
Inés Garland escribe desde chica, pero públicamente lo hace desde que es adulta. Y le fue bien. Tanto que su primer libro destinado para el público juvenil, Piedra, papel o tijera, de 2009, en 2014 recibió el Deutscher Jugendliteraturpreis, el premio alemán más importante de la literatura juvenil. Y siguió escribiendo y cosechando premios.
En el transcurso de su carrera, escribió novelas para adultos, cuentos para adultos y niños, y se dedicó al periodismo cultural y a la traducción de autoras de la talla de Lorrie Moore y Sharon Olds. Además, dicta talleres de escritura. Sus libros fueron traducidos al alemán, al francés, al holandés y al italiano, entre otros. Su trabajo como traductora le permitió obtener en 2018 la beca Looren para traductores.
Obtuvo el segundo premio del Fondo Nacional de las Artes en 2004, cuando su carrera despegaba, y a partir de ese momento, a la par de la escritura, continuó sumando premios. Su cuento “Los dulces sueños están hechos de esto” fue premiado en el Concurso Iberoamericano de Cuentos de la Fundación Avon en el año 2006; y su novela para niños Lilo obtuvo el Premio de Literatura Infantil Ala Delta 2019, que a su vez fue incluido en la lista White Ravens de 2020 y destacado por la Fundación Cuatrogatos en 2021. Durante ese mismo año, recibió el Premio Alandar de Literatura Juvenil 2021 por su novela De la boca de un león.
—¿Cómo se construye la identidad lectora?
—No sé si tengo recetas para responder a esta pregunta, la pasión por los libros aparece de maneras diferentes. Muchas veces las ganas de leer aparecen por imitación, los niños son imitadores excelsos. El amor por los libros es contagioso, pero además hay que saber descubrir qué puede interesarle a un niño o a un adolescente en particular. En Como una novela, de Pennac, aparece un decálogo del lector que me parece brillante. Él tuvo un profesor que les leía en voz alta, y en la parte más álgida cerraba el libro y se lo guardaba en el bolsillo enorme de su gabán. Los tenía en vilo. Leer en voz alta es una de las estrategias más irresistibles, pero es la pasión del que lee lo que se contagia, los niños — y los adolescentes aún mas— perciben esa pasión y, como nos pasa a todos frente a la vibración del amor, se les despierta el interés.

—¿Cree que un libro podría despertar el interés por leer?
—Por supuesto. El asunto es qué libro. El gusto no es universal. Descubrir un libro que atrapará a un lector determinado es un desafío maravilloso. No hay que tener prejuicios: cómics, novelas que no nos parezcan tan buenas, todo vale al principio, después la lectura misma tiene su camino de desarrollo.
—De un hogar sin madre ni padre ni familiares lectores ¿puede surgir un ávido lector?
—Sí, claro. Tenía dos amigos italianos, sus padres, inmigrantes albaneses, no leían; mis amigos desarrollaron tal avidez por los libros que recorrían las calles del pueblo en el que vivían tocando las puertas de las casas para que alguien les prestara alguno. Cuando me lo contaron pensé en los que, teniendo la posibilidad de leer, no le encuentran la gracia, y me dio pena.

—¿Qué es ser mediador de lectura? ¿Es algo ligado a la educación?
—Creo que para ser mediador de lectura lo primero es la pasión por los libros. Como dije antes, eso es lo que contagia. Si hemos tenido suerte, todos los que fuimos a la escuela tuvimos algún profesor que amara su materia. Me acuerdo de cada uno de ellos. La educación está ligada al amor, a la autoridad amorosa. Sé que es difícil, y estoy segura de que los caminos son muy diferentes en cada caso, pero el denominador común, diría, es ese.
—¿Recuerda su primer encuentro con libros?
—Mi abuela tenía una colección de clásicos para niños de la editorial Bruguera. Antes que leerlos, fueron las ilustraciones las que me atraparon. La imagen de Perseo con su casco, su escudo y sus sandalias con alitas a punto de salvar a Andrómeda, que se debatía encadenada a una roca mientras a lo lejos avanzaba por el mar el monstruo que la venía a devorar, ejercía una fascinación que inspiró muchas de las historias que imaginaba con la mirada perdida en el techo de mi cuarto. Mi padre me trajo La sirenita de Andersen, otro libro que me marcó para siempre. En la tapa había un holograma metido en un recuadro de plástico con pequeñas canaletas. Todavía puedo sentir el tacto de esa superficie donde se movían las algas, los peces y la sirena que terminaba convertida en espuma. Más tarde me enamoré de Sandokán y abordé barcos ingleses con sus Tigres de Mompracem. Podría seguir enumerando los libros de mi infancia. Yo los ampliaba en mi mente, me los seguía contando, me metía en ellos como personaje. He visto, más tarde en la vida, a niños que amé con esa misma mirada perdida de estar entre este mundo y los mundos que proponen los libros. Reconozco la expresión de los soñadores, esos a los que una sola vida no les alcanza y buscan otras en los libros.
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