Se fue Daniel Buira y con él, se va un pedazo de mi juventud de pasiones por el fútbol y el rock

La muerte del baterista de Los Piojos y fundador del grupo-escuela de percusión La Chilinga, me conmueve como para empujarme a escribir recuerdos y sentimientos alrededor de “un buen pibe”

El día que los Piojos conocieron al Diez: un Obras lleno, un disco en vivo y el “Maradó...” de un coro eterno
La formación clásica de Los Piojos, con Daniel Buira (primero desde la izquierda), posan con Diego Maradona
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Escribo shockeado, en una mañana de sábado como tantas (pero gris y con leve llovizna, al menos en Buenos Aires). La muerte, siempre la muerte. De la mamá de una amiga. De Ernesto Cherquis Bialo, maestro del periodismo y la crónica, dueño de una vida fascinante. Pero a mí, por una cuestión generacional y de “cultura rock”, lo que más me golpeó es la noticia de la muerte de Dani Buira, el baterista de Los Piojos y fundador del colectivo de percusión La Chilinga.

Un buen pibe. Digo “pibe” y me río de mí mismo porque yo lo cargaba a mi abuelo -y luego a mi viejo- cuando decían “ese muchacho”. Yo le decía a mi abuelo: “Abuelo, ese hombre es como vos, ¡tiene 80 años! ¿Cómo le vas a decir ‘muchacho’“. Bueno, ahora digo ”pibe" y pienso: tengo 56 años, Daniel tenía 54 creo haber leído. Ya no somos “pibes”. En fin.

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Hacía más de 15 años que no veía a Daniel. Pero siempre tuve un buen recuerdo de él porque fuimos, en nuestros años de plena juventud y rock, buenos amigos. Conocí a Los Piojos antes que fueran lo que hoy (todavía) son. Ser cronista de rock de veintipico en el suplemento No de Página/12 en los años 90 era eso: vivir la década a pleno, llamarlos por teléfono a sus casas, juntarse a jugar al fútbol y a comer un asado. Eso pasó con Los Piojos, ya ni recuerdo cómo. O sí: porque su manager de entonces, Osvaldo González, un hombre de izquierda que había traído a Manu Chao a Buenos Aires a grabar con Fidel Nadal en 1994 -y que había llevado a Los Piojos a Francia cuando todavía eran apenas una banda emergente, a principios de los 90-, pasaba siempre por la redacción del diario, en la avenida Belgrano casi Chacabuco. Los Piojos ya habían sacado un buen primer disco, Chactuchac, pero salvo la versión rockera de “Yira yira” no tenía idea de ellos, casi.

Cuando estaba por salir el segundo, Ay ay ay, pasó lo siguiente: desde la recepción me avisaron que alguien preguntaba por mí. Era Andrés Ciro, que traía un sobre de papel madera, un casete con el disco que todavía no había salido. “Te lo traigo para que lo escuches, espero te guste”, me dijo quien hoy es una estrella de rock en plenitud. El disco era buenísimo, lo tenía todo para la época: sonido, actitud, discurso. Y por supuesto, canciones. Buenas canciones. En la redacción que compartía con mis amigos Eduardo, Fernando, Sebastián y Carlos, nos encantó. Le dimos mucha bola, hicimos una cuantas notas: antes, durante y después de la salida del disco. La banda era una bomba. Tocaban a la 3 de la mañana en un sótano de Cochabamba y Defensa llamado Arpegios, que explotaba de gente y calor. Era una locura cada trasnoche ahí. Yo vivía cerca y uno de mis planes favoritos de fin de semana era salir 2 y media para Arpegios, para verlos (muchas veces con mi amigo Tuko).

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Una clase de percusión de Daniel Buira, baterista de Los Piojos

En ese tiempo de ebullición conocí a Daniel. Los Piojos, se sabe, eran -son- re futboleros. Daniel era el único de Independiente. Andrés, de Boca. Tavo, Miki y Pity, de River. Jodíamos siempre con eso. Daniel era el baterista, le gustaba la música brasileña y el candombe. Eso introdujo a la banda en la excitante mezcla de Rolling Stones + Jaime Ross, la fórmula de todo, aquello que cimentó su leyenda. Por Daniel existen canciones como “Ay ay ay” y “Verano del 92″, por ejemplo. Su matriz percusiva cambió la historia de una banda que había nacido del fanatismo por los Stones, la hizo más grande y así están hoy, en la mesa de los grandes de la historia del rock argentino.

Hicimos unas cuantas notas, nos hicimos amigos junto a un grupo de periodistas del palo: fuimos a jugar al fútbol y a comer un asado a Martín Coronado, el barrio de Dani, un sábado que hoy, a la distancia en el tiempo, recuerdo glorioso.

Vino Tercer Arco y Los Piojos se convirtieron en un fenómeno. Empezaron a llenar Obras y cada vez más gente iba a verlos: hasta Diego Maradona apareció varias noches y se subió al escenario mientras tocaban su canción. Era para mí, un joven criado en Olavarría festejando el campeonato de Boca del 81 con Diego y escuchando rock and roll desde que iba al jardín de infantes, la gloria. Detrás del carisma de Andrés, la simpatía de Miki y la actitud de los guitarristas, Dani era el más callado (acorde a un baterista). Pero siempre tenía una sonrisa a flor de piel. Para hablar de música y de fútbol, siempre.

Después vino el gran bolonqui interno que desembocó en su salida de la banda. Sin embargo, seguimos viéndonos. Ya había fundado La Chilinga, un poco a imagen y semejanza de sus amados Olodum (alguna vez, viendolos tocar un hermoso atardecer de enero en pleno Pelourinho, me acordé de Dani. Él también estuvo ahí, por supuesto). La Chilinga no fue solo un grupo-escuela de percusión: también fue (es, debo corregirme) una entidad cultural de profunda raigambre social. Por ahí han pasado, pasan, cientos, miles de chicos y chicas que sienten el calor de los tambores. Todo eso es legado de Daniel. Paso bastante seguido por el galpón de García del Río y el boulevard Goyeneche, en Saavedra. Siempre pienso en él y en todo lo bueno que sucedió desde que se le ocurrió fundar algo semejante.

El tiempo pasó y dejamos de vernos. Yo me alejé del medio ambiente del rock y él, lejos del calor de las masas que siguieron a Los Piojos y su cantante-propietario, siguió en la suya. La vida le pasó factura, también. Y después de más de dos décadas, volvió a tocar con Los Piojos. Me alegré por él. Pero no tuve ganas de ir a verlos. Hasta que, en compañía de mi hijo y sus amigos, fuimos al Quilmes Rock del año pasado. Me gustó oír la ovación que sucedió al momento en que lo nombraron. Pensé “puta, tendría que escribirle a Daniel, qué bueno que le esté pasando eso”. No lo hice. Ya no podré hacerlo. Este sábado a la mañana me desperté con la noticia de su muerte. Lo siento mucho. Siempre guardaré su sonrisa, esa sonrisa que se puede ver, nítida, en la foto que abre esta nota.

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