Juan Forn, su madre y el amor por los libros: “Uno se salva”, anticipo del libro póstumo del gran escritor y editor argentino

Infobae Cultura publica un texto de “Yo recordaré por ustedes”, donde el autor recientemente fallecido reflexiona sobre la pasión heredada por un libro autobiográfico de Vasco Pratolini

“Yo recordaré por ustedes” (Emecé), Juan Forn
“Yo recordaré por ustedes” (Emecé), Juan Forn

Uno se salva

Mi madre, que sospecho que se ofendería mucho si se la considerara una lectora ocasional, mandó durante años a encuadernar en cuero azul los libros que por algún motivo quería conservar, y los tiene todos juntos en una bibliotequita angosta en su dormitorio. Son de una variedad absoluta, descarada, debajo de su aparente uniformidad: hay libros que heredó (ahí empezó el mandato de encuadernarlos), hay libros que están ahí no por su contenido sino por su dedicatoria, hay hasta un compendio de recetas manuscritas en francés de su época del liceo y otro de cálculo diferencial que usó mi padre cuando estudiaba ingeniería (y, como todo lo relacionado con mi padre, muerto hace casi treinta años, es sagrado para ella). Hay de todo en esa bibliotequita de lomos de cuero azul, y casi todo ocupa su lugar allí desde que yo tengo memoria.

Pero, con los años, mi madre ha ido reduciendo el stock de esos estantes. Lo hizo para intercalar entre los lomos de los libros fotos de las personas queridas que se le van muriendo. En el resto de su dormitorio hay enormes dibujos en colores de sus nietos, reina sin rivales la luminosidad y la alegría, pero en esa bibliotequita del rincón mi madre se semblantea con la muerte a su manera. Quiero decir que ella ya no puede leer esos libros. Su vista no le da para leer, ni libros ni nada. Pero igual los considera parte suya, en todo sentido: cuando regala alguno es porque tiene que hacer lugar para otra foto, lo que significa otro muerto, lo que hace muy intenso recibir alguno de esos volúmenes cuando ella elige desprenderse de él, con un criterio tan particular como el que tuvo para seleccionarlo.

Hace poco decidió darme una vieja edición de Emecé (1952) de Crónica de mi familia, de Vasco Pratolini, un libro que a mí me partió al medio cuando lo leí por primera vez y sigue dejándome sin aliento cuando vuelvo a leerlo. A ella, en cambio, solo le queda un vago recuerdo de que «le gustó» y de que fue un regalo, aunque no hay dedicatoria en el ejemplar. Y no agrega una palabra más sobre el tema porque ese regalo data de los tiempos previos a que se casara con mi padre. Pero se ve que era insistente el caballero que se lo regaló, o que la manera de escribir de Pratolini le gustó a mi madre más de lo que recuerda, porque había otro libro de él en esa bibliotequita: uno llamado Diario sentimental, que fue el primero de Pratolini que yo leí (en casa de mis padres, sentado en el piso, con la espalda apoyada contra aquella bibliotequita y las rodillas en alto, para que me funcionaran de atril). Mi madre dice que yo estoy loco, que ella nunca tuvo ni leyó otro libro de Pratolini y que tampoco se acuerda nada de Crónica de mi familia, así que ahí mismo procedo a contarle la increíble historia de Vasco y su hermano.

Le digo que la señora Pratolini murió dando a luz al menor de sus dos hijos, que el padre estaba en la guerra, que la abuela no podía alimentar a los dos nietos, así que al bebé (que era hermoso y rubio) se lo quedó el mayordomo del patrón, cuya mujer no podía tener hijos. Vasco vio cómo crecía su hermanito criado como un niño rico (la abuela y él tenían permiso para ir a visitarlo a la casa grande un domingo al mes) hasta que se escapó a Florencia, a rebuscárselas. Allí aprendió a leer solo, hizo la nocturna, enfermó de tuberculosis, lo mandaron a un sanatorio de montaña, se curó, volvió a Florencia, consiguió trabajo de periodista en la difícil Italia de las camisas negras de Mussolini y una noche, en un bar, reconoció a su hermano, que lo estaba buscando hacía meses. Vasco lo culpaba desde siempre de la muerte de la madre. El hermano, en cambio, veía a Vasco como el único vínculo que le quedaba en este mundo con la madre muerta y en cierto momento del reencuentro le dice: «Tú eres el único que puede ayudarme a imaginármela viva».

La Segunda Guerra, mientras tanto, ha dejado sin trabajo al mayordomo y el hermano de Vasco es para entonces tan pobre como Vasco. Por fin son iguales. Tan iguales, que el hermano enferma igual que Vasco. Pero no estaba acostumbrado a rebuscárselas solo y no tuvo la entereza o la suerte de Vasco: murió jovencito. Era enero de 1945 y toda Italia celebraba el fin de la guerra mientras Vasco estaba encerrado en un cuarto de pensión, con las persianas bajas, tipeando en una máquina prestada Crónica de mi familia, que está escrita en menos de un año, en carne viva, en forma de monólogo al hermano muerto («Al morir mamá, tú tenías veinticinco días»), con una tremenda aclaración preliminar al lector: «Este libro no es una ficción. Es un coloquio del autor con su hermano muerto. El autor trató solo de hallar consuelo. Tiene el remordimiento de haber intuido demasiado tarde la calidad espiritual de su hermano. Estas páginas se ofrecen como una estéril expiación».

Por ese libro extraordinario (y por el resto de su obra, pero por ese libro en particular), Pratolini estuvo dos veces a punto de ganar el Nobel a principio de los años cincuenta. Pero entonces el existencialismo francés destronó al neorrealismo italiano del centro de la escena literaria europea y el rastro de Pratolini empieza a perderse a partir de ese momento. Sus últimos libros ni se tradujeron; para 1970 ya era un autor olvidado. Las necrológicas que en 1991 anunciaron su muerte tenían todas en común el mismo estupor ante el hecho de que Pratolini hubiese seguido vivo hasta entonces, sin publicar nada desde 1967. Ninguna de esas necrológicas sabía explicar qué le había pasado durante todos esos años.

Pero el Diario sentimental, que se ocupa de los años de primera juventud de Vasco en aquel sanatorio para tuberculosos, cuenta que hizo allí un amigo de su edad, con el cual compartía los permisos para caminar por la montaña, preguntándose si la enfermedad les permitiría librarse de la virginidad antes de llevárselos. Un día el director convoca a los dos jóvenes a su oficina y así nos enteramos de que ambos tienen la misma clase de tuberculosis y de que existe un tratamiento que, si funciona, en menos de un año los curará (y, si no funciona, acelerará los síntomas). Cuáles son las probabilidades, preguntan ellos. Cincuenta y cincuenta, dice el médico. A partir de entonces se produce un vuelco terrible en su amistad. Porque los dos han malentendido de la misma manera ese cincuenta y cincuenta: creen que, si uno muere, el otro se salvará. Y no pueden evitar desearle la muerte al otro a partir de ese momento.

Desde mis diez años, mi padre me llevó todos los 31 de diciembre al mediodía a un cóctel en casa de unos italianos muy finos que hacían negocios con él. Cuando mi padre murió, la invitación llegó igual, a casa de mi madre, y ella me pidió que fuese en representación de él. Yo obedecí, estuve copa en mano una larga hora en aquel opulento departamento racionalista del barrio de Recoleta, donde todo olía a fresco y a limpio y a vainilla, y terminé hablando con uno de los ancianos anfitriones, que me contó que había estado a punto de morir de tuberculosis en su adolescencia, que se salvó de milagro y llegó sin nada a la Argentina en 1938. «Los años pasaron. Yo fui afortunado. Mire a su alrededor: hemos formado una familia, ¿no le parece?», dijo mi anfitrión.

Yo me sentí incluido en ese plural. La luz que entraba por los ventanales parecía suspendida a su alrededor con el expreso propósito de mantenerlo vivo para siempre. Él agregó: «Pasé todos estos años creyendo que mi mejor amigo en el sanatorio, un muchacho de mi edad, con mi mismo diagnóstico, había muerto. Pero hace un par de meses recibí una carta de Italia. Era de él. Usted quiere ser escritor, quizá conozca su nombre: Vasco Pratolini. La carta era muy breve. Vasco decía en ella: Uno muere, el otro se salva, ¿recuerdas? Hemos llegado a ese momento, y el afortunado eres tú. Que tengas una buena vida, amigo. Me despido de ti».

Sé que mi madre pensó en mi padre cuando terminé de contarle esto. En mi padre, y en algunas cosas más, pero no dijo una palabra al respecto. Se limitó a retirar de mis manos el ejemplar de Crónica de mi familia que acababa de entregarme y, echándose hacia atrás en su sillón con el libro contra el pecho, dijo: «Voy a tener que elegir otro libro para darte. Este creo que me lo voy a quedar».

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