
La periodista y editora Dolores Gil confiesa que su primer libro, Parte de la felicidad (Vinilo), está dedicado a recuperar y a retomar una conversación con su hermana Manuela, quien murió en un accidente doméstico cuando tenía solo seis años: “Tuve que sacar al elefante de la habitación y hablar de este tema ineludible de mi historia. No era sincero arrancar por otro lado”.
“Un domingo de septiembre de 1992, el día antes de la primavera, la enredadera que cubría gran parte del jardín de la casa de Cucha Cucha se prendió fuego mientras mi padre hacía un asado. Tenía once años y no sabía nada sobre el dolor. Esa única chispa desencadenó un torbellino trágico, un abismo por donde se escurrió la vida tal como la conocía hasta el momento”, reconstruye la autora en las primeras líneas de un libro que, a pesar de tratar con el dolor como materia primera, esquiva los lugares comunes y los golpes bajos y permite, en cada resquicio, que entre la luz.
La autora nació en 1981, es licenciada en Letras, trabajó como docente de Literatura y Lenguas Clásicas y escribió en la Revista Ñ de Clarín, Moda y Belleza de La Nación, en la edición argentina de Harper’s Bazaar y en Elle.
“La infancia es apretar los dientes y seguir”, define en una cita del libro Infancia de J.M. Coetzee que condensa lo difícil que resulta desmitificar los primeros años de una biografía. “La infancia no es un paraíso perdido y a veces ser niño es difícil, muy cruel”, asume durante la charla.

—En Parte de la felicidad das cuenta de la necesidad repentina que sentiste de escribir el libro. ¿Cómo surgió este impulso?
—En realidad, más que sentir la necesidad de escribir el libro, sentí la necesidad de escribir sobre ese episodio. El libro nació a partir del encargo de Johana D´Alessio, de Vinilo, que estaba buscando material para lanzar el sello. Instantáneamente pensé que si no escribía sobre esto, no podía escribir sobre nada más. Y fue raro lo que pasó: creo que tanto Johana como otros lectores esperaban que yo contara mi tratamiento contra el cáncer, pero no podía hacer eso porque todavía estoy muy pegada a esa situación, la siento muy cerca.
Empecé con poco. Tenía un relato breve, una especie de cuento, sobre el episodio de la muerte de mi hermana que había escrito hace muchos años y además, una especie de diario sobre la pérdida de mis embarazos. Y ahí recordé algo que me había dicho una amiga cuando yo estaba tan tomada por esta dificultad para quedar embarazada: “¿No te das cuenta de que todo esto es por lo de Manuela?”. Y ahí empezaron a encajar las fichas, encontré un hilo conductor. También tenía cierto interés por escribir sobre el puerperio y, si bien este libro no lo aborda directamente, me permití algunas reflexiones y escenas.
—¿Y cómo lograste, desde lo literario, entablar ese vínculo entre la muerte de tu hermana y la pérdida de los embarazos?
—Tuve una primera revelación durante una hemorragia que tuve al perder un embarazo y el desmayo que siguió: aquella vez me di cuenta de qué implicaba sangrar y morir así. No es, en verdad, una muerte tan horrible. Sentí que el mundo se apagaba, que tenía un sueño ineludible y ese registro me alivió. Es decir, el cuerpo me marcó esa sintonía. Durante muchos años, la forma en la que fue el accidente de Manuela me dio mucha angustia y esta revelación creo que me calmó. Y después, la bomba del nacimiento de mi hijo y del puerperio me enfrentaron con algo muy primitivo y extraño, con miedos y cierta hostilidad del mundo exterior.
—Contás que, en determinado momento, sentiste que la muerte de tu hermana te reclamaba algo. ¿En qué medida Parte de la felicidad es un acto?
—Lógicamente, escribir el libro me llevó a pensar varias cosas alrededor del duelo, pero no creo que sea el tema que lo atraviesa. Más bien, es un acto de reparación con mi hermana. Durante muchos años, su historia y su voz estuvieron ausentes en la vida familiar y, años después, lo entiendo: fue la forma que encontramos de sobrevivir. Si se habla del horror de forma permanente, no se puede seguir. Pero a mí esa ausencia siempre me dio mucha culpa. Entonces, emprendí el camino contrario: con muchísimo esfuerzo, me propuse recuperar su voz. Cada frase que tipeaba me costaba muchísimo esfuerzo, tenía la sensación de estar exprimiéndome porque los recuerdos que tengo son pocos y muy velados, como pantallazos. Siento que eso explica por qué el libro es breve, condensado y un poco vertiginoso. Más allá de que este libro esté articulado alrededor del material autobiográfico, el trabajo literario fue armar un relato con esos retazos, hilvanar. Tomé la decisión de no preguntar nada, de abandonar cualquier impulso periodístico para usar solo el material de mis recuerdos.
—¿Qué libros te acompañaron durante el proceso de escritura?
—Era muy fácil, con aquello que tenía para contar, caer en el golpe bajo. Tuve algunas lecturas paralelas y de compañía que estuvieron muy presentes. En El año del pensamiento mágico, de Joan Didion, descubrí una maestra en el arte de narrar lo íntimo sin caer en la autoconmiseración. También recuerdo que cuando leí Pequeñas labores, de Rivka Galchen se lo pasé a Mauro Libertella, con quien además de ser muy amigos nos traficamos lecturas porque tenemos un gusto similar, y él me dijo: “Vos tenés que escribir algo así”. En Crónica de mi familia, de Vasco Pratolini, encontré una referencia ineludible para abordar la figura del hermano. También me acompañaron El nervio óptico, de María Gainza, Los Argonautas, de Maggie Nelson, Monogamia, de Adam Philips, Cuadernos de Lengua y Literatura, de Mario Ortiz y La invención de la soledad, de Paul Auster.
—¿Y cómo llegaste al proceso de escritura?
—En trance. La primera versión la escribí en un mes y con un narrador en segunda persona que me permitió contar cosas que yo sentía muy pesadas en primera persona. Pero después, durante la edición con Johana y Mauro, decidimos probar una versión en primera persona. Así que trabajé en ese pasaje, aparecieron nuevas escenas y ahí sentí que se me ablandaba un poco más la mano. Sentí que la primera persona era más honesta porque me evitaba hacer un firulete literario solo a los fines de esconderme.
—Literatura del yo, giro autobiográfico, autoficción… ¿Qué cuestiones te interesó transitar y cuáles no?
—Me interesa muchísimo el género, me gusta leer cómo determinadas voces interpretan el mundo. Y de hecho, me está costando muchísimo leer ficción. Tal vez alguien podría interpretar que es un signo de los tiempos...Y dentro de ese interés, en los formatos híbridos hay mucho por descubrir. También creo que las escritoras mujeres tenemos más acceso a la sensibilidad del cuerpo, de la maternidad, y que son temas que vale la pena abordar, mundos que hay que recuperar. No hay que pedir permiso para pasar. Lo íntimo y lo doméstico iluminan algo más universal.
—¿La escritura te permitió, finalmente, reencontrarte con su voz?
-—Más bien, me permitió recuperar su existencia y darle un lugar. El silencio que hubo durante años en mi familia implicó una especie de borramiento y yo necesitaba que hubiera testimonio de su paso por el mundo. Hay una frase del escritor James Salter que me gusta mucho: “Llega un momento en el que te das cuenta de que todo es un sueño, y solo las cosas conservadas por escrito tienen alguna posibilidad de ser reales”.
Fuente: Télam.
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