El bailarín Herman Cornejo, desde New York, se detiene un instante en su rutina y comienza su charla con Teleshow, con emoción y brindando detalles de su vida. A sus ojos, el estreno de su espectáculo Anima Animal en Buenos Aires va mucho más allá de una función.
La vida de Herman pudo haber seguido otro rumbo. De niño, en cada recreo, se ilusionaba con la pelota entre los pies y soñaba con llevar una camiseta de fútbol. Esa pasión ocupó sus primeros años, hasta que un día, sin dudar, cambió los botines por las zapatillas de baile.
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“Mi historia es un milagro”, reconoce Herman, recordando el episodio que lo marcó para siempre. Cuando tenía apenas once meses, una grave afección de salud lo llevó a un estado crítico. El relato familiar cuenta que su padre militar, en plena guerra de Malvinas, logró volver un instante del frente para despedirse de su pequeño. “Mi papá me besó y me desperté”, detalla Cornejo, quien siempre ha sentido que ese gesto selló su destino.

Para el bailarín, presentar esta obra en Buenos Aires es la concreción de un anhelo largamente postergado. El espectáculo simboliza la recuperación de una pieza que considera parte del patrimonio nacional y le permite compartir con su gente la riqueza de la historia de la danza local.
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“Poder traer a la luz lo que hubiera sido en su momento el primer ballet para Argentina en el año 1917 es un gran honor y orgullo para mí”, confiesa el artista a Teleshow, quien siente que la obra es tanto un homenaje a la historia de la danza argentina como un acto de amor hacia la tierra donde nació.
El bailarín describe la emoción de volver a sus raíces y brindar al público argentino una obra que dialoga con el pasado y proyecta hacia el futuro, inspirada en el bailarín y coreógrafo ruso Vaslav Nijinsky.
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—¿Hace cuánto tiempo que no venías a la Argentina?
—La última vez que fui…Si mi memoria no me falla, fue en el 2022. Hice este mismo espectáculo pero en en la provincia de San Juan.
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—Tu deseo era presentarla en Buenos Aires...
—Sí, sí... era el primero de los deseos, porque en su momento hubiera sido así, su estreno en Buenos Aires, además que es mi casa, el público que me vio nacer.
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—¿Qué te pasa con esta obra que deseas y de la que estás tan orgulloso de dirigir?
—Primero y principal, creo que lo que me llena de orgullo es poder traer a la luz lo que hubiera sido en su momento el primer ballet para Argentina en los años 1900, que era cuando le Ballet Russe con Nijinsky iban a Argentina, que no tenía una compañía de ballet, no existía. Y gracias a Vaslav Nijinsky, se creó esta energía de decir que en nuestro país, y especialmente en Buenos Aires, hacía falta crear una compañía. Luego, se creó gracias a él. Nijinsky, en ese momento, había aceptado hacer este ballet basado en una leyenda guaraní. Así que para mí es un gran honor y orgullo poder traerlo a escena.
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—¿La obra tiene un significado especial para vos?
—Por todos lados, es algo muy histórico, es patrimonio nacional, y también de la humanidad. Nijinsky es el icono mundial del ballet. Argentina es la cuna, una de las cunas que tiene más de cien años de historia. En lo personal también estoy muy aferrado y apegado a lo que es la figura de Nijinsky, no solamente por haber hecho la escuela que gracias a él se creó en el Teatro Colón con las técnicas rusas. Si no lo que significó en mi carrera. Yo hice El espectro de la rosa, que fue creado para él y fui nominado al Óscar de la danza por ese rol.
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—¿Qué sentiste al ser comparado con figuras como Nijinsky o Julio Bocca?
—Imaginate, es todo un honor, son cosas que te van poniendo más arriba en la lista de bailarines.
—¿Soñaste alguna vez con todo lo que te pasó y te pasa en tu carrera?
—Es rarísimo porque no tengo recuerdo de sueños, pero tengo una seguridad muy grande. Yo ahora estoy escribiendo un libro sobre mi vida. Y esto lo he contado varias veces, que cuando tenía once meses estuve en coma, mi papá justo en ese momento estaba en la Guerra de Malvinas, en el año 1982. Yo estaba en el hospital en coma, los doctores dijeron que no había vuelta atrás, estaba con un respirador, le avisaron a mi mamá que, si le quería avisar a mi padre que viniera al hospital. Mi papá vino a darme el último adiós, porque iban a desconectarme, llega...se acerca a la camilla, que él me contó que era un cuerpito delgado, un esqueletito, me da un beso en la frente para darme el último adiós y yo abro los ojos. Fue un milagro. Realmente no sé si en esos momentos, cuando uno está en coma, qué es lo que pasa, dónde está el espíritu de uno. A partir de allí cuando empiezo a crecer adquirí una seguridad muy grande, y sabía qué quería hacer y ser. Empecé ballet, no había otra opción para mí. No lo soñé, pero lo sentí desde siempre.
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—¿Por qué estuviste en coma?
—Mi mamá me llevó al hospital porque tenía algo en el estómago, era como un virus. Supongo que ese malestar habría sido demasiado fuerte, pero el problema fue que me medicaron mal. Así que al medicarme mal…todo se agravó.
—¿Cuántos días estuviste en coma y cuántos meses tenías?
—Unos cuantos días, una semana por lo menos y tenía casi un año.
—¿Te acordás de algo de ese momento?
—Nada, no me acuerdo de nada en lo absoluto.
—¿Con el tiempo le encontraste un significado?
—En esta obra, claramente, porque el relato tiene ese salto para una segunda oportunidad en la vida, ese poder de la transformación. Todo se conecta, por eso es muy personal para mí.

—¿Por qué la danza, hubo otras opciones?
—Yo hacía fútbol, mi papá militar, imaginate. Mi hermana Erica sí había empezado ballet mucho antes, alrededor de los tres años. A mí como que me enganchó verla bailar en el estudio y demás, pero fue como algo que sentí profundamente: “Es esto lo que quiero hacer”. Yo tenía ocho años. A veces, me pregunto cómo un niño puede saber exactamente, con tanta firmeza, que es esto lo que le gusta, que es lo que quiere.
—¿Tus padres siempre te apoyaron en la decisión de bailar?
—Mis papás la verdad que fueron increíbles, me apoyaron desde el comienzo. Obviamente, creo que igualmente mi generación la tuvo más fácil, en el sentido que los varones en mi época era un poquito más fácil decir que querían bailar gracias a Julio Bocca, gracias a Maximiliano Guerra. Ellos fueron como los que más abrieron esas puertas. Igualmente existía un poco de prejuicios.
—¿Te sentís cómodo viviendo fuera del país?
—Mira, la verdad que yo me siento cómodo donde esté mi arte. Fui a New York realmente porque el American Ballet estaba ahí. Era la compañía de mis sueños. Yo creo que si hubiera estado en otro lugar también. No me aferro a los lugares. Si hablamos, por ejemplo, en cuestiones de casas, me mudé más de veinte veces en treinta años. Me aferro a lo que vivo en el momento, en mi carrera y mi familia.

—¿Qué sentiste al estar frente a la puerta del American Ballet Theater por primera vez?
—Obviamente, crecí en Argentina pensando en el American Ballet Theater gracias a Julio (Bocca), a Paloma Herrera... en aquel momento no había Internet, entonces la única forma de conocer cosas de afuera era la gente que entraba y contaba. Entonces, obviamente, mi sueño después de ver tanto a Julio Bocca y de estar en su compañía durante dos años era como: Llegar al American Ballet es lograrlo, es llegar a lo máximo. Y en su momento, cuando después de estar dos años en la compañía de Julio y ganar la Medalla de Oro de Moscú, que también la ganó él, Julio me pidió de hacer una función en New York en su nombre, porque él no podía viajar. Entonces yo le dije a Bocca, quiero audicionar a ABT, es mi compañía. Él me respondió: “Por supuesto”. Me pidió permiso, habló con el director para que me pudiera dar una clase, para audicionar. Y lo hice con mi hermana. Fuimos y yo dije: “Bueno, vamos y nos quedamos”. No había plan B para mí. Cuando uno es joven es como que uno no piensa mucho en las cosas, tenés esa garra y esa fe de que todo puede pasar.
—La seguridad es fundamental...
—Totalmente, porque cuando salís a escena lo único que te puedes aferrar es en lo que vos creés, en lo que vos podés hacer. Podés pasar años ensayando con un maestro cómo hacer una variación. Pero la verdad está cuando llegás al escenario, ese maestro no está más para decirte que es lo que tenés que hacer. Todo depende de vos. Entonces esa fe y esa seguridad de lo que querés hacer tiene que estar en el bailarín, porque en escena es lo que se ve.

—¿Y alguna vez te pasó de confundirte en escena?
—Cuando hay mucho entrenamiento, esa equivocación no sucede. Lo lindo que tiene la danza es que es teatral. Te abre las puertas a que pongas sensaciones, cosas de tu propia vida, por más que estés interpretando un rol, por más que estés haciendo un Romeo. Pero más allá de eso, hay esa ventanita donde uno pone lo de uno. Pones la sensación, lo que te ha pasado en tu vida, y eso es lo que te hace diferente, lo que te va a diferenciar de otros bailarines que solamente hacen la parte técnica. Así que no hay eso de confundirse. Tal vez uno lo quiere hacer diferente a propósito o si existe esa confusión de que a lo mejor te confundiste. Hay un episodio muy divertido que cuando yo entré al American Ballet, no solían enseñarle a los chicos nuevos las coreografías. Uno tenía que ser muy rápido y aprenderse, estando parado al costado, roles, porque después te decían: “A ver, probalo, quiero verte”, y lo tenías que saber.
—¿Cuándo te pasó?
—Me pasó en Romeo y Julieta cuando me pusieron a bailar, me aprendí el rol con videos y viendo a otros bailarines, pero esa vez me había faltado un pedacito que no me había aprendido. Y durante el ensayo general de este ballet empezó una danza que era la parte de la carta y no tenía ni idea de qué iba ese momento. Y bueno, me quedé parado en un costado como el mejor actor, y nada, son momentos que pasan. Por suerte era un ensayo general. Había público, pero era un ensayo general, no era la función. Al día siguiente me tocaba la función, me lo aprendí como de emergencia en el momento para hacerlo al día siguiente.
—¿Qué te dejaron esos errores o tropiezos?
—Esos momentos la verdad que te hacen más fuertes. Ese momento tragame tierra, pero mucha más vida después de eso. Una vida mucho más fuerte. Podemos hablar de Messi, de lo que le pasó en mundiales anteriores. Él pudo salir. Y decir: “Lo voy a ganar”. Eso bajones te llevan a algo más alto.
—¿Eras bueno en el fútbol cuando eras chico?
—Sí, me encantaba el fútbol, era muy bueno, era delantero. Recuerdo que yo hacía ballet y fútbol a la vez. En un momento el Teatro Colón hizo una carta a la escuela para que no me permitiera jugar más porque era contraproducente con el ballet. Si yo quería realmente ser un bailarín, en un partido te pueden lesionar, te torcés un pie. Así fue como quedó prohibido, y yo acepté, sabía que el ballet era lo mío.
—¿Posición en la cancha?
—Jugaba en la delantera. Como un Martín Palermo, ponele. Me encantaba. El día que volví para despedirme... los chicos me decían: “No, no te podés ir del equipo”. Y justo ese partido iban perdiendo y me decían: “Entrá, por favor, entrá”... pero no lo hice.

—¿Te encontraste con muchos “cisnes negros” en tu carrera?
—Cisnes negros, ¿en qué sentido? [se ríe] Gente mala, buena, hay por todos lados. Creo que eso igualmente es un estigma que lleva el ballet, que tal vez sea muy anticuado. Mi generación fue cambiando, mismo en el American Ballet. En los últimos diez la compañía cambió brutalmente, para bien. Todos esos cisnes negros desaparecieron. Esta generación de los últimos diez años es mucho más amiga, mucho más hermana. Están uno ahí para el otro, se corrigen entre ellos. Tal vez le dan la oportunidad a un cuerpo de baile de hacer un rol principal y un principal le está corrigiendo a este cuerpo de baile cómo hacer las cosas mejores. Se ha diluido un poco esa competencia que existía antes. Cuando yo entré, se vivía un poco esto de: “No, yo soy principal, no te me acerques”. “Este es mi momento o esperá tu momento”. Hoy cambió muchísimo.
—¿En qué lugar vivís actualmente en Nueva York?
—Viví en muchísimos lados. La mayor parte de mi vida, mientras estudiaba, viví al lado del teatro, cerca y fácil para ir a entrenar y volver. En los últimos siete años que hice una familia, me mudé al Bronx, cerca del Jardín Botánico. Para tener un lugar más grande y poder tener una familia más grande.
—¿Con quiénes vivís?
—Con mi mamá. Mi hermana, que la extraño muchísimo, ahora vive en Denver. Está ahí dirigiendo la escuela del Colorado Ballet.

—¿Y tu padre?
—Mi papá es una historia muy triste para mí. Seguimos en contacto, pero muy lejanos. Es a lo mejor una llamada de teléfono cada dos años. Vive en Argentina. Una lástima. Mis padres se divorciaron. Mi viejo se alejó muchísimo y desde hace quince años, más o menos, que no tenemos mucho contacto. Una lástima. Pero bueno, yo a mi vieja la tengo conmigo. La quiero muchísimo por todo lo que pasó en su vida y cómo nos ayudó.
—Y tu propia familia...
—Claro, mi esposa y mi nene. Mi mujer (María José Lavandera) es argentina. Nos conocimos en Buenos Aires. Ella es periodista y escritora. Tenía su propia revista de danza, Revol, en Argentina. Nos conocimos porque yo hacía diez años que no volvía a bailar a mi país y me hizo una entrevista en esa vuelta que tuve en el 2016. Y fue un flechazo. Nos enamoramos.
—¿Qué sentís al volver a Buenos Aires con tu espectáculo?
—Para mí obviamente lo más importante es lo que va a pasar el uno de septiembre en el Teatro Coliseo. Y realmente es un un placer volver a casa, a mi público.

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