
Tras la Primera Guerra Mundial –la verdad sea dicha, recién a partir del siglo XVIII y XIX fue reconocida la infancia como tal, preservada, protegida– comienza a ser una preocupación la necesidad de protección especial de los infantes y la real conciencia de ellos. Con el tiempo, distintos organismos y organizaciones también se focalizaron en el tema, y se creó Save the Children, fundada por Eglantyne Jebb, la cual con ayuda del Comité Internacional de la Cruz Roja impulsó la adopción de la primera Declaración de los Derechos de los Niños. Esta fue sometida para su aprobación ante la Liga de las Naciones, que la ratificó en su Declaración de Ginebra sobre los Derechos de los Niños el 26 de septiembre de 1924; y al año siguiente, durante la Conferencia Mundial sobre el Bienestar de los Niños se estableció el Día Internacional del Niño, con fecha de celebración el 2 de junio.
El 12 de abril de 1952, la Organización de Estados Americanos y UNICEF redactaron la Declaración de Principios Universales del Niño, para protegerlos de la desigualdad y el maltrato. En esta oportunidad se acordó que cada país debería fijar una fecha para festejar la niñez. La ONU lo celebra el 20 de noviembre, en conmemoración a la aprobación de la Declaración de los Derechos del Niño en 1959 y de la Convención sobre los Derechos del Niño en 1989. En Argentina, ahora llamado Día de la niñez –o de las Infancias, bregando por la diversidad y la inclusión, reconociendo que no existe una sola– , se celebra este domingo, desde hace unos años, el tercero de agosto.
Pero, ¿por qué tanta aclaración para una reseña? Porque Una niña con un lápiz, destacado de Alija 20-21 en la categoría Libro álbum, de Federico Levín y Nico Lassalle, editado por Limonero, sin intención, sin ligarse a la idea de una literatura ad-hoc, más bien todo lo contrario, resume todos los derechos de las infancias sin mencionarlos ni una vez.

En un libro con frases cortas –una o dos por página–, con ilustraciones sencillas en colores pasteles en el cual los blancos, las pausas y silencios –rasgo del género– hablan, incluso pueden llegar a gritar, con un recurso imbatible: una niña con un lápiz. Es, además, otra peculiaridad distintiva de la infancia, una oda a la imaginación, porque a esa niña se le ocurren cosas concretas por ser dibujadas. ¿Por qué nadie se pregunta (¿o sí?) por qué elige lo que elige para dibujar?
Hay una historia de lo dicho y de lo no dicho, que solo nuestro niño adulto podrá reponer desde una mirada abierta. Y otra, seguramente la más pura, la más transparente, la leída con ojos de niño, que decodificará un relato que inexplicablemente emociona –muchos tal vez no puedan ponerlo en palabras– de una niña que tiene un lápiz y que dibuja aquí y allá.
Escritores y especialistas, en el cruce entre literatura e infancia, revalorizan esa instancia de la vida en la que somos construidos, en el que abrirnos a la imaginación potenciará lo que seremos. Pero nada debe quedar librado al azar, y el resto tampoco debe ser descuidado.

Los libros de LIJ no tienen edad, son para todos, y Una niña con un lápiz es un ejemplo de ello. Es un libro álbum para volver una y otra vez, para disfrutarlo, pensarlo y, sobre todo, para repensar a las infancias y sus necesidades.
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