
Artista visual e ícono queer, la finlandesa Tove Jansson (1914-2001) iluminó centenares de infancias con Los Mumin –la saga de trolls escandinavos que fue traducida a más de 50 lenguas– y reaparece ahora en la Argentina a través de La verdad increíble, El libro del verano y la inminente Fair Play, una tríada de novelas que capturan por su catálogo de personajes huraños o indolentes que se camuflan con el gélido paisaje del norte escandinavo y desatan lecturas sobre la condición maleable de la verdad o la rigidez de las estructuras religiosas del protestantismo.
Para descubrir el desencanto o la soledad que se acumula detrás de una trayectoria resonante no siempre hace falta hurgar en biografías o archivos periodísticos. La ficción funciona en muchos casos como un espacio maleable para alojar vocaciones frustradas o ajustar cuentas con el pasado, a veces a partir de procedimientos sutiles como el que pone en juego Tove Jansson, a quien es difícil no asociar con el personaje de Anna en La verdad increíble, una famosa ilustradora de libros infantiles que vive recluida en una pequeña isla para preservar algo de la naturaleza indómita que el éxito pretende disciplinar con contratos cuantiosos y buenos modales.
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En esta historia, que se publicó hace unos meses en la Argentina, la autora parece escurrir algunas de las contradicciones que le dejó su fama como autora de historias para niños, tan avasallante por momentos que, como su alter ego en la novela, se apartó para manejar el asedio de editores y lectores a la distancia, así como se resignó a que su reconocimiento no vendría por el lado de una impactante obra artística sino por sus aportes al imaginario infantil.

Jansson fue una mujer adelantada a su tiempo. Nacida en 1914 en Helsinki, hija de artistas, suecoparlantes –una minoría en Finlandia–, se crio en una casa en la que su padre, escultor, y su madre, diseñadora gráfica, montaban fiestas constantes y no se sometían a ninguna regla social. De ahí que ella pronto escribiera en su diario: “Quiero ser una salvaje, no una artista”.
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La creatividad era la norma en el espacio doméstico de esta familia, que pasaba los veranos en el archipiélago de Pellinki, donde pintaba, cortaba madera, esculpía y construía refugios. Años más tarde, en la isla de Klovharu la autora recreó esa sensación de libertad de su niñez: allí montó una cabaña y junto a su compañera, la artista gráfica finlandesa Tuulikki Pietilä, pasó largas temporadas en un terreno dominado por tormentas y ventarrones interminables.
En pleno despegue de su vocación artística, el campo de la ilustración se transformó en una ocupación arrolladora a partir de su saga Los Mumin, una comunidad de cándidos hipopótamos blancos que surgieron como un recreo fugaz al escenario sórdido y sin rumbo que imponía la Segunda Guerra Mundial. Pero la persistencia del fenómeno desbordó el período bélico y la serie infantil alternó entre distintos formatos hasta convertir a Tove en la autora finlandesa más leída, merecedora de distinciones como el premio Hans Christian Andersen –el Nobel infantil– por el conjunto de su obra y el Gran Premio de la Academia Sueca.
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La fulgurante labor como caricaturista e ilustradora no solo sombreó los deseos de sobresalir como artista visual: también escamoteó la fuerza del universo narrativo difundido tardíamente en algunos de los países donde Los Mumin se perpetuaron por generaciones a través libros, historietas, películas animadas y todo tipo de merchandising. En la Argentina, por caso, esa tarea de hallazgo y rescate corrió por cuenta del sello independiente Compañía Naviera Ilimitada, que hace dos años encaró la apuesta de dar a conocer la obra literaria de la escritora a partir del lanzamiento de una trilogía que entregará su último eslabón en diciembre próximo.

El punto de partida fue la publicación de El libro del verano, un libro que narra el atípico vínculo entre una abuela y su nieta durante la estación más cálida del paisaje finlandés. Una relación que escapa a los estereotipos melosos de este tipo de parentesco: no hay sobreprotección ni excesivo cariño, y la constatación de que transitan extremos opuestos de la vida –una crece mientras la otra declina– las funde de un extraño modo.
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La visceralidad de la relación se filtra en los intercambios más azarosos, como cuando ambas nadan y mientras la abuela descubre que ha perdido su dentadura la nena pregunta cuándo morirá, a lo que la mujer contesta: “Pronto. Pero no es asunto tuyo”. El resto de los intercambios fluye en una secuencia sin cronologías precisas que pone en foco la presencia impactante de la naturaleza a través de descripciones o apuntes sobre el mar, los animales o la luz.
¿Cómo fue la trastienda que permitió empezar a desovillar esta obra que para otros mapas editoriales es todavía un hallazgo pendiente? “En 2017, estábamos trabajando en los preparativos de la editorial, aún no habíamos publicado ningún libro, cuando escuchamos el nombre de Tove Jansson por primera vez”, cuenta Andrés Beláustegui, editor de Compañía Naviera Ilimitada.
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“Leímos El libro del verano. Buscamos y leímos en inglés el resto de sus libros. No podíamos creer que una autora de semejante calidad hubiera pasado desapercibida tanto tiempo. Solo explicable, quizá, por su monumental éxito como ilustradora y autora de libros infantiles. Aunque ni así. ¡Queríamos contratar todo! Obviamente no podíamos tanto. Nos costó mucho resignarnos a nuestras posibilidades. Sabíamos que no es habitual encontrar un autor tan bueno, con tanta obra y que apenas haya sido traducida”, apunta.

El plus del plan de rescate que lleva adelante el sello fundado por Beláustegui y Claudia Arce es que incluyó una traducción autóctona a cargo del escritor Christian Kupchik, con saberes acreditados en la lengua sueca: vivió quince años en Suecia, donde estudió filología nórdica en la Universidad de Estocolmo, y sigue en contacto con esa cultura no solo a través de su pasión por toda la literatura escandinava –muy en particular su poesía– sino también por sus dos hijos mayores, que residen allí.
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“Toda la obra de Tove Jansson me resulta subyugante, por la crudeza con la que interviene en la psicología de los personajes. Son mundos plenos de matices, donde nada termina por ser lo que parece, con una intensidad dramática y una plasticidad singular”, dice.
Kupchik indica que el proceso de traducción fue fascinante, en más de un sentido. “El trabajo de Tove con la lengua es excepcional: sabe cómo definir situaciones apenas con un adjetivo o incluso, un silencio –acota el escritor–. Por momentos resultó todo un desafío tomar elecciones a la hora de trasladar al castellano una descripción, en particular aplicada a la naturaleza: basta con pensar que los finlandeses tienen más de veinte formas para definir cómo cae la nieve y su estado. En sueco no es igual, pero los matices y las formas prevalecen –en particular todo lo que se relaciona con el mundo náutico, las orografías, las percepciones de lo natural, la intensidad de las tormentas, etc.–”.
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Hace unos meses, el sello lanzó el segundo libro de Jansson, La verdad increíble, una historia ambientada bajo el paralizante frío nórdico que utiliza el contrapunto entre dos mujeres de temperamento opuesto –Anna, la amable ilustradora de libros infantiles, y Katri, una mujer indolente y antisociable que debe mantener a su hermano menor– para instalar algunas reflexiones en torno a la verdad como una construcción, un relato adulterado que alguien pone en marcha para colonizar los territorios -mentales y geográficos- de otro.

¿Qué lugar ocupan estas derivas sobre la relación entre verdad y ficción en el pensamiento de Tove? El texto data de hace más de una década pero el planteo es de una vigencia incuestionable en muchos de los libros que se han publicado recientemente. “Lo que la autora pone de relieve aquí no solo es la condición maleable de la verdad, sino el criterio de doble moral que actúa, determina y limita las conductas en estas sociedades. Algo que estuvo presente a lo largo de toda su producción, comenzando por la simpática familia de los Mumis –aun cuando estaba dirigida a niños– y que se extendió a su obra narrativa. La matriz de ello hay que buscarlas en la rigidez de las estructuras religiosas del protestantismo”, indica Kupchik.
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Tanto en El libro del verano como en La verdad increíble, la naturaleza y el paisaje tienen un rol decisivo. Se podría inferir incluso que hay un vínculo o una relación de causalidad entre el carácter huraño y solitario de algunos personajes centrales y ese paisaje que por momentos adquiere un matiz hostil. “Sí, la naturaleza juega un rol esencial, tan protagónico como las vicisitudes de los humanos, sino más”, acota Kupchik.
“En el mundo nórdico las estaciones –donde otoño y primavera son simples rito de paso– juegan como un factor decisivo en la constitución perceptiva y psicológica de sus habitantes. Incluso el tiempo es absorbido de forma distinta: mientras en la temporada invernal, castigada por una oscuridad uniforme, las horas, los días y los meses transcurren con una lentitud exacerbada, inalterable, estoica, el período estival se destaca por ser fugaz, luminoso, ilusorio. Aparecen criaturas vegetales o animales insospechadas, los sentidos se abren a la sorpresa”, señala el traductor.
Para diciembre, el sello tiene previsto el lanzamiento de la tercera novela de la escritora, Fair Play (Juego limpio), centrada en la vida de Jonna y Mari, una pareja singular de dos mujeres grandes que trabajan como artistas. “Después del luminoso, cándido y profundo El libro del verano, y el oscuro, filoso y ambiguo La verdad increíble, nos pareció que la mejor forma de continuar era Juego limpio. Una novela con capítulos breves, casi autónomos. De alguna forma, este libro profundiza y amplía los intereses y preocupaciones de Tove”, cuenta Beláustegui.
Fuente: Télam
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