
Oriente, para quienes habitamos Occidente, es una mezcla de misterio, atractivo y respeto por una cultura diametralmente opuesta a lo conocido. Elegir una obra de arte que ilustre una habitación en calma, pulcra y ascética –tanto para describirla como para pintarla– habla bastante de quien hace la elección y sus motivaciones.
Lisa Milroy nació en Vancouver en 1959, y se hizo conocida por sus naturalezas muertas de objetos cotidianos. En la década de 1980, las pinturas de Milroy presentaban objetos ordinarios representados sobre un fondo blanquecino. Pero con el tiempo, amplió su obra, lo que dio lugar diferentes series, que incluyen paisajes, edificios y retratos. A medida que se diversificaban sus enfoques de la naturaleza muerta, también lo hacía su forma de pintar, lo que le permitió llevar a cabo innovaciones estilísticas. A lo largo de su carrera, se ha sentido fascinada por la relación entre la quietud y el movimiento, y la naturaleza de hacer y mirar la pintura.
Empezó a pintar grabados japoneses en la década de 1980, porque constituían una de las categorías de objetos para los cuadros de bodegones en los que trabajó durante esa época. Contó en una entrevista que los grabados le permitían representar un objeto ordinario a la vez al mismo tiempo que retrataba escenas de personas en su quehacer diario. “Cuanto más me absorbía la pintura de estas encantadoras escenas, más me olvidaba de los grabados; en mi mente, entraba en un espacio imaginativo en el que casi podía oír el estruendo de una multitud, sentir el peso de un kimono, oler la comida cocinándose, escuchar a las mujeres charlando”, dijo esa vez.

Lo que aprendió de los grabados japoneses fue algo sobre la naturaleza de la pintura: este cambio entre lo inmaterial y lo material reflejaba un aspecto fundamental de la propia pintura. Mientras pintaba y manipulaba el material se abstraía de la materia para dejar ser por las imágenes que su cabeza le dictaba, así como por lo que sentía frente al lienzo. En 1978 se mudó a Londres para un curso básico en la Escuela de Arte de Saint Martin y obtuvo su BFA en Goldsmiths College, Universidad de Londres en 1982. Su primera exposición individual en 1984 se basó en naturalezas muertas.
A finales de la década de 1990, utilizó las estampas japonesas para desarrollar su enfoque de la pintura de bodegones en términos de narración, lo que estaba relacionado con su interés por pintar personas. El grabado japonés que la ayudó a hacer este cambio mostraba a un grupo de personas en un barco de recreo a la deriva por un río. Le atrajo esta imagen de personas agrupadas en un lugar, el barco, pero que también se movían por un paisaje que cambiaba constantemente; me gustaba la forma en que estaban fijas y en movimiento al mismo tiempo. Al pintar este grabado, quería transmitir algo de esos momentos particulares que unen a las personas y sientan las bases de una historia o un recuerdo futuros.

En 1989 ganó el Premio de Pintura John Moores, y desde 2009 Lisa Milroy da clases en la Slade School of Fine Art de Londres; fue elegida miembro de la Royal Academy of Arts en 2005 y nombrada Artista Fideicomisaria de la Tate de 2013 a 2017 y Fideicomisaria de Enlace de la Galería Nacional de 2015 a 2017.
Algunas de sus transcripciones de grabados japoneses las superpone con bandas de color y otras formas geométricas porque lo considera interesante para explorar diferentes aspectos de la pintura y su relación con el mundo. Ha expresado en alguna oportunidad que al realizar una estampa japonesa, el juego entre las líneas fijas de la estampa real y el movimiento que les otorga a través de la pintura le provoca una profunda sensación de liberación. Y es interesante ver lo que transmite, con sus trazos delicados que se asemejan bastante a los de los artistas orientales.
Los grabados japoneses despertaron su curiosidad por el propio Japón, país que visitó en 1989 con motivo de una exposición de arte británico, que incluía parte de su obra. Esa primera experiencia produjo un fuerte impacto en ella por lo tractivo de ese universo y lo visualmente irresistible. Sin embargo, se sintió un tanto excluida por el sentimiento de alteridad, desconocimiento del idioma y de sus costumbres. Logró sortearlo indemne y las obras producidas saben transmitir la esencia del país nipón.

El tema de la conexión y la desconexión, de lo familiar y lo desconocido es una de sus grandes preocupaciones como pintora y por eso hace de su idea Japón un importante catalizador artístico. Se ha animado a jugar en el arte con personajes fuertes para la cultura nipona como son las geishas. Y sin faltarles el respeto se ha animado a hacerlas atrevidas, rompiendo reglas que le permitieron soslayar su timidez.
Más allá de las estampas y grabados japoneses posee una prolífica serie de pinturas e instalaciones enfocadas en objetos cotidianos como zapatos, bombitas de luz, vestidos y comida. En 2015, Lisa Milroy, en pos de compartir el arte, creó Hands On Art Workshops, un programa que involucra a estudiantes de primaria y secundaria en Kakuma Refugee Camp, Kenia, en talleres prácticos de arte, que ella misma imparte desde Londres a través de sesiones de videoconferencia.
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