
Un librero argentino no se le niega a ningún país, podría ser un refrán, aunque en este caso se deba hablar de una librera y de una ciudad, Madrid, la capital de la madre lingüística España. Y es que la llegada de Andrea Stefanoni a esa ciudad del Viejo Mundo y la apertura de su librería La Mistral -a metros de la céntrica Puerta del Sol y en lo que fue uno de los halls de entrada del que fue el Teatro Arenal- no pasó desapercibida para los españoles, que hasta le dedicaron una nota en la prestigiosa revista fashionista Vogue.
Stefanoni, escritora (su novela La abuela civil española fue publicada por Seix Barral), dramaturga y antigua gerenta de El Ateneo Grand Splendid, la infinita librería de Santa Fe y Callao en Buenos Aires, la más grande del país y acaso del mundo —bien, esta especulación no está chequeada, pero en tanto librería argentina y enormísima, ¿por qué no?—, emigró a Europa y, reflexión tras reflexión, no le quedó otra que poner una tienda de libros, que para eso adquirió el oficio en esta costa del océano Atlántico. Siempre acompañada de su perra golden retriever (“Aurora se llama”, dice Stefanoni y bromea y homenajea: “por Aurora Venturini”) la librera conversó con Infobae Cultura sobre su nuevo emprendimiento.
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—Andrea, usted era la gerenta de la librería más grande de la Argentina y una de las más grandes, quizás, del mundo. Entre tantos estantes, pisos y libros, ¿quedaba espacio para el viejo oficio de librera?
—Claro que sí. Creo que ya es hora de ir cerrando ese debate de viejos y nuevos libreros, sobre todo porque parecería que toda la responsabilidad de los cambios en el sector del libro recaen sobre los libreros, que justamente son los menos responsables de la transformación del sector, de los cambios estructurales de las librerías, del material que se edita. Pero el oficio de librero se puede ejercer en ámbitos como El Ateneo.
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—Al emigrar a España, ¿tenía la intención de crear una librería?
—No. Siempre tuve ganas de vivir en Madrid, pero por cuestiones personales no lo pude hacer antes. Cuando tomé la decisión pensé en varias opciones, pero definitivamente siempre terminás haciendo lo que amás, y en mi caso es esto, la escritura y las librerías.
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—¿Buscó mucho el lugar indicado para cobijar a la librería La Mistral? ¿Qué le gustó más de esta sede para su proyecto?
—Buscamos incluso estando en Buenos Aires, pero cuando dimos con este local supimos que era el indicado. Es un espacio cálido, lleno de madera y con una entrada estilo inglés que nos enamoró. Es más, te podría decir que ya era una librería antes de que llegaran los libros.
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—¿Por qué la llamó La Mistral?
—Para reivindicar el nombre de la poeta chilena Gabriela Mistral, premio Nobel en 1945, ocultada por la sociedad conservadora chilena por el simple hecho de ser lesbiana. Me gusta la idea de que la nombremos todos los días hasta cuando atendemos el teléfono y decimos “La Mistral, buenas tardes”. Creo que se lo merecía.
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—Al ser una librería más pequeña que El Ateneo Grand Splendid, ¿encontró grandes diferencias con su anterior rol?
—Sí, las librerías grandes como El Ateneo están muy sectorizadas, por razones operativas; en las pequeñas todos hacemos todo. Incluso mi perra. Mi perra Aurora es una buena compañera de vida y en este caso de trabajo, ya que se ocupa de recibir a los clientes y se convirtió rápidamente en la estrella del lugar. Desde que salió en la Vogue España anda un poco presumida. Espero que no olvide sus orígenes de barrio porteño. Está de más decir que en La Mistral está permitido el ingreso con mascotas.
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—Además, usted es escritora. ¿El frenesí del nuevo proyecto le deja tiempo para la creación literaria? ¿Tiene algún proyecto en mente?
—El caos y el frenesí, como decís vos, no solo deja tiempo, sino que genera momentos que en los días más normales y rutinarios no sucede. A mí me funciona bien, y sí, estoy escribiendo y espero terminar en marzo mi nueva novela.
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Escribir libros rodeada de libros, recomendando libros y vendiéndolos junto a su perra, que ladra con acento argentino. Es una buena opción. Sin la perra Aurora, la argentina Paula Vázquez también instaló en Madrid la librería Lata Peinada. Una verdadera gesta conquistadora al revés, ya que en lugar de colonialismo y explotación, los argentinos llevan libros a la madre patria. “Sí, está Lata Peinada, que se especializa en autores latinoamericanos. Ojalá podamos hacer algo juntos”, dice Stefanoni. “La unidad de los libreros es fundamental para sostener este boom de lectura que se generó en la pandemia y que, ya sin ella, promete quedarse y seguir generando y sorprendiendo”.
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