
Aquí me instalo a la orilla
del Atlántico y sus olas.
Aparto tres caracolas
para armar las reposeras;
aplaude, la compañera,
esa vista soñadora
A cebar, Mateyko en mano,
se dispone este varón
y no va que cae un malón
desesperado a la arena:
adiós a la vista buena,
jue como una aparición
de gazebos y heladeras,
madre, padre, algún anciano,
niños, tías y marcianos,
castillos, aguas danzantes.
Queda pa más adelante
el descanso del verano.
Y de esta manera, atrevida como zambullida en Punta Mogotes, procedo a inaugurar un nuevo género en las letras argentinas al que, humildemente, he denominado “playesca”. A ustedes, asiduos concurrentes de esta sección cultural, no hace falta explicarles que lo que hice fue un sencillo pero no menos sagaz trabajo de hibridación entre las palabras “playa” y “gauchesca”. Igual se los expliqué, más que nada porque me entró el julepe de que justo en ese momento estuvieran vigilando el agua para los Mattiolis y se perdieran la posibilidad de reparar en el detalle de tan genial invención.
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La cuestión es que les escribo refugiado en el estudio de una bella casa ubicada en La Caleta, inmediaciones de Mar de Cobo, cercanías de Mar Chiquita, zona de Mar del Plata, y que sigan los mares, argentinos campeones del mundo. La casa fue conseguida a precio de amigo, para pasar unos días de sánguches de lomito y queso de máquina para todes.
Traje conmigo unos cuantos libros, con la idea de pasar las horas perdido en alguna historia de amores cruzados, o de caballeros andantes. Sin embargo, el primer día eché mano al excelente Facundo o Martín Fierro de Carlos Gamerro y listo, aquí me puse a aprender sobre la batalla fratricida que, aún hoy, siguen librando nuestros dos buques insignia. “¡Snob!”, me espetó mi chica. “¡Aburrido!”, fue la sentencia maliciosa de mi hija. Sospecho que no entendieron el entrelíneas, que no pescaron la conexión entre el libro y el espantoso destino al que se somete uno cada día que baja a la playa: ser protagonista de la eterna pelea entre la civilización de la sombrilla y la barbarie del gazebo.
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A ver si me hago entender.
A no ser que se elija la siempre azarosa Ruta 11, con Pipinas como franja de Alsina entre la ciudad sarmientina y la costa brava, en la Autovía 2 el Rubicón es el Atalaya. Bien se sabe que luego de ese parador, más famoso que necesario, ya no hay vuelta atrás y sólo queda adentrarse en la pampa, el desierto y la fiereza. Finalmente, si el pingo no se nos manca, en unas setecientas horas habremos llegado a la costa.
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Tocará, entonces, tomar posesión del inmueble rentado, desarmar bolsos y valijas, ir al supermercado, untarse protector, armar la heladerita, elegir toallas y pareos, preparar la matera, alzar la sombrilla (sí, la sombrilla) y las reposeras. Luego de estos pasos, y de varios más que me ahorro por economía de procedimiento, estaremos, usted y yo, en condiciones de encarar la tan esperada visita al mar.

Sabe el lector, sabe la lectora, que uno llega a la playa y lo primero que hace es visera. Surge, entonces, la pregunta atroz: ¿Qué hacemos nosotros, habitantes de la urbe, con ese gesto de vigía que busca tierra? La respuesta es simple: decidimos donde establecer nuestro rancho. Lo hacemos agudizando los sentidos, porque la tarea es trascendente. Fíjense que, en un golpe de ojo, debemos encontrar: a) arena caliente pero no tanto, porque a la tarde es lava; b) primera línea de mar, pero no tan cerca de la orilla como para que una ola se lleve las zapatillas al África; c) cercanía con un tacho de basura como para descartar yerba usada en pocos pasos, pero no tanta como para ser molestado por hedores y moscas; d) zona libre de pelotazos, sobre todo ahora que todo el mundo juega al fútbol y canta muchachos; e) lejanía con fuentes de ruido desagradables, por ejemplo parlantes a batería, listos para disparar frases de escaso valor poético como “le pide leche y en la boca se la da” (no la inventé, googleen y verán). Podría seguir, pero ustedes tienen otras cosas que hacer y, además, alguna vez habrían ido a la playa, así que el resto se lo imaginan. Vieron que en esto de la literatura hay que dejar que el lector complete la idea.
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La cuestión es que, una vez conseguida la parcela de arena deseada, uno se aposenta, desparrama, coloniza, alambra, establece espacio, fronteras. Inventa leyes, crea lenguaje, acuña moneda, comercia mates por galletitas y caricias por tragos de agua. Y clava, con movimiento sexy, la pica en Flandes, que en nuestra tierra está simbolizada por la nunca suficientemente alabada sombrilla de ocho gajos, cuatro de color, cuatro blancos. Valerosa sombrilla, protectora de carcinomas y vientos, agradable a la vista propia y de terceros, siempre al alcance del presupuesto del laburante de bien, del civilizado. Oh, retazo de tela, aquí te despliego. Y sigo.
Decíamos. Luego de establecido: ¿Abandona usted su rancho de arena cada tanto? Sí, para algún chapuzón, a veces refrescante, otras evacuador de esfínteres (les ahorro la explicación, vieron que en esto de la literatura hay que dejar que el lector complete la idea), pero regresa veloz, no tanto por miedo al interesado en lo ajeno, sino por ese temor atávico a que nos invadan la cueva. Ya de vuelta, desparramado en la reposera a rayas, usted se siente de nuevo cacique de su gente, emperador de sus tierras. Entonces mete la mano en el bolso, saca su libro, evoca la terrible sombra, el ensangrentado polvo, y justo ahí, justo cuando se relaja, pasa lo peor. Es en esa hora fatal cuando aparece, ora por derecha, ora por izquierda, una montonera pertrechada como para establecer su propio fuerte, dispuesta a provocar la convulsión y desgarrar las entrañas de su noble espacio. Si alguien sabe cómo evitar lo que siempre sucede, es momento de unirse al grito de Domingo Faustino: “Tú posees el secreto: ¡revélanoslo!”
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Es salvaje la invasión, impiadosa. La partida se compone de dos parejas de cuarentones subidos, cada uno con los padres que les quedan y los hijos que tuvieron, más una buena cantidad de amigos que quizás fueron levados como Fierro, vaya uno a saber. Si usted tenía amor por su paraíso, sepa que ellos, los otros, desatarán frente a usted un infierno de caños y telas. Del mar mejor que se vaya olvidando, porque lo único que verá en lo que queda del día será la espalda de la tía Elsa, la nuca del abuelo Quelo, los gemelos de los padres, obviamente todos más desarrollados que los suyos. Del silencio despídase y dele una resignada bienvenida al griterío que resultará de la disputa de un fútbol-tenis en el que usted será, reiteradas veces, el banco de Holanda recibiendo el pelotazo de Paredes. A la paz dígale adios, pero no sea renegado, no se la agarre con esa bendita familia feliz. Maldiga conmigo a los fabricantes de esos cuatro ambientes con patio y dependencias de servicio que se han puesto de moda en las casas de artículos de playa, y han hecho de nuestra costa una extensión de la Avenida Rivadavia.
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Sombrilla o gazebo. Civilización o barbarie. En fin, yo les juro que todo esto que les cuento, me pasó. Y también les juro que esa tarde, una tarde de tantas iguales en los mares del sur, en el medio de aquella escena costumbrista y eterna, escuché a una mami ordenar a su hijo Martín que dejara de pelear por el baldecito con su hermano Facundo, que buscara el suyo, que había uno para cada uno.
Le voy a escribir a Gamerro, a ver si le agrega un capítulo a su ensayo. Capaz esa mujer tenía la solución del drama argentino.
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Les quiero mucho.
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