
Seguramente muchas personas miran hoy la esfinge y se preguntan, “¿cómo se cayó su nariz?”. Según René Goscinny, autor de Astérix, se cayó en el momento que uno de sus galos se quería trepar a la esfinge para poder apreciar una vista desde la altura.
Con este movimiento el guionista francés revoca aquel hueco en la narrativa histórica con enduido metafórico. Por suerte nuestra, la historia se encuentra plagada de estos recovecos.
Así es como, en nuestro universo ficcional, podemos ubicar al científico norteamericano John Blenner llegando a la base Sobral, el punto más austral de la Antártida Argentina. El geólogo llega con el propósito de explorar la posibilidad de instalar un sistema de vuelos de larga distancia que acorte considerablemente el tiempo de traslado entre naciones. La Antártida y la fantasiosa década del noventa es el hueco que nosotros elegimos para rellenar con ficción.

En la obra no hay molinos de viento, hay una futura plataforma de cohetes. La Conquista del Fin del Mundo es, como su título lo indica, el lanzarse hacia proyectos imposibles: sea construir una base espacial, convivir en total encierro con otras personas, que un teléfono ande bien, superar un trauma o un amor no correspondido.
Es la devoción hacia esos proyectos imposibles lo que nos permite función tras función explorar los límites de cada personaje. Viven en el límite de la tierra, de la nación, de la civilización, del milenio. Tan alejados están del resto de la humanidad, que la misma humanidad se deforma, creciendo hacia algo monstruoso. Es de esta manera como lo grotesco aparece en escena, logrando que cada personaje resulte ser su propio verdugo; lo político, un relato absurdo; y la lealtad a las creencias, la tragedia de la obra.
La obra explota el ser argentino, busca explorar cómo nos relatamos a nosotros mismos como nación. No es casual o por moda nostálgica que la obra transcurra durante el menemato. Es en esos años, cuando la propia noción de país estaba desdibujada, cuando el presidente hacía paracaidismo y las naciones tenían relaciones carnales.
El texto de la obra, como muchas otras, nació de la necesidad de escribir para un taller. Una mañana de julio que no desperté, porque decir que desperté sería una falacia, ya que el frío no me había dejado ni un ápice de descanso, con los huesos helados y los dedos entumecidos, empecé a escribir. Así salió una escena donde un Sargento y un Teniente se pelean por ver Titanic en el VHS. Por fortuna, me topé con el taller de dramaturgia de Mariano Tenconi Blanco e Ignacio Bartolone. Con ellos al mando logré encauzar y dar forma a lo que hoy resulta ser el texto final. Sin ellos, quizá hubiese terminado tan perdido como Sobral.

La propuesta laboral de mis maestros hizo que le preste particular atención a la voz de cada personaje. Esto derivó que al momento de realizar la selección de intérpretes ya tenía en mente quién podría llegar a realizar cada personaje. Por ejemplo: mientras tipeaba los parlamentos del Teniente en mi cabeza, este mismo hablaba parecido a Eduardo Juncadella, quien hoy desempeña brillantemente las luces y sombras de ese papel.
Otro requisito importantísimo era contar con intérpretes que estén dispuestos a jugar y no tengo duda que los encontré. Necesitaba alguien con la soltura de Luciano Riccio para representar un Sargento Cordobés adicto al amor; la firmeza de Pilar Lucero para una ruda Cabo Salcedo y un compositor minucioso como Benjamín Marco para encarnar un geólogo norteamericano de luto.
La épica parecería el género más adecuado para definir las historias de aquellas personas que se animan a adentrarse en el continente blanco. Salvadas las distancias, concebir un proyecto artístico durante los tiempos de la peste tiene bastantes rasgos de la épica antártica.
“La espera. ¿Se conoce algo más mortificante que la espera? ¿Se conoce algún estado del espíritu peor que cuando no se sabe si sucederá o no alguna cosa? He pasado por esos instantes, bien largos, por cierto, pienso que son mucho peores, mucho más terribles que tener la certeza de que lo peor tendrá lugar” (José María Sobral).
“¿Cuándo estrenamos?”, “¿Dónde?“, ”¿Sigue abierto ese lugar?“, ”¿Cómo vamos a ensayar?“, ”¿Vendrá alguien a vernos?”. Son preguntas frecuentes en cualquier proyecto teatral, sólo que en aquel fatídico 2020 no podía existir la posibilidad de una respuesta.

Pasadas de letra frente a una pantalla, pasar una escena llena de besos con distancia social; ensayar en el jardín de uno de los actores, porque circula mejor el aire; barbijos puestos, olvidados, tirados y perdidos; escafandras, cancelar ensayos por tener “mucho moco”, espacios que cerraron o que no abrieron, períodos de ensayo que parecían aletargarse al infinito… En fin, todo aquel que haya querido hacer teatro sabe que de por sí no es una tarea fácil, agregarle a eso una pandemia sólo lo hizo más engorroso.
Pero como toda épica, es en el momento donde todo parece perdido que el héroe logra dar vuelta la partida. Si bien naufragamos, si bien sufrimos los avatares del clima, hoy tenemos refugio en El Patio de Actores, y es así como cada domingo nos lanzamos al ritual teatral para recrear y rellenar aquel huequito que ocupamos en la historia.
*La Conquista del Fin del Mundo se presenta en el Teatro El Patio de Actores, Lerma 568; CABA, los domingos a las 20.30 hs hasta el 24/07/2022. Entrada: $1.000
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