Juan Forn: una carcajada de tabaco

Un libro de poesía en 1992, un encuentro en Mar de las Pampas, un soneto, bagualas y memes. En esta nota, el músico y cantante argentino nos acerca a la intimidad del querido escritor que fue su amigo y que hace dos meses, para sorpresa de todos, dejó el mundo para siempre

Pedro Aznar y Juan Forn
Pedro Aznar y Juan Forn

Era el otoño de 1992 y ambos teníamos 32 años. Él ya era un escritor consumado, un joven talento que lideraba en su generación, y el jefe editorial de Planeta. Su nombre ya se venía ganando un sólido lugar en la literatura argentina. Yo llegaba con un puñado de poemas impresos que, a instancias de algunos amigos, me animaba con recelo a mostrar, con posibles vistas a su publicación. Iba recomendado por Ludovica Squirru, éxito de ventas con sus libros sobre horóscopo chino en esa casa editora. Nunca me quedó del todo claro si me publicaron como deferencia a su autora más vendida, porque los poemas les resultaron de alguna manera interesantes o por la admiración que, como músico, me tenía su destacado editor.

Lo cierto es que así nos conocimos con Juan Forn. Él era un tipo claramente brillante, y tenía una cierta urgencia en su modo de ser y hablar. Como si tuviera muchísimo, todavía, por hacer, y el tiempo fuera escaso. Designó a Paula Pérez Alonso como editora de mi libro, aunque él siguió de cerca todo el proceso. Nos volvimos a ver alguna que otra vez, años más tarde. En alguna inauguración, presentación de libro o disco, cosas de ese estilo. Siempre sentí que me miraba un poco de lejos, y siempre supuse que era con un aire de superioridad. Sólo décadas después me habló sin tapujos de su respeto por mí. Y fue toda una sorpresa. Aquel aire era una barrera que me había impedido ser su amigo. Yo no me consideraba a su altura.

Conocí Mar de las Pampas en 2007 y descubrí lo que sería mi refugio creativo. El primer restaurante que me recomendaron fue Amorinda, y con los dueños, los Pittella, terminamos sintiéndonos familia. Flavia, profesora de literatura inglesa y traductora, se acercó un día a mi mesa y me dijo, pícaramente, “vos me ves así, llena de harina y amasando ñoquis, pero ese no es mi único interés”. Nos reímos y a partir de ahí nuestras charlas se hicieron cada vez más profundas y enriquecedoras. Construí mi casa de verano allí, que en realidad visito todo el año, y que me ha dado el marco justo para el espacio reflexivo. Flavia me habló de su amistad con Juan, que vivía hacía tiempo en la vecina localidad de Villa Gesell. Hasta que en 2021 me contó que él se había mudado a “Pampas”, como cariñosamente la llamamos los locales. Entusiasmado, le pedí que armara una cena para los tres en su restó, cualquier noche de enero, mes que pasé allí en su totalidad, aquel verano.

La mesa estaba armada en la glorieta, que había servido, pre-pandemia, exclusivamente para las comidas familiares. Flavia la había revitalizado con pintura, plantas, verjas de madera, un verdadero tributo a la Calabria de origen, y yo ayudé a pintar una pared azul. Juan llegó a horario. Cuando pedí vino él me confió que hacía veinte años había dejado de beber, por indicación médica, y se armó un pequeño cigarrillo. “Junto con el porro, son lo que mantiene la cosa divertida”, dijo a modo de guiño. Me habló de su vida en la costa y de su novia María. Yo le conté de mi reciente separación de Max. Sentí que, de alguna manera, le debía ese signo de madurez, después de haber sido un adolescente tardío cuyos poemas hablaban más fuerte y claramente sobre sus intereses eróticos de lo que podía admitir públicamente, y tal vez menos aún, a sí mismo (en aquel distante ‘92, Juan había tenido la certera elegancia de regalarme Confesiones de una máscara, de Mishima, autor al que yo había dedicado una de mis poesías). Me habló de su hija, y de la novia de su hija. Hablamos, inevitablemente, del virus y de la extraña realidad aislada que nos tocaba vivir. Al cierre se nos unió Flavia y la charla exigió otra botella y armar otros cigarros.

Juan Forn (Foto: Martín Rosenzveig)
Juan Forn (Foto: Martín Rosenzveig)

Quedamos en contacto. Toda vez que yo viajaba al mar le preguntaba si tenía alguna tarde libre. Finalmente junté coraje y le pedí hacer taller literario con él. Pareció reticente. Imaginé, nuevamente, no estar dando la nota. Se lo comenté a Flavia, que ante mi pesimista insistencia, retrucó “Todo lo contrario. Lo sé porque él mismo me lo dijo”.

Semanas después empecé a estudiar con Sylvia Iparraguirre, a quien contacté osadamente, desoyendo la voz de la prudencia, y dando por descontada una segunda negativa. Cuando mi sombría predicción resultó felizmente equivocada, descubrí también que Sylvia y Juan eran amigos entrañables, desde la época en que un Forn de veinticuatro años estudiaba con el marido de ella, Abelardo Castillo. Sylvia lo llamaba, cariñosamente, “el pibito”.

El 12 de junio volví a la costa, por el fin de semana. Repetí el ritual de contactarlo. Quedamos en vernos al día siguiente, un domingo, a la hora del té. “Tengo dos libros para llevarte, elegí el que más te guste”, me dijo, generoso. Uno de ellos ya vivía en mi biblioteca. El otro me fascinó. Era un reporte de viaje, dos meses de gira con el pianista Glenn Gould, uno de mis músicos favoritos. En el subtítulo se citaba una frase del artista negando su excentricidad.

Le mostré mi casa. Le gustó la habitación de huéspedes de estilo japonés, y se murió de risa con la suite “Sandro”, ambientada con cortinados y veladores rojos, como resultado de bromear con que el deck que la rodea invita a salir con un Campari y una bata carmesí, al estilo del gitano. Cuando le mostré la cava, “el lugar más importante de la casa”, recordé pedirle disculpas por haberle sugerido que nos encontráramos con Sylvia a tomar unos whiskies. “¡Me olvidé que ya no bebés!”, le dije, e hizo un gesto de que no tenía importancia.

Mientras yo preparaba el té, me dijo que sentía que ya no era su época. No me esperaba un comentario así de alguien como él. Dijo que los jóvenes ya no compartían ciertos valores que para nuestra generación eran centrales, como el sentido de la trascendencia a través del arte, la responsabilidad de la continuación de un linaje y de dejar un legado, y un cierto, agudo sentido de la excelencia. Le contesté un poco defensivamente (ya que no quería sentir a mis espaldas esa sensación de caducidad) y sin completa convicción que hay valores perennes, y que en las nuevas generaciones hay de todo: gente que no se involucra a fondo con nada y jóvenes que aprovechan hasta la última gota esta época híperconectada. Que honran, a su manera, la línea de los que pasaron antes que ellos. “Iconoclastas hubo siempre”, dije con escuálida confianza. “Rimbaud, claro”, me tranquilizó él.

Salimos al deck de la cocina. El sol empezaba a dormirse tras los pinos. El aire fresco subía fragante a oír el último canto de los pájaros. Hablamos de las alegrías y los desafíos de vivir lejos de una gran ciudad.

Pedro Aznar, Flavia Pittella y Juan Forn
Pedro Aznar, Flavia Pittella y Juan Forn

JF: Acá algunos de mis amigos no saben quién es Capote. No leen más que el diario, alguna que otra vez. Uno de ellos se despacha a veces con unas observaciones dignas de Hemingway, al que, por supuesto, ignora alegremente.

PA: La ciudad está llena de distracciones. Acá uno conecta con la naturaleza, con el mar, con uno mismo.

—JF -Sí. Pero tampoco es regalado. Hay que estar con uno, a fondo, todo el tiempo… Una vez hubo una tormenta que duró tres días. Estábamos solos en casa con Matilda, de cuatro años. Se me ocurrió, a modo de juego, pegar en las paredes, rodeando todo el comedor, hojas de impresora y ponernos a pintar con marcadores haciendo un gran mural.

PA: ¡Momento inolvidable de conexión con tu hija!

JF: Si le preguntás a ella, te dirá que fue un embole.- Y soltó una sonora carcajada de tabaco.

Mientras él armaba un joint y decía “fumo todo el tiempo, ya no me hace mucho que digamos, pero es como tomarse un trago, hace que todo sea un poco menos chato”, recordé un soneto que había escrito esa tarde en la playa.

PA: ¿Te lo puedo mostrar?

JF: ¡Por supuesto!

Corrí, casi, escaleras arriba, en busca de la tablet.

PA: Le puse el título diez minutos antes de que llegaras. Sentía que faltaba algo que explicara a qué se refería. Y me di cuenta que todavía tenía a mi disposición el título, en que el sentido podía redondearse. El poema juega con el concepto de que venimos de un océano de amor, que en este mundo somos olas que nos diferenciamos un instante, para después romper y volver a convertirnos en agua. Lo escribí después de recibir la noticia de la muerte de la madre de mi primer amigo, con el que nos conocemos desde el jardín de infantes. Ella era una figura materna para mí también.

JF: Me gusta mucho, el soneto. Lo único que me hace un poco de ruido es la palabra “platería”. Pero me gusta. Y me gusta, también, que me cuentes el cuento de la mamá de tu amigo. ¿Por qué no lo ponés como subtítulo?

PA: ¿Algo así como “Para le madre de un querido amigo de la infancia, el día de su muerte?

—JF: Exacto. De esa forma lo ponés en contexto, y se disfruta más.

Juan Forn (Foto: Martín Rosenzveig)
Juan Forn (Foto: Martín Rosenzveig)

Me contó que había comenzado queriendo dedicarse a la poesía y había sido alumno de Juarroz, pero que más tarde se había dado cuenta de cuánto le gustaba “contar el cuentito”. Hablamos de Capote, del prólogo de Música para camaleones (“Habría que enmarcarlo”, dije. “¡Habría que tatuárselo!”, dijo él). “Aquello del don y el látigo para autoflagelarse que Dios le da a los escritores”, recordó. Reflexionó sobre cómo el sureño amalgamó sus dones y particularidades (talento para la poesía, la crónica, el relato, su afición al alcohol o a sentarse con Gide en Marruecos a mirar “mozalbetes”) para crear no sólo un lenguaje propio sino un nuevo estilo de literatura. “No te pierdas A Beautiful Child”. Lo leí al día siguiente y le escribí, maravillado. “¿Viste?”, respondió complacido.

Me recomendó dos libros de Mailer, que tomó la posta capotiana de la novela de no-ficción sin jamás admitirlo, pero manejándola magistralmente. Me contó que un cierto músico lo quiso contratar para que escribiera una suerte de elogio chupamedias (“lo que X no podría decir de sí mismo, en el estilo de tus contratapas de Página/12”, le había dicho un representante) y cómo los sacó corriendo.

Se fue cuando terminó de oscurecer. Le mandé dos memes que circulaban del tal X como integrante colado en Los Beatles que lo hicieron reír. El martes siguiente, antes de volverme a Buenos Aires, lo invité a caminar por la playa, pero declinó porque hacía mucho frío. Planeamos un almuerzo ligero, como alternativa, pero descubrimos que todo estaba cerrado. Quedamos en hacerlo en mi próxima visita. Me dijo que su novia cantaba bagualas y estaba escribiendo una tesis al respecto, y que le gustaría hablar conmigo. Acepté con gusto, y le dije “cuando vuelva, bagualeamos”.

Es otra vez domingo. Otra vez, hora del té. Manejo en la autopista a la altura de Bernal. Entra un llamado de Flavia, que suena consternada. No me quiere decir el motivo de su llamada hasta que me baje del auto. Pienso que algo grave le debe haber pasado a su madre, que viene con problemas de salud hace unos años. Minutos más tarde me entero que la muerte que tenía que comunicarme era mucho más inesperada. Otra, la ola que rompió en espuma.

Volver, días después, a Mar de las Pampas fue aceptar, abrazar su ausencia. Sobre mi mesa de luz, el libro de Gould que no he podido tocar todavía sigue proclamando “No soy en absoluto un excéntrico”. Juan sigue tomando el té en el deck de mi cocina. Y lo seguirá haciendo, especialmente los domingos, por los años de amistad que nos habrían quedado.


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