
La antiquísima tradición de los bufones tuvo como último paladín a un italiano de apellido monosílabo nacido hace ahora cien años: Dario Fo, el comediante que con su verborrea, su teatro y un lenguaje propio fustigó al poder terreno y celestial hasta conquistar el Nobel... para disgusto de algunos.
El primer centenario del famoso dramaturgo se celebrará a lo largo de todo este 2026 con un enorme programa ideado por su fundación, en colaboración con el Ministerio de Cultura, con exposiciones, nuevas producciones y hasta un sello postal que será desvelado el martes.
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Pero la idea también es llevar los festejos al extranjero mediante la iniciativa Cien años para cien países. “Ya hemos organizado más de 200 funciones en 80 países, también en España”, adelanta la presidenta de la Fundación Fo Rame y nieta del celebrado, Mattea Fo.
Todo para recordar al más sarcástico de los seis italianos con el Nobel de Literatura, al padre del teatro irreverente, punzante verbo contra los desmanes del poder, al rapsoda de la paradoja y la risa.
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De la resistencia al teatro
El autor nació el 24 de marzo de 1926 en un pueblo a orillas del Lago Mayor, Sangiano (norte), en el seno de una familia socialista que militó en la resistencia al régimen fascista.
Su juventud transcurrió en la gran ciudad, Milán, donde empezó a estudiar arquitectura, aunque su camino no sería el de los planos. Un primer trabajo como escenógrafo teatral estimularía su asombrosa capacidad de fabulación y lo arrojaría a los brazos del público.
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Así empezaba una larguísima carrera en la que Dario Fo, iluminado por aquellos bufones medievales que escupían la verdad ante cualquier rey, utilizó el teatro para poner en evidencia todo tipo de doctrina y denunciar las injusticias de su tiempo.
Burlas y compromiso político
Su obra más recordada sigue siendo Mistero Buffo (1969), una serie de monólogos sobre el Evangelio recitada en grammelot, una lengua inventada y onomatopéyica.
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Luego llegaría Morte accidentale di un anarchico (1970), pieza clave de su arte profundamente político en la que denunciaba, con su perenne tono cómico, la “caída” mortal de un anarquista -Giuseppe Pinelli- desde la ventana de una comisaría milanesa.
A su lado siempre tuvo a la actriz Franca Rame, con quien se casó en 1954 y tuvo un hijo, Jacopo. Ambos formarían una fecunda pareja pública y artística consagrada a la denuncia social, siempre en el centro de los ataques, las amenazas y los pulsos con los censores.
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En 1973, Rame fue secuestrada y violada por unos neofascistas. Fiel a su estilo, aquel trauma acabaría convertido en un monólogo retransmitido para la posteridad por televisión.
El último juglar
Fo disparó sus sátiras a diestro y siniestro contra un sistema político que en los noventa se deshacía en la corrupción, intentando siempre pellizcar la conciencia ciudadana.
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El público reía con aquel juglar que comentaba por televisión las grandes obras de arte italianas, humanizándolas, o que se pitorreaba de profetas, papas, mesías y de todo aquel que osara dictar la moral humana. “La carcajada es sagrada”, solía reivindicar.
Sus ácidos monólogos también irritaban al sistema político patrio, dirigidos desde al Partido Comunista -pese a su militancia de izquierdas- hasta al hombre más poderoso del momento, Silvio Berlusconi.
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No es de extrañar que, cuando tras la crisis económica del 2008 se creó el Movimiento 5 Estrellas, que preconizaba la ‘antipolítica’ del descontento, Dario Fo se subiera a su carro, respaldándolo.
Un Nobel a la conciencia
El culmen de su trayectoria llegó en 1997, cuando obtuvo el Nobel de Literatura por su inabarcable influencia y porque, siguiendo la tradición de los comediantes, “fustigó al poder y restauró la dignidad de los humildes” con sus textos y espectáculos.
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“Su influencia ha sido enorme. La mezcla de risa y seriedad es su instrumento para despertar las conciencias sobre los abusos y las injusticias de la vida social”, reconocían los académicos.
Dario Fo falleció el 13 de octubre de 2016 con 90 años, tres años después de perder a su inseparable esposa.
El Nobel de los bufones, ateo convencido, dejaba como último libro una reflexión sobre Dios, asumiendo que, a fin de cuentas, puede que acabara sorprendiéndose ante la existencia de un Más Allá que siempre había negado. Quién sabe qué se encontraría.
Fuente: EFE.
Fotos: AP y AFP, archivo.
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