espíritu humano, incapaz de superar el monotema, en este caso, el ataque que los cuerpos sufren por parte del coronavirus, y de mirar no solo el ser humano integral sino la totalidad de la historia de las especies vivientes. Porque precisamente la historia de los sentimientos y las emociones nos indica que la muerte solitaria decretada por el poder algo miope de médicos, quienes habrían olvidado los principios del juramento hipocrático (“Primero [entre los preceptos], no has de dañar”), y de políticos, quienes conocen poco sobre el pasado de las culturas, va a contracorriente de todo cuanto de mejor ha desarrollado la evolución biológica y espiritual de la humanidad en el campo de la asistencia de enfermos, desvalidos y moribundos.

He repasado las fuentes históricas, referidas a otros casos de peste desde la epidemia de Atenas del 429 a.C. hasta la peste de Londres de 1665-66. Me he servido del texto lúcido y exhaustivo, que compuso Leiser Madanes acerca de ese devenir de calamidades, con el fin de no olvidar ninguna de ellas. En todas encontré la descripción del horror que causaba entre los testigos la conducta de los que abandonaban a los enfermos a una muerte segura y vaciada de esperanza, injustificable desde donde se la mirase, de la práctica a la moral. Y también espanto provocaba la paradoja de que las personas generosas, consagradas al cuidado de los apestados, cayeran víctimas del contagio y murieran al mismo tiempo que quienes habían sido el objeto de su altruismo. Tucídides insinuó que tal combinación de filantropía y fatalidad había desembocado en un desprecio de lo divino durante el morbo ateniense:

“[…] Pues cuando las gentes temían visitar a los enfermos, estos morían sin que nadie velase por ellos; […] Cuando, por otro lado, había personas que sí los visitaban, estas solían perder las propias vidas, cosa particularmente cierta respecto de quienes hacían una cuestión de honor del actuar con decencia. Tales gentes se sentían avergonzadas de sólo pensar en su salvación y acudían a las casas de sus amigos en momentos en que hasta los miembros de las familias estaban tan superados por el peso de sus calamidades que habían cesado de cumplir con las prácticas acostumbradas de lamentarse por los muertos. […] Respecto de los dioses, parecía ser lo mismo si uno les rendía culto o no, al ver que tanto el bueno cuanto el malvado morían indiscriminadamente.” (Historia de la Guerra del Peloponeso, II, 51-53)

"La Peste á Ashdod", (1630). de Nicolás Poussin, en el Museo del Louvre

Mil años más tarde, en los años 541-542 de nuestra era común, la peste bubónica cayó sobre la Constantinopla del emperador Justiniano. Procopio, un historiador nada favorable al gobierno de aquel César que codificó sistemáticamente la ley romana, narró la historia del flagelo bizantino con la misma vivacidad desplegada por Tucídides para la plaga ateniense. Sabios y políticos desorientados del siglo VI prefiguran nuestros actuales capitanes. El tema de la compasión hacia los enfermos y de las devociones mortuorias volvió al centro de la escena:

“Así sucedió en esta enfermedad que no hubiera causa que cayese dentro del horizonte del razonamiento humano, por cuanto en todos los casos el problema aparecía como algo inexplicable. Por ejemplo, mientras que algunos enfermos fueron sanados por los baños, otros fueron dañados en no menor grado. Muchos de los que no recibieron ningún cuidado murieron, por supuesto, pero otros, contra toda razón, se salvaron. Además, los métodos de tratamiento mostraron resultados diferentes en pacientes diferentes. […] En aquel tiempo, se desecharon los ritos acostumbrados de sepultura. Pues los muertos no fueron escoltados por una procesión de la manera acostumbrada y ninguno de los cantos usuales fueron entonados.” (Historia de las guerras, II, 22)

El escándalo del abandono de los enfermos en el momento final también despuntó en la breve relación que Boccaccio escribió sobre la peste negra en Florencia a modo de prolegómeno del aislamiento de la dama Pampinea y sus nueve amigos, que llevaría a la composición de las cien historias tragicómicas del Decamerón. Decía Pampinea a sus seis compañeras, al empezar la exhortación de dirigirse al campo:

“[,…] recordemos que aquí no abandonamos a nadie; al contrario, puede decirse que nosotras somos las que nos encontramos abandonadas en Florencia. Nuestros esposos, nuestros parientes, nuestros amigos, huyendo del peligro nos han dejado solas, cual si ningún lazo nos uniese a ellos.” (Decamerón, Introducción a la primera jornada)

Del
Del "Corral de apestados", (1798-1800) de Francisco Goya

Federico Borromeo, cardenal de Milán durante la peste de 1630, dio cuenta de un episodio lacerante en el largo texto que él mismo escribió a propósito de la catástrofe: “Al habérsele muerto bajo los ojos su niña de nueve años, la madre no quiso que fuese tocada por los que acarreaban los cadáveres: ‘Vosotros, dijo, cuando paséis por aquí en la tarde, subiréis para buscarme’. Y, tras regresar a la casa, se quedó contemplando por la ventana esas exequias y murió poco después.” (De pestilentia, VIII “Sobre los casos más dignos de misericordia”)

Por supuesto que semejante episodio no debía pasar inadvertido al novelista Alejandro Manzoni, cuando escribió las tres versiones de su obra maestra, Los novios, entre 1821 y 1842. Renzo Tramaglino, el novio, regresa a Milán en medio de la peste, en busca de su novia Lucia Mondella. Antes de encontrarla en un dispensario, donde ella cuidaba a los enfermos junto a fray Cristoforo, Renzo se topa con la escena registrada por el cardenal Borromeo. Manzoni la convirtió en varias páginas de las más bellas que se hayan escrito en la prosa romántica italiana. Dio un nombre a la niña, Cecilia, e imaginó todos los movimientos del cuerpo y del alma de su madre, el reproche al sepulturero, el acto de respeto del hombre que se lleva la mano al pecho y se arregla “para hacer un lugar en el carro a la muertita”. Es tal vez el único momento de la novela en el que Renzo se echa a llorar, presa de “aquella conmoción extraordinaria”.

“La madre, tras dar a la muerta un beso en la frente, la colocó allí como sobre una cama, la acomodó, le extendió encima un paño blanco y dijo las últimas palabras: ‘Adiós, Cecilia, descansa en paz. Esta noche, iremos también nosotras, para quedarnos siempre juntas. Ruega mientras tanto por nosotras que yo rogaré por ti y por los demás.” […] Volvió a la casa y, un momento después, se asomó a la ventana, mientras tenía sobre el cuello otra muchacha más pequeña, viva, pero con las señales de la muerte en la cara. Se quedó mirando esas exequias tan indignas de la primera niña, hasta que el carro se movió y luego no pudo ya verlo; enseguida desapareció.” (I promessi sposi, capítulo XXXIV).

Un grupo de sepultureros con sus trajes protectores entierran a una persona que murió de coronavirus en campo de tumbas preparadas para la pandemia en Vila Formosa, Brasil (REUTERS/Amanda Perobelli)
Un grupo de sepultureros con sus trajes protectores entierran a una persona que murió de coronavirus en campo de tumbas preparadas para la pandemia en Vila Formosa, Brasil (REUTERS/Amanda Perobelli)

El Diario del año de la peste londinense, atribuido a Daniel De Foe y publicado en 1722, se detuvo, una y otra vez, en los casos de estoica y valerosa asistencia que mujeres y varones dieron a sus seres queridos. Por ejemplo, el episodio del barquero que trabajaba llevando víveres a familias aisladas, al borde del río, ganaba un poco de dinero, acudía a su casa, dejaba esas monedas en el umbral, llamaba a voces a su esposa contagiada y a sus dos hijos aún vivos y, por fin, iba a dormir a su barcaza. Le quedaban fuerzas y esperanzas para alabar a Dios. Sin embargo, el testigo imaginario que escribía el Diario registraba que “todo sentimiento de compasión se desvanecía.”

“No hay que asombrarse. El peligro inminente de morir arrancaba hasta sus entrañas al amor. Hablo en general, pues hubo muchos ejemplos de invariable afecto, de piedad, de deber, de algunos de los cuales logré enterarme.” Y más adelante: “[…] no todos los hombres tienen la misma fe ni la misma valentía, y las Escrituras nos ordenan juzgar con la mayor benevolencia posible y de acuerdo con la caridad. La peste es un enemigo formidable armado de terrores, contra los cuales no todos los hombres son lo bastante fuertes como para resistir, ni están suficientemente preparados para aguantar el choque.”

Entre 1910 y 1911, Manchuria fue devastada por una epidemia neumónica que, al principio del brote, tenía una mortalidad del 100% de los infectados. Se supone que el origen de la enfermedad también estuvo en el salto inter-especies de un virus que transmitió la marmota gris de Mongolia, animal muy cazado debido al uso suntuario que se hace de su piel. Murieron más de sesenta mil personas. Por primera vez en la historia china, el doctor Wu Lien-teh, nacido en Malasia y formado en la Universidad de Cambridge, fue destacado por el gobierno imperial a aquella región del nordeste del país para aplicar los criterios de la medicina occidental en el combate contra la plaga. A pesar de la resistencia de muchos colegas chinos y de buena parte de la población, Wu logró establecer una cuarentena (forma de aislamiento nunca practicada antes en China) y dotar de barbijos, guantes y camisolines especiales a todos los médicos y personal de asistencia sanitaria. La epidemia fue circunscripta y controlada después de seis meses de propagación. El doctor Wu cuidó de que el pueblo afectado respetase, con los recaudos debidos, los rituales milenarios de la civilización china que rodeaban los pasajes más dramáticos de la vida a la muerte entre los enfermos. Por eso, pudo escribir en sus Memorias, publicadas en el año 1931, la advertencia que sigue:

“Verdaderamente creo que China, con su civilización varias veces milenaria, sus campesinos industriosos, sus pensadores brillantes y sabios artistas, así como merced a su espíritu democrático, puede colocarse fácilmente en la misma línea que las naciones modernas. Pero, para lograr los resultados más rápidos y permanentes de manera económica, sus gobernantes deben absorber lo mejor que Occidente ofrece, la seriedad de propósitos, el servicio de los demás tanto como del propio individuo, un temperamento científico, una escrupulosidad estricta en el manejo de los negocios, la atención a los detalles y el deseo de aprender de los extranjeros aún en los puntos altos del éxito. Por otra parte, han de esquivar los puntos más débiles de la civilización occidental, por ejemplo, la adoración indebida del éxito material a expensas del alma, la sobre-indulgencia hacia las comodidades ordinarias de la vida y sus lujos, y la falta de disciplina en el interior de la familia.” (Memorias del Doctor Wu Lien-teh, combatiente de la plaga)

"Pandemia II", de Diana Dowek

En síntesis, en la totalidad de los documentos traídos a colación está claro que no hubo pestilencia en la que no fuesen el cuidado de los enfermos por sus seres queridos y, al producirse la muerte eventual, la piedad ejercida para despedirlos las marcas de una humanidad digna de sí misma. Mucho se especula en torno a qué sería lo singular y único que ocurre por primera vez en la pandemia del coronavirus y qué se deduce de esas identificaciones sobre el futuro. Quizás ocurra que un rasgo distintivo de esta pestilencia, un legado de nuestro presente al porvenir, sea que los poderes en acto prohibieron a la humanidad atender los últimos instantes de vida de sus seres queridos y rendirles el tributo funerario que, de los Neanderthales hasta ahora, fue el rasgo distintivo del género Homo. Consultemos a los antropólogos y nos dirán que, sin adiós ritual a nuestros muertos, carecemos de nuestra milenaria humanidad.

¡EA!, médicos, políticos y poderosos, desplieguen la inteligencia y la bondad necesarias que les permitan imaginar las pocas ordenanzas sanitarias y reguladoras de las relaciones entre nosotros, capaces de devolvernos colectivamente la piedad: camisolines, barbijos, guantes, rutinarias autorizaciones (no lo sé ni poseo el know how necesario), que resulten imprescindibles para rodear de amor el tiempo más traumático de nuestras existencias individuales y minúsculas. Vamos, que han sido ustedes muy crueles, tal vez sin quererlo ni darse cuenta, arrastrados por el orgullo, el sentimiento de omnipotencia que siempre anida en las almas y se manifiesta cuando administramos la suerte de nuestros semejantes. Que las exequias de nuestros muertos tengan al menos la dignidad de las pronunciadas por la madre de Cecilia en Los novios.


Buenos Aires, 25 de mayo de 2020, a los 210 años de nuestra Libertad.

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