
La pregunta que indaga sobre la ficción es una de las más complejas de responder, porque la ficción usa a la mentira como vehículo de la verdad. ¿Cómo explicar, entonces, la relación entre invención y realidad? Tal vez, las novelas de Almudena Grandes sean un gran ejemplo para hacerlo. Con la descomunal serie de novelas de “Episodios de una Guerra Interminable”, Almudena creó personajes únicos con los que logro mantener la memoria en presente y se ocupó de que nadie la falseara. Si el escritor, entonces, es aquel que miente para preservar la verdad, Almudena fue una magnífica mentirosa.
Almudena Grandes entendía a la literatura como un acto de rebeldía y libertad. Se notaba la predilección por la incomodidad y el desafío en la lectura y el pensamiento. Otros escritores ocupan el mismo estante que ella —para mencionar algunos: Rosa Montero, Javier Cercas, Pérez Reverte, Antonio Muñoz Molina, Fernando Aramburu—, pero Almudena es irremplazable. No se puede entender España sin sus libros; podría decirse incluso que sus libros hicieron a España.
Las edades de Lulú es el primer hito de Almudena. Había publicado antes algunos relatos, pero esta novela de 1989 —que al año siguiente se hizo película y yo tengo el recuerdo, probablemente falso, de haberla visto en el mítico programa “Función privada”— la volvió una escritora global. Su presentación fue nada menos que con una novela erótica en la que aparecía una compleja escena de abuso sexual entre hermanos.

A ese libro le siguieron otros no menos incómodos: Te llamaré Viernes, una heterodoxa historia de amor de dos náufragos en una Madrid tan poblada y sin embargo tan vacía; El corazón helado, que marca un cambio en su narrativa y comienza a mirar los despojos de la Guerra Civil; Los besos en el pan, que parece salida del neorrealismo italiano. Es indudable que los Episodios de una Guerra Interminable, con novelas como Inés y la alegría, Las tres bodas de Manolita y Los pacientes del doctor García, marcaron un antes y un después, no solo en su forma de escribir, sino en la manera de entender la guerra y el franquismo.
“Para quedar bien”, me dijo en una entrevista durante la rueda de presentación de Los pacientes del doctor García, la que sería su penúltima novela, “lo mejor es decir que los dos bandos fueron iguales, que todos hicieron cosas horribles, que todo fue un desastre, que ninguno tenía la razón. ¡Me niego a escribir novelas así! Yo no soy neutral, en ninguna parte está escrito que un novelista tenga que ser neutral. Y además creo que la objetividad es un mito”.

Con un interés desbordante por comprender al otro —no justificarlo: comprenderlo; lo que, en última instancia no es sino una forma de reconocerlo—, Almudena reúne en esa novela a personajes con ideas opuestas que encuentran un punto de contacto en la desesperación y la angustia ante la violencia y la muerte. Hay en ese libro una frase que condensa buena parte de la literatura de esta escritora madrileña. Es cuando un espía nacionalista le dice al médico republicano que le salvó la vida: “Esto parece una partida de ajedrez. Lo digo porque en las aperturas, los malos jugadores nunca saben qué hacer con los peones”.
Entre los grandes atributos que se pueden destacar de Almudena Grandes está, sin duda, el de haberse ocupado de darles voz a los peones.
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