
1.
“Puta, pero no tuya”. La consigna feminista de algún modo nombra la orientación inicial: el sujeto de este texto es la puta en su aspecto más inapropiable. Me gusta el “no”, me interesa la negación como forma de resistencia. Resistencia contra el patriarcado sería probablemente el modo más fiel de leer la consigna en su contexto (se trata de un “no” dirigido a los hombres), pero me gusta equivocar el sentido y leer ahí una resistencia contra los discursos que intentan apropiarse de la experiencia de la puta. Una resistencia contra los poderes dominantes, contra los saberes establecidos, contra las distintas formas de violencia, contra las buenas intenciones también.
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Admito cierta obsesión por lo que resiste a ser absorbido del todo por la lógica del mercado. Lo que queda por fuera de los intentos de regulación, lo que escapa. Quizá por ese motivo lo que sigue lleva el signo de la imposibilidad, del registro del propio límite. Parto de ese límite para delinear cierta cartografía, siempre fragmentaria, sobre la cuestión de la prostitución. Un ensayo como un mapeo incompleto, arbitrario, caprichoso.
Un texto se engendra a partir de las lecturas que causan la interrogación, el pensamiento. A partir de las experiencias, de los encuentros contingentes que conducen a esas lecturas (psicoanálisis, feminismos y política como territorios que elijo hacer chocar, aún cuando no encajan). A partir del pensar con otros, también. Todas esas voces están ahí, palpables. Los autores, los amigos, las putas. Con (y contra) esas voces se teje el texto.
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2.
La filósofa Alenka Zupančič —en ¿Por qué el psicoanálisis?— toma una objeción muy corriente dentro y fuera del ámbito psicoanalítico, que podría formularse en estos términos: “¿por qué el analista no se ciñe a su campo?”. El psicoanálisis, sostiene Zupančič, no se trata solo de individuos y sus problemas más o menos íntimos, en tanto el sujeto se encuentra inscripto, desde el inicio, en el campo del Otro, y en ese sentido tiene una dimensión intrínsecamente social y crítica. Me gusta el modo en que la autora señala cómo el discurso analítico opera una resistencia a la versión posmoderna de la adaptación social y el conformismo, esa versión que avanza, paradójicamente, cultivando un elogio a la diferencia y la singularidad a condición de que esta se deje absorber por el mercado. Ceñirse a la práctica terapéutica, al “caso por caso”, no ocuparse de ciertas cuestiones que atañen a lo social es un imperativo que invita a los psicoanalistas a volverse “los garantes del sueño burgués”, tomando la fórmula que Jacques Lacan propone en su seminario sobre la ética. Si el psicoanálisis se limita al goce singular, al uno por uno, pierde todo filo crítico y subversivo, y termina complaciendo los poderes dominantes. Porque el psicoanálisis se ocupa del sujeto, del saber, de la verdad, del síntoma, del sexo, del cuerpo, del lazo social. Porque muy tempranamente Freud rechazó la posibilidad de establecer una frontera nítida entre psicología individual y psicología social. De esta intuición freudiana se nutren las páginas de Putas.
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3.
Hay un presagio lacaniano que advierte que el discurso capitalista rechaza “las cosas del amor”. Valga la aclaración: cuando hablamos de las cosas del amor, no nos referimos a los ideales que se erigen en torno a las formas deseables de amar, no se trata del amor romántico y heterosexual. Se trata más bien de aquello opaco donde el sujeto anda un poco a tientas, un poco extranjero de sí, un poco extraviado. El amor ahí es caída, toca el cuerpo, lo agita, lo trastorna. El erotismo, los avatares del deseo, lo común: hablar de prostitución también implica bordear esas cosas que el capitalismo forcluye.
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Putas busca explorar las tensiones entre feminismos y capitalismo. Me gusta pensar al feminismo en su heterogeneidad, en plural, en tensión también. La imagen del movimiento me interesa porque aun cuando los feminismos forman parte de la constitución del sentido común de la época (el sentido común es fijeza, coagulación de significados), también se trata de una fuerza que no se aquieta, que ebulle desde adentro, que choca con fuerzas externas, que puja y desafía: corrientes que van redefiniendo sus luchas, sus antagonismos, sus demandas y sus interlocutores. Que delinean un “nosotros” siempre inestable, siempre en cuestión. Ahí radica su potencia.
Los feminismos apuntan a la igualdad y a la ampliación de derechos: partimos desde esa premisa, ese punto cero. Sin embargo, no hay un único modo de entender la igualdad, la libertad, la equidad, la justicia. Ahí la primera incomodidad, la primera tensión. Los feminismos (se) disputan cuál es el destino deseable. Y en esa disputa entra el cuerpo.
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“Mi cuerpo, mi decisión” fue una de las consignas que se alzaron para exigir que el Estado reconozca el derecho al aborto legal, seguro y gratuito, se utiliza también como bandera para legitimar la mercantilización del cuerpo, incluso ha sido extrapolada de manera reciente a las manifestaciones contra el uso del tapabocas en medio de una pandemia. Elegir ser o no ser madre más allá de las determinaciones sociales y culturales que nos han impuesto la maternidad como único destino; elegir vender o rentar el cuerpo, el vientre, la concha; elegir poner en riesgo a otros; todo en nombre de una misma libertad: la libertad individual. El modo en que el cuerpo se pretende libre, propio, autónomo, desafectado, choca rápidamente con la experiencia. Porque la experiencia siempre es con los otros.
4.
El cuerpo de la mujer ha sido, a lo largo de la historia, un territorio a conquistar, a dominar, a reducir, un misterio también, un enigma. Un continente oscuro, un campo de batalla. Y la prostitución es uno de los modos en los que el cuerpo de la mujer ingresa en el circuito del intercambio. Traficadas, más o menos coaccionadas por la fuerza o la necesidad, o afirmando su elección libre, las mujeres venden su cuerpo. Su cuerpo sexuado, su cuerpo reproductor.
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¿Mujeres abyectas, víctimas o empoderadas? La prostitución divide aguas porque en torno a esta práctica se tejen imágenes y narrativas diversas, opuestas, intentos más o menos conscientes de esencializar la práctica, hegemonizar el sentido. Estas imágenes y narrativas no son ingenuas, no son meras discusiones teóricas tampoco: son herramientas que buscan intervenir en el terreno político.
A partir de los años 60 corroboramos cómo el capitalismo neoliberal hizo del sexo un producto y un dispositivo de poder al decir de Foucault. El cuerpo, pero fundamentalmente el cuerpo de las mujeres (y los hombres) más pobres, ha devenido fuente de goce a usufructuar. Anne-Emmanuelle Berger, feminista proprostitución, en su libro El gran teatro del género se pregunta si no ha quedado obsoleta la vieja distinción humanista entre objetos alienables y objetos inalienables en el reino del “individuo propietario”. Hago propia esa interrogación.
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Freud afirmó que la fuerza del marxismo estriba en la perspicaz demostración del influjo que las circunstancias económicas ejercen sobre las disposiciones intelectuales, éticas y artísticas del hombre. Pero, agrega, no se puede admitir que los motivos económicos sean los únicos que determinan la conducta de los hombres en la sociedad. No abstraer al sujeto de las condiciones materiales que condicionan su realización no implica abolir su capacidad electiva, aquello insondable y opaco que constituye su margen de libertad. El psicoanálisis se opone a la lógica capitalista, dice el escritor y psicoanalista Jorge Alemán, en tanto afirma que hay algo en el sujeto que se resiste a ingresar al circuito del capital. Y aún más, hay algo propio de lo femenino que resulta incolonizable, que resiste a cualquier tipo de nominación, algo que incomoda por no acomodarse del todo.
5.
Prostitución o trabajo sexual: ya el modo de nombrar la práctica parece implicar la asunción de una postura a favor o en contra de la comercialización del cuerpo. Usar ambos términos es una decisión. Prefiero situarme en el debate suspendiendo las certezas, rechazando esa conminación a responder en los términos en los que la discusión se plantea. Un esfuerzo de pensamiento que discurra por fuera de los binarismos, pero también por fuera del puro relativismo: parto de mis incertezas, pero no pretendo negar ciertas intuiciones que atraviesan el texto, las insistencias, los posicionamientos quizás inevitables. No es mi intención engendrar un texto aséptico, objetivo. Sí dibujar un recorrido posible, situado, pero fundamentalmente abierto. Tensar los interrogantes, desplegarlos, pensar las posiciones binarias para complejizarlas, para desnudar asimismo las ficciones que ahí se sostienen. “Asumir la distorsión, asimilarla y devolverla multiplicadamente”, cantaba el poeta Leónidas Lamborghini.
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