
Despedir a Ricardo Sabanes hace unos días con un oficio religioso en una iglesia metodista dice mucho de su historia personal pero también de su trayectoria editorial. Nieto e hijo de pastores protestantes, Ricardo fue un hombre de fe que se inició en el mundo de los libros en Ediciones La Aurora que es, en la Argentina, la editorial de varias congregaciones protestantes de origen europeo. Allí aprendió, como solía recordarlo, incluso saberes de los impresores ya que la editorial tenía imprenta.
Lo conocí en una segunda etapa de su vida profesional, hacia fines de los años setenta, cuando Ricardo era jefe de ventas de Alianza y yo me ocupaba de la promoción universitaria. A partir de allí, además de colegas, fuimos amigos.
Ya en los noventa, y casi durante una década, trabajamos juntos en Planeta, él como director editorial y yo como su gerente editorial. Lo describo de este modo porque si algo se conseguía al lado de Sabanes era aprender a ser editor. Tenía una visión muy amplia del mundo editorial.
Valoraba los contenidos y fue un verdadero impulsor de lo que él llamaba “editor activo”, es decir alguien que trabaja codo a codo con el autor para que el libro llegue al lector con su máximo potencial.
Tuvo la virtud de elegir y formar a profesionales de primer nivel para que lo acompañaran. No fue casualidad que en esa década pasaran por Planeta desde Juan Forn a Paula Pérez Alonso, Paula Pico Estrada, Julio Acosta, Alejandro Horowicz, Diego Mileo y, posteriormente, Alberto Díaz y Pablo Avelluto, entre tantos editores más.
Procuraba la calidad desde las cubiertas. Podía llegar a pedirle veinte pruebas a Mario Blanco, jefe de Arte de Planeta, antes de aprobar una tapa.
Le dio un lugar preponderante al marketing editorial, algo que podría tipificarlo como un mero editor comercial, pero que sin embargo fue la herramienta para generar cientos de proyectos de enorme calidad literaria. Podía imaginar colecciones como la Nueva Historia de la Argentina de la Academia Nacional de la Historia y, al mismo tiempo, publicar libros sobre Diego Maradona o una colección con chistes de gallegos. Cuando estuvo en Chile descubrió autores como Alberto Fuguet, entre otros. Para este gran editor el polo cultural y el polo comercial se diluían, porque en el mundo de los libros hay que saber navegar entre ambas orillas.
Podía intuir y percibir como pocos los cambios en los gustos de los lectores y tenía una capacidad especial para detectar dónde había un tema, un nuevo autor o un interés para generar libros.
Siempre informado, su escritorio desbordaba de revistas y libros de todo el mundo y trataba de participar en todas las ferias de libros posibles.
Alguna vez le pregunté qué era lo que más le gustaba del trabajo editorial. “Lo que más me gusta es todo el trabajo de publicación del libro”, me dijo. Ese trabajo con todo lo que significa un libro: encontrarlo, leerlo, seleccionarlo, contratarlo, diseñarlo, preparar el plan de marketing y comercialización, y hacer todo eso con la adrenalina de saber si tendrá éxito o no.
El mundo de los libros sentirá su ausencia.
Ricardo Sabanes fue un gran editor.
* Leandro de Sagastizábal es profesor de Historia UBA y editor.
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