
I
“Este mundo siempre fue, es y será fuego eternamente vivo”, decía Heráclito. Hay algo en las ingobernables llamas que inspiran y fascinan, pero ¿qué pasa cuando se trata de un volcán en erupción y esa fascinación luminosa puede transformarse en el más absoluto terror? El pintor noruego Johan Christian Dahl quería sentir de cerca esa vertiginosa belleza. Invitado por el príncipe heredero danés Kristian Fredrik, viajó al Monte Vesuvio en 1820 para conocerlo y retratarlo.
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La erupción más emblemática de este volcán de 1281 metros sobre el nivel del mar —que se alza al sur de la cadena principal de los Apeninos, a unos nueve kilómetros de distancia de la ciudad de Nápoles— fue la del año 79 d. C., la cual desencadenó relatos de todo tipo. Con aquella erupción histórica fueron sepultadas las ciudades de Pompeya y una gran parte de Herculano. Desde entonces entró en actividad constante. Hoy es uno de los volcanes más peligrosos del mundo.
En la actualidad, alrededor del Vesubio viven unas tres millones de personas. Se trata de la zona volcánica más densamente poblada del mundo. Durante el siglo XX es el único volcán de la Europa continental que entró en erupción; fue en el año 1944 y destruyó parte de San Sebastiano. Cuando Johan Christian Dahl llegó al lugar, la última había ocurrido en 1794; no sabía que la erupción que viviría sería la primera de las ocho que ocurrieron durante el siglo XIX.
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II
Dahl nació 1788 en Bergen, Noruega. Su padre era un pescador que consiguió que un grupo de ciudadanos con dinero apoyen a su hijo para que viaje a Copenhague a estudiar en la Academia Real de Bellas Artes de Dinamarca. El muchacho tenía 23 años y algo que ilusionaba a todo su pueblo: un talento nato. Como en la capital danesa le fue bien, comenzó a recorrer Europa. Así fue que en 1920, un poco por azar, otro poco por curiosidad, llegó a Roma, primero, y a Nápoles, después.
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Dicen que cuando Dahl comenzó a divisar, allá, a lo lejos, la cumbre del volcán sintió esa atmósfera que tanto los griegos como los romanos consideraban infalible. Para ambos imperios, el Vesubio era un lugar sagrado dedicado al héroe y semidiós Heracles o Hércules, según la tradición. ¿Qué efectos provoca un lugar sagrado como ese, tan lleno de vida y de historia, pero también tan lleno de muerte? “Una vista interesante y horriblemente maravillosa”, escribió Dahl.
Al llegar, se sentó en el borde de una piedra, sacó su cuaderno y comenzó a hacer bocetos enormes, amplios, abiertos, donde se mezclaban algunas personas diminutas entre la tierra, el cielo, el fuego y el humo. No por nada lo considerarían mucho tiempo después “el padre de la pintura de paisajes noruega”. Todos aquellos dibujos, ideas y anotaciones terminaron en el lienzo. En varios lienzos, mejor dicho.
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III
Entre 1820 y 1826 Johan Christian Dahl pintó al menos trece obras donde el Vesubio es protagonista. El volcán a lo lejos con la lava resplandeciente, también desde la costa con barcos anclados o vistas desde el interior de una caverna donde el mar genera un efecto de contención; también otras de más cerca con las llamas en el centro de la escena, como la que aquí presentamos, un óleo sobre lienzo de 98,3 centímetros de alto y 137,5 de ancho.
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Algunas de esas obras se exhiben el Kode Museum de Bergen, en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York y en el Städelsches Kunstinstitut de Frankfurt. La belleza del día de hoy está en la Statens Museum for Kunst, también llamada simplemente Galería Nacional de Dinamarca, en Copenhague. En el texto curatorial se lee que “el paisaje profundo incluye elementos de una perspectiva turística de Nápoles de la época”.
Y continúa el texto: “En el lado izquierdo, Dahl se centra en la relación entre el hombre y el espectáculo abrumador: dos diminutas figuras sirven para indicar la escala de la escena, mirando las vastas fuerzas de la naturaleza con una atención embelesada. Sin embargo, mirando hacia la derecha, uno comienza a sospechar que las figuras podrían ser turistas en busca de emociones”. También se puede sospechar que esa fascinación, la del fuego, les impide ver el peligro que corren.
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