
Respecto de la cultura editorial y otras yerbas
Cuando me toca presentar un libro, en general, arranco hablando del lugar importantísimo en la cultura nacional de las editoriales independientes. El filósofo español Paul. B preciado en Testo Yonqui dice: “Las drogas, como los orgasmos y los libros, son relativamente fáciles y baratos de fabricar. Lo difícil es su concepción, su distribución y su consumo”. Una vez más, aprovecho para festejar la existencia de La Coop (Cooperativa de Editoriales Independientes) que de manera amorosa acerca libros a nuevos lectores. Las editoriales independientes tuvieron su auge pos crisis 2001 y nos permitieron existir a los y las autoras que no solo no podíamos ni imaginar estar en el circuito editorial comercial, sino que directamente no podríamos haber pensado en publicar. En ese sentido, esta nueva industria nos habilitó un deseo, para algunos el deseo que estructura nuestras vidas. Suelo repetirme en cada presentación, porque la crisis, siempre económica, se renueva en forma de pandemia, en forma de crisis pospandémica, en forma de crisis del papel, etc. y los editores y editoras siguen apostando a la distribución de textos que, si bien ya no podemos seguir llamando subalternos, resisten a cierta hegemonía y han revolucionado la manera no solo de escribir y publicar, sino también la manera de leer.
Tengo el honor de ser parte del catálogo de la queridísima Editorial Conejos que publica este libro, Nuestro peor fracaso, la novela de Cristian Godoy que hoy estamos festejando. Los libros que deciden publicar Bruno Szister, Paula Brecciaroli y Ariel Bermani forman parte de una coherencia curatorial que convierte al catálogo mismo en otra obra de arte.
Cito al novelista ruso León Tolstói al comienzo de Ana Karenina: “Todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera.” Cuando publiqué mi primera novela De este lado del charco con Editorial Conejos me sorprendió cómo dialogaba con La Sucesión de Cinthia Edul, era como si tanto Cinthia como yo hubiésemos contado el entramado complejo que hace única a una familia, pero desde diferentes clases sociales. El libro de Godoy dialoga, de una forma muy sutil, con Cigüeñal de Silvina Gruppo, otra flamante novedad de la editorial. En ambos el auto cumple una función no solo de estructurar las novelas sino también de simbolizar aquello que no se puede nombrar. En el caso del libro de Gruppo, poner en marcha el motor es como poner a andar la cabeza de esa mujer que cuenta y en Nuestro peor fracaso la manera en la que el padre conduce el auto es un ejercicio de pedagogía, una de las maneras de trasmitir la masculinidad que el hijo puto no aprende. La sensación es que los libros publicados por Editorial Conejos no podrían tener mejor editorial, como si fuesen las piezas de un rompecabezas y cada uno de los autores y autoras estuviésemos formando, incluso sin saberlo una obra más grande que es la del catálogo.
Respecto de la amistad y las condiciones de producción
Yo a la literatura le debo todo y esta presentación se suma a esa lista, de amores, amistades, acontecimientos que le debo agradecer. Me siento muy honrada de estar presentando el libro de Cristian Godoy con Tomás Downey, no solo porque somos amigos, sino porque ambos son escritores que admiro profundamente. Cristian, Tomas y yo somos una tríada literaria y nos mandamos todo para corregir, al menos en mi caso prácticamente no publico nada sin que antes lo haya leído alguno de ellos dos, y es en esa, muchas veces brutal devolución donde se funda nuestro pacto de amistad. Por supuesto que discutimos y no estamos de acuerdo, respecto de la literatura o de la vida en general, pasamos horas peleando por un título o una idea de la que nos enamoramos y no funciona, nos odiamos, y la mayoría de las veces con el pasar de la corrección nos damos cuenta de que el otro tenía razón y cuando pasa el tiempo nos burlamos y nos hacemos bullyng por esa ridícula idea abortada que en algún momento nos pareció potable.
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Hace unas semanas yo tenía que entregar una crónica, nunca llego con las fechas, y el sábado a la noche, como Tomás estaba de viaje, le escribí a Cristian que iba a necesitar una lectura de emergencia, como cuando llamo a mi psicóloga y pido un turno fuera de la agenda. Cristian le avisó a su marido que ese fin de semana estaba de guardia. Cuando me dio la devolución me mandó a reescribir un texto de diez páginas. “Es un tema demasiado fuerte para que te pongas a hacerte la experimental con la estructura”, me dijo. Y yo lo insulté y lo amenacé con bloquearlo, pero reescribí el texto y salvo algunas excepciones corregí basada en todas sus sugerencias, ahora entiendo que él pudo ver lo que yo quería escribir antes que yo. Tenemos la certeza absurda de que el ojo atento del colega podrá salvarnos de la impiedad de otros lectores, de los que vendrán después cuando el texto ya no nos pertenezca. Y, al menos para mí, es ahí en ese lugar frágil, íntimo de un texto descuartizado, en ese ofrecimiento del texto nuevo, casi vergonzoso de tan virgen, donde reside el profundo valor simbólico de nuestra amistad. Es amor, pero también es cinismo. Les deseo amigos como éstos, personas a las que les puedan confiar su escritura como si fuese un recién nacido.
Apropósito de la novela
Nuestro peor fracaso es la historia de un desencuentro comunicacional justificado en la negación de un padre que no quiere decir que su único hijo es puto, porque no es que no lo sepa, no es que no se dé cuenta de que el niño le salió mariconcito, no es que no intuya que el nene admira en secreto el vestido de casamiento de su madre, no es que no haya visto el color violeta con rayas rosadas de la bici que su hijo elige, “me enseñan a odiar lo que me gusta”, dice el personaje a este respecto, no es que el padre no sepa que el adolescente no se va de vacaciones con un amigo sino con un novio.
“Éramos torpes frente a esas chispas de entendimiento” dice el narrador cuando apenas se produce un acercamiento con el padre.
Hay ternura y contradicción en la omisión de contarle al padre aquellas cosas que hace que podrían ponerlo orgulloso, hay miedo de parecerse, hay temor a la biología y a la sangre que tira como una yunta de bueyes.
Hay crueldad en esa masculinidad que se deja ver en la estructura de la novela e hilvana la relación entre padre e hijo a través de los autos que el hombre compra a lo largo de la vida. Por supuesto que hay crueldad en esa masculinidad adulta que se impone sobre el hijo y no solo pretende abolirle todo rasgo de feminidad, sino que también debe reproducir un modelo de hombres que, al igual que el ideal femenino, nunca encaja en este mundo, donde nunca se es lo suficientemente macho.
Una novela pandémica que sin embargo lo es
En el primer capítulo el narrador se encuentra solo, su novio espera en la puerta del cementerio, en el entierro de su padre al que no le se le pudo hacer funeral por el contexto pandémico.
Los rituales de despedida se destacan como una de las lógicas más importantes que se han trastocado con la pandemia. Se prohibieron los funerales y velatorios, así como las ceremonias religiosas. El doctor en comunicación Pablo Esteban en Libro de la muerte de la editorial El gato y la caja dice que las prácticas rituales de estética sobre los cuerpos fueron reemplazadas por prácticas de limpieza sobre los espacios con el propósito de evitar la contaminación. Los profesionales de la muerte se vieron obligados a modificar su trabajo porque participar de los entierros se convertía en una tarea amenazante por los contagios.
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La muerte no es solo un hecho biológico, es un proceso que implica una ruptura en las relaciones sociales. Ante la ausencia del ritual es cuando más nos damos cuenta de la necesidad, de la falta que hace. Uno entiende que la presencia de los cuerpos es fundamental para el duelo de los vivos.
La del coronavirus es una muerte que desborda. Si bien no sabemos si el personaje del padre muere por esta enfermedad, el contexto amalgama todas las muertes en pandemia como una misma muerte, “una mala muerte”. La antropóloga Laura Panizo considera que el concepto de mala muerte puede aplicarse en aquellos casos que no se realizan las practicas funerarias habituales, cuando la muerte no es esperada ni acompañada. Son casos en los que el proceso del morir no culmina con la inhumación o la cremación, la gente durante la pandemia murió mal. Que los cuerpos no se pudiesen tocar no es un detalle menor. Para que la muerte sea procesada a través de los diferentes rituales y siga su pasaje, es decir que los muertos sean considerados efectivamente como muertos y los vivos retornen, despacio, a sus rutinas, el cuerpo se tiene que poder ver, tocar, enfrentar, la mala muerte implica una ausencia de este proceso, la ausencia de un cara a cara con la persona que falleció y ya no está más.
No importa en realidad cuál sea la práctica ritual si no la posibilidad de acompañar socialmente ese pasaje en que los vivos pasan a engrosar las filas de los muertos. En este primer capítulo de Nuestro peor fracaso, por la muerte en pandemia esa chance se ha suprimido y el resto de la novela es un ejercicio de recuperación para que el final de la vida del padre sea un poco más humano en un contexto de desequilibrio mundial que nada tiene de humanidad; y así darle algún sentido a la muerte. Es decir, que luego del ritual trunco, se genera el vacío por supuesto, pero llega el momento de la reconversión de la mala muerte, me refiero al proceso donde el personaje acompaña con recuerdos al difunto padre e intenta reponer de alguna manera esa ausencia con el ejercicio de la memoria.
Ante la falta de contención vinculada a las medidas concretas estatales, respecto de los rituales de despedida en contexto de pandemia, lo discursivo también atenta contra los deudos y la construcción de la memoria colectiva, no se repara lo suficiente en la frialdad de los números que hacen a la estadística.
La única manera de saber lo que estaba ocurriendo era a través del conteo de los muertos, se produjo una situación paradójica, era necesario saber cuántas personas fallecían y al mismo tiempo el proceso de conteo insensibilizó y banalizó las muertes. La novela de Cristian Godoy no resigna sensibilidad, no pierde calidez y hace que al menos una muerte sea particular y sea dicha en palabras con presencia y gestos para inscribirla en un orden simbólico que pueda ser socialmente compartida por los y las lectoras, y al individualizar y poner en palabras el dolor de la pérdida, propicia el proceso de la memoria.
Tal vez el peor fracaso del personaje con el padre no sea la imposibilidad de hablar de la homosexualidad aquella que no se puede nombrar sino el duelo que quedó suspendido por la ausencia del rito de la muerte.
De alguna manera esta novela es una estrategia de comunicación política ya que, en el marco de la globalización, el recuento continuo y en tiempo real generó una especie de pánico constante, Nuestro peor fracaso consuela y atenúa los efectos de la desolación de la muerte en pandemia, por eso es una novela tan valiosa como necesaria.
* Texto leído el 12 de noviembre de 2022 en la presentación de la novela “Nuestro peor fracaso”, de Cristian Godoy.
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