
“Toda historia comienza con alguien que se va o con alguien que vuelve”, vislumbra el escritor Martín Caamaño casi en las primeras páginas de su nueva novela, Oslo, en la que narra los desencuentros, a lo largo de sus vidas, de los protagonistas, Anita y Oso, en un relato sobrevolado por la soledad de sus personajes, justo cuando aparece como un furor en la Argentina de mediados de los 2000 una nueva red social llamada Facebook, que además de reunir personas del pasado suprime toda posibilidad de desaparecer, de guardar un secreto o de olvidar.
Hace casi doce años que Caamaño viene amasando esta novela, incorporando detalles, reescribiendo la prosa de una historia que nació el día que alguien muy cercano al autor se enteró, por Facebook, que tenía una hija adolescente. “Me puse a imaginar qué le había pasado a esa gente hasta llegar a ese punto. Me interesaba ver las consecuencias de los cambios de esa tecnología, por aquel entonces incipiente, en las emociones y los vínculos humanos. Me acuerdo que por esa época se decía en joda ‘que Facebook no una lo que la vida se encargó de separar’. Esa podría ser una buena síntesis del germen de Oslo”, cuenta Caamaño, autor también de Pálido reflejo, en esta entrevista.
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Pero Oslo (Mansalva) también refiere a dos momentos disímiles de la Argentina, y habla de cómo en las familias muchas veces se repiten las mismas historias, sin saberlo, o ubica a la ciudad de Oslo como el lugar anhelado con el que fantasea uno de los personajes de la novela, en una nomenclatura que juguetea también con el apodo del protagonista, Oso, pero distorsionado.
“Hasta ahora pensé que Alan Pauls no tenía descendientes en la literatura argentina”, elogia en la contratapa del libro el poeta Fabián Casas, quien llama “latín blogger” a Martín Caamaño, escritor, guionista, traductor de portugués y guitarrista en la escena musical actual.
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—¿Cómo decidiste que la novela se llame Oslo?
—La ciudad tuvo muchos nombres antes de llamarse Oslo. Bueno, la novela también. En general me atraen los títulos con nombres de ciudades. Son como pasaportes. Oslo en la novela es una línea de fuga, un ideal, una potencia. Es como esa fiesta que siempre parece estar en otro lado. Pero no es para nada una novela sobre la ciudad. Creo que en la acción es más importante Río de Janeiro o Mar del Plata que Oslo. Por eso la tapa del libro es cero escandinava. Es una foto de una calle de Parque Chas que a su vez está llena de palmeras. La idea, con Pilar Condomí, que sacó la foto, era hacer algo medio Helio Oiticica y tropicalizar Oslo. Del título me gusta que esconde el nombre del protagonista (Oso) y a su vez su hija está encaprichada por conocer Oslo, pero lo que no sabe es que en realidad quiere conocer a su verdadero padre, del cual ni sospecha que existe. Es una pulsión ciega. La L de Oslo es la línea que separa no solo a un significante de otro sino también a un padre de su hija, y a su vez, como me hizo notar Iosi Havilio, es un anagrama de “solo”. Está todo condensado ahí.
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—¿Cuánto de vos tienen los personajes de la novela, como Anita, Oso o Manuela?
—Al comienzo la novela tenía una historia más, la del hijo de la mujer de Oso, que era algo así como un alter ego mío. Esa fue la parte que saqué a último momento porque me aburría y el personaje quedó reducido a una función: es el que escucha la historia y va armando el rompecabezas como puede, sumando cosas que imagina o suponiendo otras que no tiene cómo saber. Pienso que es el narrador secreto de la novela, que parece omnisciente pero no, trastabilla. Philip Dick dijo que él era todos los personajes de Una mirada en la oscuridad. Aunque lo que yo hago no tiene nada que ver con Dick, me identifico con esa idea. Todos los personajes de Oslo tienen algo mío: una obsesión, un recuerdo, un dolor, un atributo, una situación, algo. Es la ventaja de hacer ficción: la figura del autor no está obligada a estar tan expuesta y puede diseminarse por donde sea. Me gustan muchos libros mal catalogados como “literatura del yo” o “no ficción” pero escribiendo quiero pararme en la vereda opuesta. Ante esta crisis de la ficción que se da actualmente no solo en la literatura sino también en el cine y en el arte en general quiero exaltar lo imaginario, que es tan o más real que lo que llamamos realidad. Igual que algunos personajes de la novela, yo también uso la ficción para llevar adelante mi vida, porque si no me resulta insostenible.
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—La novela navega entre dos tiempos diferentes de Argentina. Además de la introducción de algunos objetos (como un cospel, el teléfono público naranja, o los australes), ¿qué otros elementos tuviste en cuenta a la hora de trasladar la acción de un tiempo a otro?
—Hay una sola coordenada temporal en toda la novela: mediados de los 80. A partir de ahí uno puede sacar cuentas de en qué momento está pasando cada cosa. En ese sentido el libro es poco complaciente. Yo traté de que sea cinematográfico, que esos elementos que vos decís los veas y te vayan ubicando en el tiempo. El otro tiempo, el presente de la historia, es más o menos fines de la primera década del 2000. Ahí es cuando estalla Facebook, que solo se nombra una vez y para señalar lo del Deadbook, una función inventada, que la red social no tiene. El otro elemento que señala ese pasado reciente son los primeros celulares con tapita y sus sms. Lo que quería es empezar a pensar internet y los celulares como algo ya viejo, del pasado. Todo avanza tan rápido que Facebook hoy está más cerca de Entel que de Tik Tok.
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—En una parte, uno de los personajes, Günter, cuenta que se casa por miedo a la soledad. ¿Ese sentimiento acompaña a todos los personajes?
—Un amigo dice que los escritores que hablan de sus personajes como si existieran le parecen unos megalómanos. Aun así, voy a tratar de contestar. Mi abuelo una vez me dijo algo parecido a lo que dice Günter y yo se lo puse al personaje porque me impactó. Digamos que demostraba hasta qué punto mi existencia, y todo un árbol genealógico, dependieron de un estado de ánimo, de una debilidad. La identidad y la repetición son dos temas de la novela. ¿Quiénes somos, lo que heredamos o lo que elegimos ser? Hay una tensión entre lo natural y lo artificial. Por eso puse ese epígrafe de Clarice Lispector de sustituir el destino por la probabilidad. Pero bueno, lo trágico es que muchas veces por querer escapar de nuestro destino lo terminamos cumpliendo. Eso, que viene de Sófocles, está también al final de Pálido reflejo. Para no repetir la historia repetimos la historia. Y es lo que le pasa a muchos personajes. En todo caso, Günter es el único consciente de ese sentimiento. Tal vez haya que alcanzar cierta edad para permitirse algunas confesiones.
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Fuente: Télam.
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