“Sueños como cuchillos”, 16 relatos con sensación de extrañamiento

En este texto, la autora describe el punto de partida de los cuentos que integran su cuarto libro. Además, comparte fuentes de inspiración, sensaciones y referencias sobre las protagonistas: niñas, adolescentes y adultas

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Gabriela Mayer
El volumen "Sueños como cuchillos", publicado por Milena Caserola, reúne los cuentos más recientes de Gabriela Mayer

Sueños como cuchillos, publicado por la editorial Milena Caserola, reúne dieciséis cuentos. Su título replica deliberadamente el del último relato, porque la impronta de esos sueños filosos se refleja también en los demás cuentos.

Sueños que se clavan en el centro del cuerpo, que corporizan deseos sin realizar. Sueños que, de momento, no pudieron ser más –ni tampoco menos– que eso. Sueños incumplidos que lastiman o sacuden la monotonía. Algunos personajes sueñan tímidamente; otros, desde las tripas, de manera irrefrenable.

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“Historias que mezclan la familia con el horror, el desconcierto y la pena”, escribió Enzo Maqueira en el bello texto de contratapa. Quizás por eso, las y los protagonistas de Sueños como cuchillos se permiten soñarse en vidas distintas e intentan cuestionar o subvertir su realidad. Ya sea con gestos imperceptibles o decisiones inapelables.

Gabriela Mayer
Gabriela Mayer (foto: Paola Liguori)

Los relatos “le hacen honor al título de su libro: parecen sueños capaces de hacer daño, aunque orillan la realidad y a menudo son consecuentes con la mirada sorprendida de una niña destinada a presenciar cómo el mundo de los adultos se dobla sobre sí mismo”, escribió Maqueira.

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Al igual que en los sueños, en estas páginas prevalece tal vez una sensación de extrañamiento. Ese mismo extrañamiento que atravesé a lo largo de la escritura de estos relatos, entre 2018 y 2021. Porque en 2018, después de publicar mi tercer libro, El pasado sabe esperar, la vida empezaba a conducirme por caminos de menos certezas que las que se inscribieron en aquella solapa. Apenas dos años más tarde, escribir ficción era una manera de burlar por un rato la angustia de un mundo distópico.

Algunos cuentos nacieron al calor de imágenes de mis propios sueños o de ese fecundo umbral entre la vigilia y el sueño. Tal vez, el acto de la escritura se asemeje a este último pasaje, donde no tenemos mucha conciencia de ese tránsito, pero sí de que avanzamos en un proceso inexorable que no puede ser detenido.

Annie Ernaux en la Academia Sueca, Stocolmo, 7 de diciembre de 2022 (Foto: TT News Agency/ Fredrik Persson/ via REUTERS)
Annie Ernaux en la Academia Sueca, Stocolmo, 7 de diciembre de 2022 (Foto: TT News Agency/ Fredrik Persson/ via REUTERS)

Otros cuentos los concebí a partir de ideas fuerza que se presentaron de manera caprichosa e insistente, hasta convencerme de que debía trabajarlas en el territorio de la ficción. En varios relatos aparecen escaleras, las que también tienen esa magia del pasaje, con su abajo-arriba y su arriba-abajo, esos dos mundos paralelos y fantásticos que conviven sin tocarse. Tal como lo ilustró con delicadeza Lucía Martínez Mayer en tapa y contratapa. Con las plumas que van cayendo, como en el cuento inicial “Reptiles”, entre ascensos y descensos.

¿Cuánto tienen de autobiográfico estos personajes, estas situaciones, estos cuentos?

Poco y tal vez mucho.

En su texto Diario del afuera, la reciente Premio Nobel de Literatura, la francesa Annie Ernaux, lo sintetizó así: es afuera donde se deposita su existencia pasada, “en los pasajeros del metro o del RER, la gente que sube en las escaleras mecánicas de las Galerías Lafayette y del hipermercado Auchan”.

En definitiva, escribe Ernaux, “en individuos anónimos que no sospechan que conservan una parte de mi historia, en rostros y cuerpos que nunca más vuelvo a ver. Acaso yo misma, en las calles y los comercios, inmersa en la multitud, llevo en mí la vida de los otros”.

Y, en ese ida y vuelta entre el afuera y el adentro están, siempre, los sueños. Y los cuchillos.

Posiblemente el género del cuento pueda emparentarse con cuchillos, porque su filo incisivo evoca de alguna manera el concepto cortazariano según el cual el cuento debe ganar por nocaut, a diferencia de la novela, que lo hace por puntos. Sin duda, el cuchillazo es un nocaut a la enésima potencia.

A excepción del último cuento que le da título al libro, los demás están protagonizados por voces femeninas, de niñas, adolescentes y adultas.

En la primera parte de Sueños como cuchillos hay varios vínculos afectivos que revelan su endeblez. Por la degradación irremediable de un amor (“Reptiles”), a causa de la pérdida de un anillo de casamiento (“Peajes de lunes”) o por un viejo reloj de pie, que con sus campanadas estruendosas interfiere en la vida de una pareja (“La condena de Peter Krag”).

La pampa y Melian Belgrano r
Esquina de La Pampa y Melián, en el barrio porteño de Belgrano R

Otros dos relatos, “Vecina” y “El esquive”, se centran en mujeres in extremis. La primera, una embarazada en el último trimestre, que siente que su beba corre peligro por las intromisiones de una vecina. La segunda, una automovilista salvaje, que cumple un obsesivo ritual de esquivar coches.

El segundo tramo de Sueños como cuchillos reúne diversos cuentos con miradas de infancia, en apariencia inocentes. Como una niña que, en plena euforia de la guerra, debe ocultar que su hermano abandonará el país para no pelear en Malvinas (“Ahora están todos contentos”). Los relatos siguientes enhebran otras impresiones de infancia, en el delgado límite entre memoria y ficción. En “El inventor del agua”, una familia se va desintegrando en un departamento cada día más repleto de cucarachas.

También tomé prestadas como escenario ficcional dos casas reales, de Villa Urquiza y Belgrano R respectivamente. En la primera, en la calle Altolaguirre, se cruzan dos primas imposibilitadas de tejer un vínculo (“Primas”). En la segunda, a pasos de la calle Melián, dos amigas de la primaria –una suiza, la otra argentina– quedan encerradas en un garaje (“Conejitos”).

Una digresión final sobre los sueños. De los sueños de las mujeres adultas, en la primera parte del libro, a los sueños de las niñas, en la segunda. En la infancia los sueños aparecen y se explican con inocencia. Libres de la racionalidad adulta, no necesitan preguntarse el porqué de esa magia. ¿Quién no recuerda a un niño o niña contando, con fascinación y sin prejuicios, lo que soñó la noche anterior?

Pero, a medida que crecemos, los sueños, en su contenido sorprendente o disruptivo, nos pueden generar cierta incomodidad. Y, además, se vuelven más urgentes, porque somos conscientes de que ya nos queda menos tiempo para concretarlos. Por eso, tal vez, se vuelven sueños como cuchillos.

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