
Hay días en nuestras vidas de adultos mayores (nombre que reemplazó al de viejos, aunque me encanta que mis nietas me digan abuelo) en que las noticias con las que iniciamos el día no son la mejores. Así me ocurrió hoy temprano cuando, a primera hora, ya tenía diez mensajes en mi celular comunicándome la muerte de Wilbur Ricardo Grimson, Dicky para quienes fuimos sus pacientes durante años.
Estoy seguro que más de un psicoanalista habrá de escribir sobre su trayectoria porque sin dudas fue uno de los terapeutas más importantes en la consolidación de una manera de tratar la locura y su cura en la Argentina.
En mi caso, y con la seguridad de estar hablando por muchas personas estas líneas son solamente para agradecer a la vida haber tenido un Dicky Grimson en la mía.
Ante su muerte me surgen muchos interrogantes que acuden a mí en estos momentos en lo que siento una profunda tristeza por su partida. Me pregunto entonces: ¿qué hubiera sido de nosotros si en aquellos años duros de los setenta no hubiéramos tenido la posibilidad de compartir nuestros problemas con él? ¿O que hubiera ocurrido con nosotros en aquellos días en los que llegábamos a su consultorio de a uno por vez, ya que no estaban permitidas las reuniones, y no hubiera existido ese abrazo, esa sabiduría para orientarnos, esa valentía para sugerirnos los caminos posibles, esa creatividad para que imagináramos una vida rica y llena de vitalidad? Recuerdo aquel final del año 1982 cuando caminábamos todos juntos del brazo en la marcha para reclamar la vuelta de la democracia.

Había otras instancias vivenciales en las que nos sentíamos acompañados por su enorme capacidad de expresar cariño. Era de esos terapeutas que ponen el cuerpo. Entonces me pregunto ¿cómo hubiera sido ir a la cancha en aquel primer mundial que se hacía en nuestro país sin que él nos acompañara, o no poder jugar al tenis con él algunas tardes? No le importaba la medalla de oro de la facultad de medicina de la Universidad de Buenos Aires y los cursos sobre su especialidad en los mejores ámbitos del mundo a la hora de llorar con nosotros cuando llorábamos, o de reír cuando reíamos. Dicky estaba siempre en los momentos más significativos como saludarnos el día que nacía un hijo nuestro o nos casábamos con la mujer a la que amábamos.
Escribió un libro muy importante, Sociedad de locos, en el que describía su pionera experiencia en cómo tratar los temas relativos a la internación de pacientes con problemas mentales. Después de unos años, tuve la suerte de publicar en Eudeba como editor Sociedad de adictos, ya que también fue un pionero, hace veinte años en señalar que las drogas y las adicciones ponían en peligro nuestra sociedad y su futuro.
Gracias Dicky por habernos enseñado que no hay salud mental posible si no le damos un lugar muy importante a los afectos. Que descanses en paz querido Dicky.
* Historiador y editor.
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