
De la antigua Pompeya todavía recibimos noticias. El tiempo aleja el acontecimiento, pero aún así persiste, insiste, sigue presente. Lo último: por primera vez la ciencia logró secuenciar el genoma de un hombre que murió en la antigua ciudad tras la erupción volcánica del Monte Vesubio en el año 79.
Estaba en una de las habitaciones de la Casa del Artesano ocultándose. Afuera todo el mundo estaría corriendo desesperado. Oiría los gritos nítidos del otro lado de las paredes, los llantos, el lamento. De pronto, una nube de ceniza volcánica caliente ingresó a su guarida y lo mató instantáneamente.
El director de la investigación publicada semanas atrás en Scientific Reports es el geogenetista de la Universidad de Copenhague Gabriele Scorrano. Dijo que se trata del “primer genoma humano pompeyano secuenciado con éxito” y habló de una “ascendencia compleja” y de una “posible infección tuberculosa”.
Otro investigador, Thomaz Pinotti, aseguró que “trabajar con Pompeya es absolutamente emocionante” y que “todo sobre la ciudad es surrealista” porque “sabemos dónde vivía la gente, qué tenían en sus casas, incluso las cosas desagradables que se escribía en las paredes; si sabemos jurar en latín, es por Pompeya”.

Fue en el año 79 que se produjo una de las erupciones volcánicas más famosas y mortíferas de la historia de Europa. Hay debates en la comunidad científica si fue en la noche del 24 de agosto o del 24 de octubre. El fuego arrasó las ciudades de Pompeya, Herculano y Estabia, donde habitaban entre 16 mil y 20 mil personas.
Todo lo sepultado por varias capas de ceniza volcánica fue excavado recién en el siglo XVIII. Con el tiempo se encontraron los restos de cerca de 1500 personas pero el total de fallecidos es desconocido. Un abogado, escritor y científico de la antigua Roma conocido como Plinio el Joven presenció la erupción y la documentó.
Varios siglos después, el pintor ruso Karl Briulov visitó las excavaciones de Pompeya en el verano de 1827 y decidió hacer una gran obra, una pintura monumental, que de cuenta de aquel acontecimiento histórico e inolvidable. El último día de Pompeya se pintó entre 1830 y 1833, pero los bocetos comenzaron en 1927.
El patrocinador de este cuadro fue el príncipe Anatole Demidoff. Cuando Briulov la terminó, la expuso en Roma, el escritor Nikolai Rojaline escribió que en Roma “toda la ciudad se ha apresurado a admirar la exposición de pintura en el taller de Briulov”.

El devenir de la obra fue sinuoso. Desde Roma la pintura fue transportada a Milán donde fue presentada en la exposición de arte de 1833. Luego se expuso en el Salón de París de escultura, inaugurada en marzo de 1834 donde su autor ganó la gran medalla de oro.
En el verano de 1834 el príncipe Demidoff, propietario de la obra, la lleva San Petersburgo y se la presenta al emperador Nicolás I. En agosto de 1834 se coloca en el Hermitage, y a finales de septiembre en una sala separada de la Academia Imperial de las Artes para la vista del público.
En 1897 fue transferida a la colección del difunto emperador Alejandro III de Rusia, lo que actualmente es el Museo Ruso de San Petersburgo. Las dimensiones de El último día de Pompeya son de 466 centímetros de alto y 651 centímetros de ancho.

El cuadro está lleno de personajes que ameritan un acercamiento, un zoom, un detalle. Así se pensó la obra: como una gran fresco desesperante de una tragedia, miles de personas, representantes de la humanidad, con sus historias, siendo arrasados por la furia de la naturaleza.
Hay familias, parejas, matrimonios, madres, padres, está Plinio, hay un sacerdote cristiano, un sacerdote pagano, incluso un autorretrato del propio artista. Conmovido por la obra, el escritor Aleksandr Pushkin le dedicó un poema. Luego, varios autores escribirían sobre esta obra.
Por su parte, el escritor Nicolás Gogol, escribió un artículo en el que calificaba a El último día de Pompeya como uno de los fenómenos del siglo XIX “y de una resurrección luminosa de la pintura que había permanecido durante mucho tiempo en un estado semiletárgico”.
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