
El año pasado tuve COVID. Había salido de la provincia con un permiso especial por razones de fuerza mayor y cuando volví tuve que hacer cuarentena en un hotel dedicado a eso, a 200 km de donde vivo. Al segundo día empecé con síntomas y supe que me había contagiado. Me tocó tener todo: agotamiento, fiebre, pérdida sensorial, dolores. Fue bastante fuerte. Durante algunos días, los más sintomáticos, cuando todavía no sabía cuál sería mi evolución, me asusté. Sobre todo al tener baja saturación. Pasé algunas noches bravas, con cansancio e insomnio entreverados, con frío y calor a la vez, con miedo y ansiedad. Creo que lo más adverso, lo que hoy al recordar me genera angustia, fue haberlo pasado solo, aislado y lejos de los míos.
Como en mi caso, esa escena se repitió de a millones, en todo el planeta, durante mucho tiempo. Y ahora que parece que nos estamos asomando a la postpandemia, como secuela surge otra epidemia, la de los trastornos de ansiedad generalizada.
El sustrato neurobiológico de la ansiedad no tiene un único asiento en el cerebro, sino que proviene de un interjuego de estructuras diferentes, la mayoría de las cuales está incluida en el llamado sistema límbico. Para simplificarlo, podemos decir que en el extremo de las estructuras activadas en situaciones de ansiedad está la amígdala cerebral, un complejo de núcleos con forma de almendra, ubicado en cada lóbulo temporal. La amígdala se activa ante la percepción de algún complejo sensorial que sea leído como situación potencialmente adversa, desde un estruendo cerca nuestro, una mala noticia en la tele o una expresión facial de furia en alguien cerca. En el otro extremo están las funciones de la corteza prefrontal que intervienen en la regulación de la emociones, poniéndoles freno a las alarmas que activa la amígdala, cuando los peligros ya pasaron o al corroborar que no existían. En particular, ha podido observarse que una parte específica, la corteza orbitofrontal, está activada en los estados de serenidad. De ese modo, a grandes rasgos, podríamos imaginar la regulación emocional como un sube y baja, que tiene en un extremo a la amígdala y en el otro tiene a la corteza orbitofrontal. En los estados de ansiedad está muy activada la amígdala y poco activa la corteza orbitofrontal y en la serenidad, pasa lo contrario.
Hablamos de trastorno de ansiedad cuando persiste una activación exagerada de las alarmas, que no cede cuando la situación adversa terminó o cuando no ha podido corroborarse. Esto puede ocurrir cuando una amenaza se sostiene durante mucho tiempo, o también ante un evento traumático único, de proporciones inconcebibles para uno mismo. Así, con la guardia en alto, el consumo de recursos cognitivos y físicos aumenta, y con el tiempo pueden aparecer problemas para la salud. Actualmente sabemos que un trastorno de ansiedad sin freno, a la larga, se relaciona con un riesgo elevado de tener ciertas enfermedades, como problemas cardiovasculares, disfunciones inmunológicas o deterioro cognitivo.

Como analogía podemos usar el fenómeno de la inflamación. Ante un traumatismo físico, como un golpe, se activa un proceso inflamatorio como medida inicial de reparación. Pero el exceso de inflamación, sin contención, resulta destructivo. Cuando eso pasa, una medida efectiva es enfriar la zona con medios físicos, como hielo o geles refrigerantes, para atenuar esa inflamación y darle contención al fenómeno. Del mismo modo, cuando tenemos ansiedad, cuando nuestro cerebro persiste con sus mecanismos de defensa excesivamente activados, el fenómeno desproporcionado puede resultar dañino. Porque una alarma excesiva, inexacta, es muy costosa. Sería como una ambulancia en clave roja con las sirenas encendidas, cruzando una ciudad a 100 kilómetros por hora, sin que nadie la hubiera llamado.
Ahora, ¿cuáles son las medidas que atenúan las alarmas encendidas desproporcionadamente? ¿Qué contrarregulación podemos hacerle? ¿Qué bolsa con hielo aplicar para enfriar nuestras ansiedades?
La regulación de nuestras emociones se consigue de dos maneras. O uno con uno mismo, o uno con otro. En el primer caso, se trata de esas cosas que hacemos todos los días para pacificar nuestro ánimo. Una pausa para tomar unos mates, cuidar unas plantas, preparar una comida especial, escuchar música son tendencias espontáneas a contrabalancear el sube y baja, en favor de la serenidad.
En el segundo, se trata de uno de los más virtuosos instintos humanos, que es el fenómeno de la ayuda. Si los estímulos que activan nuestra ansiedad fueran convexos, la ayuda, el estímulo que la seda, sería cóncavo.
Durante mi aislamiento, en el hotel, después de varios días de no ver a nadie, cursando el COVID solo y aislado, me trasladaron a otro lugar, preparado para casos positivos. Me llamaron al teléfono de la habitación y me dieron instrucciones. Tenía que salir con mi equipaje, recorrer un pasillo hasta la puerta de emergencias que estaría abierta y salir a un sendero en el jardín. Debía caminar por ahí hasta las cocheras, cargar el equipaje y subirme a mi auto. Un patrullero de policía me escoltaría a mi nuevo destino. El tramo por el pasillo, con una mochila y una valija, terminó con mi energía. En la salida de emergencias, un empleado del hotel envuelto en un traje sanitario blanco me señaló el camino, desde lejos. Cuando salí al jardín, tuve que bajar las cosas al pasto para descansar el peso y recuperar el aliento. Volví a caminar agotado y angustiado, con dirección a las cocheras, dudando si podría llegar o no. A mitad del trayecto, sin aire, escuché que me gritaban desde lejos: “¡Flaco!”. Bajé las cosas y me di vuelta. Quise decir qué, o algo, pero no salió nada. Me limité a una mueca como interrogante. “Que te recuperes pronto”, me gritó el empleado. Levanté un puño con el pulgar arriba, conmovido, y con la energía recuperada para llegar al auto. El estímulo cóncavo, complaciente, que es la solidaridad, es fuente primaria de pacificación.

Pero existe un dominio mixto, que es individual y social. Que es de uno con uno, y de uno con otros, que es el universo de las expresiones artísticas. Desde este punto de vista, todo el arte es arteterapia, para uno y para otros. Y dentro del arte —y en particular—, lo es la escritura. De algún misterioso modo, el desdoblamiento que acontece durante la escritura permite que sentimientos destinados a otros puedan volverse hacia uno mismo.
En la epidemia de trastornos de ansiedad y de labilidad emocional que cursamos actualmente, la escritura, la poesía, la literatura se reconocen como corrientes trashumantes de pacificación. Por eso, su ejercicio y consumo se multiplicaron. En esos días en los que estuve aislado, varias voces amigas me recomendaron que escriba, y eso hice. Escribir para aliviarme, escribir para sobrevivir.
En estos últimos tiempos surgieron papers científicos que miden el poder antiansiedad de algunos libros, de ciertas películas y hasta de algunas galerías de arte. Ha podido medirse un descenso en las escalas de percepción subjetiva de ansiedad en individuos que se dedicaron a una disciplina artística, tanto como en aquellos que pasaron tiempo consumiendo el arte de otros. En los dos casos se constata una reducción en los índices de ansiedad.

Dice Borges que “el hecho estético es la inminencia de una revelación que no se produce”. Usando la analogía como parámetro, podríamos decir que la ansiedad sería la inminencia de una amenaza que no se produce.
Así, la ansiedad instala la conciencia de estar en el polo opuesto del hecho estético, alejados de una revelación eventual, de la poesía, con noción de falta, con anhelo de belleza. De ahí que puede resultar también en un motor creativo, como una pulsión por abandonar ese polo antiestético, por escapar de las sombras. Y más o menos por allí, por el medio, en alguna parte entre dos polos que nunca se alcanzan, ni el de la revelación ni el de la amenaza, la literatura, la poesía, aparecen como el testimonio del oficio pacificador de otros. Y también, como el empecinamiento resiliente de una solidaridad con uno mismo.
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