
En la Inglaterra del siglo XIX, Mildred Barren pinta naturaleza muerta. Su maestro, a quien ella desea, la critica y tilda a sus cuadros de meras complacencias. Harto, amenaza con no volver más si ella no abandona los temas bucólicos. A partir de la intervención de una criada y su sopa con contenidos extravagantes, la joven sale de su bloqueo creativo y logra complacer a su maestro. La pregunta es: ¿a qué costo?
La obra propone de entrada un mundo burgués. La pobre Mildred (Lucía Adúriz) sufre de una terrible depresión y no sale de su cuarto –porque no quiere y porque puede permitírselo–. Gracias a su estatus esto no lo cuestiona nadie, y ella puede satisfacer su melancolía pintando y recibiendo las visitas del honorable profesor Woodcock (Pablo Bronstein). Lo que viene a alterar esta tranquilidad es Isidra (Carolina Llargues), que no solo es criada sino también argentina, y rompe con la enunciación prolija y barroca de los otros dos. En Pampa escarlata la civilización está antojada de barbarie.
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Pampa escarlata ganó el premio Óperas Primas del Centro Cultural Rojas en 2019. Julián Cnochaert, egresado de la EMAD y estudiante de Letras, juega constantemente con recuperar e ironizar aspectos de la tradición, tanto gauchesca como europea. Además del contexto histórico, se recupera el simbolismo, movimiento artístico de la época en donde se intenta, a partir de una imagen, animal, etcétera hacer referencia a otra cosa. Los cuadros que pinta Mildred al principio son paisajes, frutas, cubiertos, y, vía la intervención de Isidra, pasa a cuadros con personas montadas en caballos.
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Podemos pensar que hay una intención de marcar el crecimiento de ella como artista, o simplemente quedarnos con las distintas acepciones que tiene, en nuestro idioma, el querer montarse a algo –o, más bien, a alguien–. Por si fuera poco, los nombres también hacen referencia a características de los personajes: “barren” significa ‘infértil’; “woodcock” podría pensarse como wood-cock, ‘pito de madera’; e Isidra viene de Isis, la diosa griega de la fecundidad.
Las resonancias son muchas, van desde Jane Eyre hasta Bridgerton, pasando por Sin rumbo y las pinturas de Eduardo Sívori. En ningún momento se produce una apropiación completa de ninguna de ellas: los universos coexisten y se convidan elementos.
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Nada de esto sería posible (o, al menos, efectivo) si al excelente guion no se sumaran actores igual de talentosos. Lo más difícil para actuar una comedia es sostener el tono en la tensión justa. Lucía Adúriz hace exactamente eso: no pierde la rareza de su personaje a lo largo de toda la obra, y logra pasar de un estado melancólico al júbilo con muchísima naturalidad.
Aunque la obra anuncia desde el principio que transcurre en Inglaterra, la forma de enunciación que tienen Adúriz y Bronstein lo vuelven evidente. Lo mismo se puede decir de Isidra y la argentinidad. Ambas nacionalidades, al palo.
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El mayor hallazgo de la obra es la sorpresa. Es sumamente complejo introducir novedades en tópicos de los que se ha escrito y actuado mucho. Todo parece previsible, ya lo hemos visto todo. La mayor satisfacción que trae Pampa escarlata es demostrar la falsedad de ese argumento: todavía, por suerte, hay lugar para el asombro.
Pampa escarlata se presenta los viernes a las 22:30, en el teatro El Extranjero, Valentín Gómez 3380.
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