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Roberto Bolaño, perro romántico: así es la biografía firmada por Jose Serralvo

Desde la infancia en Valparaíso hasta el exilio en Cataluña, pasando por México en los 70 y la detención durante la dictadura de Pinochet, el libro reconstruye la vida de un escritor y personaje singular

Roberto Bolaño retratado en París por Daniel Mordzinski
Roberto Bolaño retratado en París por Daniel Mordzinski
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Jose Serralvo acaba de publicar La sombra de los perros románticos, una biografía de Roberto Bolaño editada por Editorial Navon.

El libro recorre la vida del escritor chileno desde su infancia en Valparaíso y Quilpué hasta su etapa en Cataluña, e incluye el paso por el México de los años setenta, donde fundó el infrarrealismo, y referencias a su detención durante la dictadura de Pinochet.

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La obra es una reconstrucción con “rigor documental” basada en fuentes conocidas y materiales inéditos, y cuenta con prólogo de Juan Bonilla y epílogo de Valerie Miles.

Portada de libro con el título Jose Serralvo La sombra de los perros románticos, una ilustración de un hombre con gafas fumando, y el logo de la editorial Navona.
"La sombra de los perros románticos", escrito por Jose Serralvo

En una reseña incluida en la presentación, Bonilla afirmó que “este libro sirve tanto a la hinchada de bolañistas como a quienes apenas se hayan asomado a su obra”, mientras que Miles lo definió como “un libro imprescindible” y “un trabajo impresionante”.

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Nacido en Jerez de la Frontera, España, en 1984, Jose Serralvo escritor y jurista especializado en derecho internacional. Ha publicado varias novelas, como Los elegidos (2013) y El niño que se desnudó delante de una webcam (2015).

Además de su obra en ficción, colabora regularmente en medios culturales y literarios como el blog Un libro al día y las revistas Jot Down y Vísperas.

Jose Serraldo, autor de la biografía de Roberto Bolaño
Jose Serraldo, autor de la biografía de Roberto Bolaño

A continuación, un fragmento de La sombra de los perros románticos:

A quien no le queda tan claro es al propio Roberto. Entre el descalabro en las asignaturas que no le interesan y su exceso de petulancia en las que sí, nuestro protagonista no tarda en comprender que la vida estudiantil supone para él una irremisible pérdida de tiempo, de modo que empieza a distanciarse de ella. En esta ocasión, el abandono de las aulas no es esporádico, como en el Liceo de Hombres de Los Ángeles, sino poco menos que permanente. Aquel mundo de reglas inamovibles y ficciones coercitivas se le ha quedado pequeño, porque el resto del planeta, fuera de las aulas, está lleno de horizontes tan vastos como movedizos.

Al principio no quiere inquietar a su familia, así que prosigue con los mismos rituales de siempre. Se despierta, se ducha, desayuna a la carrera y sale de casa en la dirección acostumbrada, aunque ya nunca llega a su supuesto destino, como si fuese Pinocho dejándose seducir por el zorro y el gato, solo que en vez de la promesa de un Campo de los Milagros donde crecen árboles que dan monedas de oro, la tentación de Bolaño son los libros, así que, dispuesto a proveerse de ellos, orienta sus zancadas hacia la librería El Cristal, o bien hacia la librería El Sótano. En uno de los relatos de Llamadas telefónicas, publicado a finales del siglo pasado, nuestro protagonista rememoró cómo el primero de esos establecimientos tenía en la entrada una mesa con los saldos, de modo que solía dirigirse allí cuando el dinero escaseaba, mientras que si no andaba mal de fondos prefería acudir al segundo, donde abundaban las novedades. Todo lo anterior, claro está, en el supuesto de que tuviese los medios y el propósito de llevar a cabo una transacción mercantil. La mayor parte del tiempo, más que comprar libros, se limita a hurtarlos. Entre los dieciséis y los diecinueve años, el pillaje de novelas, revistas y poemarios se convierte en su principal oficio, cuando no en su auténtica vocación. En aquella época robó libros malos, malísimos, peores, y también libros buenos, buenísimos, los mejores, montones y montones de libros, sin discriminar en función del tamaño, el formato, la calidad o el género, elegías por la muerte del padre, mitos ancestrales, dramas, comedias, crónicas, leyendas artúricas, fábulas, intrigas detectivescas, distopías futuristas, romances, todo le interesaba, todo lo absorbía, pero nada parecía colmarlo.

Su primer trofeo fue Las canciones de Bilitis, del francés Pierre Louÿs, un libro erótico ilustrado, compuesto de breves y encendidas prosas, y que en el ajetreo del instante había confundido con una novelita pornográfica. A partir de ahí se volvió menos sibarita, o en todo caso más inclusivo, aunque se especializará en poetas mexicanos y en literatura francesa de finales del xix y comienzos del xx. Roba a Samuel Pepys y a Gilberto Owen, a José Juan Tablada y al jerezano López Velarde, un Asunción Silva, un Amado Nervo, La caída de Albert Camus, libros que ansiaba leer y leyó, libros que creyó que quiso leer sin que jamás llegase a hacerlo. Eso sí, sus quehaceres no eran improvisados ni irreflexivos. Como él mismo llegó a admitir, una de las ventajas de robar libros en lugar de cajas fuertes es que se puede ojear el botín antes de llevárselo a casa. Además, era necesario analizar la disposición de la librería, mantener vigilados a los libreros, prestar atención al deambular de los clientes. No podía darse el lujo de que lo atrapasen, aunque hubo un par de deslices, por supuesto, como le sucede al aprendiz de cualquier oficio, pero, por regla general, solía abandonar el local con un deje de orgullo grabado en el rostro, acariciando el botín con ademanes fetichistas, preso de la convicción de que no había nada más importante, como si los libros fueran pan y agua para su estómago y oxígeno para sus pulmones, como si la energía de aquellas páginas, las leyese o no, pudiera impregnarle las yemas de los dedos y llegar desde ahí hasta los recodos más íntimos de su alma, igual que una planta echando raíces en una sima de tierra fresca. Poco a poco, tener libros cerca adquiere una cualidad totémica. Los libros le protegen y le consuelan, pero nunca parece tener suficientes, nunca logra saciarse, porque, como sucede a menudo con nuestros vicios y nuestras obsesiones, su deseo de engullir literatura había cobrado proporciones pantagruélicas. Es también en aquella época cuando toma conciencia de la finitud de sus días. No piensa, Llegaré a viejo y moriré, sino, Llegaré a viejo y no habré logrado leerlo todo. Esa verdad atroz es el combustible con que alarga sus noches y ahuyenta el sueño. Ahora sabe de forma irrefutable que su tarea quedará incompleta. Cualquier esfuerzo lector, por hercúleo que sea, apenas logrará franquear el umbral de la historia de la literatura, arañando si acaso su superficie porosa. Dada la imposibilidad evidente de leerlo todo, se dice que al menos debe coleccionarlo todo, robar dos Stendhal más para poseer por fin sus obras completas, adquirir una a una las nuevas ediciones del guatemalteco Miguel Ángel Asturias, quien tres años antes, en 1967, había sido galardonado con el Premio Nobel de Literatura, encontrar una primera edición de Los de abajo de Mariano Azuela, cosa prácticamente inalcanzable, dados los avatares que padeció ese volumen para salir a la luz. El hábito se volvió tan arraigado, tan banal, que casi tres décadas después, en una de sus más notables entrevistas, aún mantenía la costumbre de normalizarlo, «Yo creo que es algo que todos los jóvenes hacen y me parece además buenísimo que hagan. Robar libros no es un delito».

Por supuesto, como hizo con todo lo demás, nuestro protagonista convirtió su modesto historial delictivo en buena literatura. En las maravillosas páginas inaugurales de Los detectives salvajes, quizá las más entrañables, poéticas y divertidas del último medio siglo, el Bolaño adulto, el mejor escritor de su país, de su continente y de su lengua, hizo que el joven García Madero nos narrase en primera persona cómo sobrelleva el hábito —el desvío— de robar libros de Roque Dalton y de Lezama Lima y de Jorge Luis Borges. Después del saqueo, nuestro protagonista —y tal vez también el suyo— suele acercarse a un puesto ambulante para comprar una torta de jamón y un jugo de mango. Luego se sienta a leer en los bancos de la Alameda, igual que antaño, durante su estancia en Los Ángeles, se refugiaba en los de la calle Valdivia, a la sombra de los tilos. Viejas rutinas en nuevos escenarios. Otras veces camina derecho hacia la casa y, una vez allí, se recuesta en la cama con un libro entre las manos, zambulléndose de lleno en una de las formas de la felicidad.

Por supuesto, no logra engañar a sus padres durante mucho tiempo. Ambos se percatan enseguida de que su hijo no está cumpliendo las reglas del hogar, de modo que deciden confrontarlo, sin imaginar siquiera que la conversación que se disponen a tener, para ellos un regaño entre otros muchos, acabará por cambiar para bien el curso de la historia de la literatura, pues se salda a favor de uno de los principios que la sustentan, a saber, el libre albedrío. Un Roberto de dieciséis años logra convencerlos de que la escuela lo asfixia. De momento no pasa de ser un culicagao barbilampiño, o como otros lo describirán en breve, un muchacho «esmirriado y pelilargo», pero su poder de persuasión es inmenso. Quiere ser escritor, ya no tiene ninguna duda, y para eso debe tomar las riendas de su propia educación. Su madre se muestra comprensiva, o cuando menos abierta a la idea. Don León, en cambio, anda al borde de un ataque de nervios, «Estudia algo, si eres tan inteligente», le dice, «escribir es una pérdida de tiempo, de aquí a que seas famoso, güevón, van a pasar años, si es que llegas». Nuestro protagonista permanece en silencio unos instantes, barajando su posible respuesta. De repente se acuerda de aquello que le espetó en una ocasión a Abel Sandoval, el otro lector empedernido con quien se topaba a menudo en la biblioteca del Liceo de Hombres, «Yo creo que en la formación de todo escritor hay una universidad desconocida que guía sus pasos». Su progenitor resopla. Sigue sin entenderlo. Le habla del futuro, del ejemplo de su hermana María Salomé, quien se ha adaptado con éxito a su nuevo colegio en la colonia Zaragoza, del riesgo de marginalidad, de la pobreza, del fracaso, de la importancia del plan de estudios, de todo lo que puede salir mal si no enmienda el rumbo, dando un golpe de timón que lo convierta en un hombre de provecho, pero las súplicas y amonestaciones resultan inútiles, igual que las anclas del Pequod hundiéndose en vano en las profundidades abisales del océano Pacífico. No te preocupes, se limita a responder Roberto, el plan de estudios me lo pongo yo.

A partir de entonces, vivirá por y para los libros, comprándolos, robándolos, leyéndolos, acariciándolos. Dejará que la literatura le llene. Dejará que la literatura le consuma. Eso sí, hasta el último día de su vida rechazará el sambenito de autodidacta, ese término que el diccionario reserva a quienes se instruyen por sí mismos. Según Bolaño, la educación que prevé no cumple los requisitos para serlo, pues le vendrá dada no por él mismo, sino de mano de los maestros. Se está inventando como escritor y, ya de paso, inventa también las reglas por las que se rige su mundo.

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