
En pleno siglo XXI somos muchos los que utilizamos los emojis para enfatizar el estado de ánimo, las circunstancias que nos rodean o las reacciones que sentimos ante las noticias que nos llegan a través de las redes sociales.
Pero debemos saber que, aunque su uso es relativamente reciente, recurrir a formas esquemáticas para reflejar la expresión facial ha sido durante mucho tiempo una herramienta básica en los talleres de los artistas. Pintores y escultores han indagado desde siempre en el interior del ser humano, buscando en los rostros las pistas que nos ayuden a descifrar los sentimientos, las emociones, las pasiones del alma e incluso el carácter de cada uno, con sus defectos y sus virtudes.
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Hacer visible lo invisible
Desde la antigüedad, representar los sentimientos o su disimulo en los rostros de los personajes ha sido un objetivo constante para los artistas. En las pinturas de historia era fundamental caracterizar al bando de los vencedores con semblantes victoriosos, nobles y magnánimos, que denotaran virtudes como la fortaleza, la templanza o el sentido de la justicia. Mientras que los vencidos debían aparecer humillados, indignos y avergonzados, mostrando claramente gestos que expresaran cólera, cobardía o rabia.
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Las pinturas mitológicas se prestarían igualmente a ser vehículos para expresar emociones. En La fragua de Vulcano, Velázquez aprovecharía para ofrecer un catálogo completo de emociones en los rostros de los herreros que acompañaban al dios cuando Apolo lo visitaba para comunicarle la infidelidad de su esposa, Venus, con Marte. Desde la sorpresa y el malévolo regocijo de algunos trabajadores hasta la naciente ira del propio Vulcano, con los ojos brillantes y la boca apretada mientras sujetaba con firmeza el martillo, los gestos contrastan enormemente con la mirada inexpresiva del propio Apolo.

Algo similar sucedía en las obras de carácter religioso. En ellas, los rostros de la galería de santos, las almas bienaventuradas o los personajes de la Historia Sagrada siempre mostraban recogimiento, devoción, bondad, felicidad o misericordia. Esto se oponía al aspecto de los sayones que golpeaban a Cristo, los ángeles caídos o sencillamente las almas de los condenados que reflejaban la traición, la maldad, la crueldad o el miedo.
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Por el contrario, la ausencia de emoción ha sido una constante durante siglos en el género del retrato real. Hasta bien entrado el siglo XIX y, sobre todo, hasta el invento de la fotografía, el retrato estuvo reservado, prácticamente, a monarcas, nobles y personajes ilustres.
Precisamente esa circunstancia es la que marcó que, aunque pintores de la talla de Tiziano, Rubens, Velázquez o Goya representasen los rasgos físicos con gran verosimilitud, los protagonistas apareciesen siempre con el mismo gesto, uno que no denotase ninguna emoción, pero que reflejase dignidad y atemporalidad, con un aire casi divino, distante y férreo.
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Patognomía y fisiognomía
La expresión facial, la fisiognomía, la patognomía, el gesto y la pose formaban una materia básica para pintores y escultores que, aunque heterogénea, se estudiaba como un bloque. Un artista que no supiese exteriorizar de manera convincente las pasiones del alma no llegaría a conmover al espectador, condición absolutamente fundamental para alcanzar la excelencia en la pintura. Pero ¿cómo aprendían a pintarlas? ¿Quién les enseñaba? ¿Qué modelos seguían?
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A partir del Renacimiento, comenzaron a circular por los talleres y bibliotecas de artistas textos como De Humana Physiognomonia de Gianbattista della Porta. Exponía las teorías de la fisiognomía (la disciplina que estudia la relación entre los rasgos físicos y el carácter inmutable de cada ser humano como es el caso del avaro, el misericordioso o el suspicaz) y la patognomía (que estudia los sentimientos pasajeros, como es el caso de los celos, la ira o la admiración).
Desde que Pitágoras y Pseudo Aristóteles las pusieran de moda, estas materias establecían la analogía entre el parecido con los animales y el carácter de los seres humanos. Así, alguien que tuviese los rasgos del asno podría ser considerado un ignorante, los que se pareciesen a los cerdos se tendrían por sucios, los que fuesen semejantes al buey, mansos, al águila, inteligentes, y al mono, lujuriosos.
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Gracias a estas descripciones, y sobre todo a sus ilustraciones, por los talleres y academias de toda Europa comenzaron a circular tratados firmados por los autores más prestigiosos. También podían encontrarse en las bibliotecas de grandes pintores, como es el caso de Velázquez en España.
El siglo XVII supuso un impulso notable para la propagación de estas teorías. Por un lado, la aparición de las cartillas de dibujo como herramienta fundamental de trabajo en los talleres y academias facilitó los modelos en los que se insistía en el estudio del rostro y sus emociones.
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Sería sobre todo Charles Le Brun el que realizaría la mayor aportación a este tema. Director de la Academia de Pintura y Escultura de Francia y primer pintor del rey Luis XIV, Le Brun dio varias conferencias que ilustró con unos diagramas que, de forma esquemática, ofrecían unas reglas para poder representar las emociones.

De este modo, facilitó enormemente la labor de los artistas. Desde entonces dispusieron de un método para poder configurar distintos rostros de hombres, mujeres, niños y ancianos que con unos trazos muy básicos expresaban su carácter, sentimientos o pasiones.
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El emoticono o emoji
La sencillez y la eficacia de la esquematización de las emociones reside en que los ojos y la boca son las partes del rostro que expresan de forma más evidente las turbaciones que sufre el alma. No es posible sonreír, llorar, gemir o gritar sin mover los músculos que controlan ambos órganos. A su vez, es muy fácil reconocer un espíritu alterado a través de algo tan sencillo como la dirección de la comisura de la boca o el ángulo de los ojos.
Los primeros emoticonos fueron creados en 1982 por Scott Fahlman y para ello utilizó los símbolos :-) y :-(. Pero no fue hasta la década de 2010 cuando se popularizaron gracias a la mensajería instantánea por telefonía móvil.
A partir de entonces los signos de puntuación han sido sustituidos por caras sonrientes animadas que ofrecen toda una galería de emociones, desde la alegría a la frustración, desde la risa al llanto, desde el enfado hasta el aburrimiento.
Como vemos, a lo largo del tiempo la tecnología y la ciencia han modificado nuestro día a día. Lo que no ha cambiado es nuestra necesidad de comunicar emociones a nuestros semejantes. Para ello continuamos sintetizando, con dos puntos y una línea, lo que sentimos en nuestros corazones.
*María del Mar Albero Muñoz es profesora titular de Historia del Arte, Universidad de Murcia.
Publicado originalmente en The Conversation.
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