
Hay noticias que esperamos durante tanto tiempo, que las olvidamos y terminamos por creerlas ya consumadas. Entonces, cuando finalmente llegan, nos toman desprevenidos y la conmoción es más profunda. Ese fue el efecto que tuvo para mí la revelación del fallecimiento del crítico y ensayista Eduardo Finkelstein, el pasado miércoles. Hace poco menos de una década, Finkelstein estaba recluido en un centro especializado a causa de una enfermedad degenerativa de evolución lenta, más de lo esperado. Argentino, residente en Boston, Estados Unidos, hacía tres décadas, Finkelstein fue posiblemente el lector más sagaz de Borges hasta ahora.
Crítico ingenioso y filólogo erudito, autor del ensayo reconocido internacionalmente Las dos fundaciones de la literatura argentina, que redefinió la historia de nuestras letras, en verdad prefería presentarse como lector a secas. Y estaba bien, porque eso era lo que ofrecía: lecturas agudas, más bien inauditas y por eso atractivas, que multiplicaban al infinito el sentido de los textos que comentaba, a la altura de su principal objeto de estudio. Doce libros dedicó Finkelstein a interpretar prácticamente toda la obra del autor de El Aleph: todos traducidos al inglés y al francés, y hasta cuatro al turco, entre otras lenguas; una marca difícil de alcanzar para ensayos filológicos y críticos. También era un profesor eminente, tanto por sus conocimientos como por su capacidad de despertar la atención, más aún, la curiosidad de sus alumnos.
Precisamente, conocí Eduardo Finkelstein en mis años de estudiante, hace mucho tiempo, a principios de los ochenta. No me llevaba muchos años; sí muchas lecturas. Fui su alumno en la cátedra de Literatura Argentina durante el breve período en que dictó una comisión de trabajos prácticos en la UBA. La época no era la más propicia para estudiar Letras. Además del clima tenso para cualquiera, la purga que había perpetrado la dictadura militar en el plantel docente había dejado un conjunto de profesores dudosamente formados o que, por lo menos, no eran los mejores. Los descollantes, que volvieron después del 83 para reconstruir la universidad de la democracia, estaban o bien en el exilio, o bien dando cursos en sus casas, en lo que se llamaba la “universidad de las catacumbas”. Siempre sospeché que Finkelstein asistía a alguno de esos cursos porque su punto de vista era muy diferente al de cualquier jefe de cátedra. Pero nunca se lo pregunté. Tal vez, era su propia perspectiva, porque no volví a escuchar ese tipo de lecturas. Tampoco en los que volvieron una vez restablecida la democracia. Solo comparable con Piglia: chispa similar, mayor agudeza en la lectura.
Con el tiempo, cuándo yo mismo me convertí en crítico y docente, me enteré que pocos años después de conocerlo se había ido a Harvard a hacer un doctorado. Y ya nunca volvió. La universidad estadounidense advirtió su talento y lo retuvo como profesor. Recién volví a verlo cuando hice un poco de trayectoria y pude acceder a las becas para congresos. Lo encontré en la Universidad de Sevilla a principios de los noventa, cuando escuché su conferencia magistral sobre barroco. La docencia es una relación jerárquica y por eso, desigual: yo lo conocía, pero él no a mí, así que con el mayor pudor y la mejor intención me presenté durante el receso entre mesas expositivas. Tomamos un café y fue el inicio de una amistad esporádica y sólida, marcada por el ritmo académico y la disparidad de trabajar en uno y otro hemisferio. Poco después, la aceleración asombrosa del correo electrónico la impulsaría.
En esas reuniones esporádicas e íntimas que teníamos luego de las agotadoras jornadas de exposiciones y mesas redondas cada uno o dos años, me hizo revelaciones increíbles. Seguramente yo también las haya hecho, café o más bien vino mediante, pero esas no las recuerdo. En cambio, se me hace presente el momento en que le dije que sus clases en la carrera de Letras de la UBA habían sido un enorme acto de heroísmo, de riesgo de vida, siempre que cerraba las puertas del aula para hacer una lectura controvertida, sin soslayar el plano político o la coyuntura histórica de producción de la obra.

Se enojó. Me dijo que yo confundía audacia con heroísmo, que cuál era mi concepción de la heroicidad, que héroes eran los compañeros que habían luchado de verdad. Pero agregó algo todavía más interesante: la clasificación de la crítica como doblemente reactiva. Ya pasado el apogeo del intelectual comprometido de Sartre y en plena vigencia del posestructuralismo, cuando la teoría lo inundaba todo y el lenguaje era el principio y el fin de cada suceso, Finkelstein seguía considerando que la práctica literaria era contraria a la acción, dado que suponía una actividad mediada por la escritura y las instituciones que intervienen en su difusión. En este sentido, la crítica sería doblemente reactiva porque supone una reflexión sobre esa mediación. El crítico no sólo quita su cuerpo de la acción directa, sino que aboca su reflexión a una práctica también indirecta.
Pero siempre era capaz de darle vuelta a su propio pensamiento. “En algo tenés razón”, reconoció esa noche. “El heroísmo está en las aulas, esa es nuestra acción directa, nuestra apuesta al cambio de largo plazo”. Sospecho que hoy su propuesta queda algo desfasada, o por lo menos, requeriría cierta complejización, porque resulta urgente que consideremos las nuevas fichas de las redes sociales que nos arrojaron al tablero. No sé qué diría Finkelstein sobre eso. Francamente tampoco sé si llegó a usar Facebook. Pero lo que sobresale aquí es la conciencia de su tarea y el lugar desde donde la desempeñaba.
Esa no fue la noche más recóndita de confesiones. A fines de los noventa volvimos a vernos en México, durante un congreso de poesía. Su conferencia sobre la materia poética en El hacedor fue imborrable. Pero más aún lo fue su revelación sobre algo que, pensándolo ahora, era una auténtica metodología de trabajo. Un método forzoso, pero método al fin. La cuestión empezó con una confidencia mía. Con mucho pudor, casi tanto como el que experimento ahora al hacerlo público, y envalentonado por una copa de vino que no tengo mientras escribo esto, le dije que Borges no estaba entre mis predilectos, que no era parte de los primeros cinco y que tendría que revisar la lista, a ver si entraba en el top ten.
Argumenté, como ahora, que sin duda es muy atractiva toda su apuesta racional, toda su filosofía, si se quiere, pero no es eso lo que mi gusto personal busca en un texto. Es algo más sencillo y, a la vez, supongo, más difícil de controlar por el autor: busco placer en cierto fraseo, cierta cadencia del tono, cierta combinatoria aparentemente espontánea de las palabras. Y eso no está en Borges, donde cada término ocupa un lugar preciso, un hueco que espera su forma, como un Tetris de palabras. Por eso, a pesar de su variabilidad, disfruto más de un Arlt, de un Rulfo y hasta de un Conrad en una buena traducción. ¿Saer? Más que placer, me provoca ansiedad, buscando un punto que rara vez llega.
Sentí que el aire se cortaba con tijera y le hice un chiste para distender la situación incómoda. Después la embarré más porque le pregunté si tanto le gustaba ese mecanismo de relojería digital que era Borges. Para mi sorpresa, me respondió que no todo en la vida se hace por gusto o placer, y después siguió más o menos así: “Mirá, yo te podría argumentar con la importancia de Borges. Ya conocés mi hipótesis sobre la segunda fundación de la literatura argentina: así como Buenos Aires tuvo dos fundaciones, también la literatura: la primera con el Martín Fierro y la segunda, con Borges. Y ahí se abren todas las subhipótesis sobre la bicefalía de nuestra literatura, sobre las reelaboraciones de Borges y post-Borges, etc. Bueno, conocés el libro. Pero esta copa de vino me obliga a sincerarme o más… a exponerme”.

Tomó un trago, se pasó la mano por la frente y después por la boca. “No me enfoqué en Borges exactamente por gusto. Claro que disfruto de sus textos y es muy estimulante leerlo una y otra vez. Pero Borges me presentó un desafío en el sentido más literal. Por supuesto que es un desafío para todos sus exégetas; obliga a hacer un trabajo filológico detallado como bien decías con eso del mecanismo de relojería. Para mí, es más que eso. Es un duelo: él o yo, lo doblego o me doblega”. Hizo otra pausa, larga. “Pasa que olvido sistemáticamente y por completo sus textos, sean del género que sean. Después de algunas semanas se me van de la mente, se esfuman. Puedo recordar vagamente algún tema o cierta característica de un personaje, y nada más”.
Miró de reojo la carpeta de anotaciones para la conferencia y parafraseó el Menard: “Mi recuerdo general de Borges, simplificado por el olvido y la indiferencia, puede muy bien equivaler a la imprecisa imagen anterior de un libro no escrito. Mi problema es harto más difícil”. Hizo otra pausa y agregó: “Es intrincada la economía de la memoria, hay que aprender a sobrellevarla, a comerciar con ella. Como habrás concluido por la conferencia de esta tarde, Borges era el mejor en esa tarea; yo aprendo en la competencia”.
Por un segundo, me quedé sin palabras. Enseguida mastiqué un “no puede ser”. Y mientras él balanceaba la cabeza de arriba a abajo, solté una argumentación caótica: “Si hablás de los textos con mucha solvencia, si sos un especialista, si hasta participaste del documental de la BBC... ¿Y las conferencias...?”. “Mirá, no hay nada que no pueda guionarse. Las clases, las conferencias, ya sabés cómo es. En la televisión, leés un teleprompter. Además, como te dije, puedo retenerlo unas semanas. El mayor desafío para mí es escribir libros sobre su poética. Me obliga a trabajar de manera fragmentaria, por partes breves y detalladas, a leerlo una y otra vez, de manera permanente. Es una verdadera contienda lo que me plantea, por eso acepté el desafío. Al principio sólo podía ver lo trabajoso que era; después me di cuenta de que la obligación de leerlo de cero cada vez generaba interpretaciones nuevas. Es una cabeza virgen de Borges cada vez que lo encaro, pero atravesada por distintas circunstancias y por las lecturas del momento, que no olvido. Eso hace que sea otro yo el que lee cada vez”.
Evidentemente, había hecho de su limitación un método de trabajo y a eso se debía la variedad de sus enfoques, que construyen universos borgeanos autónomos pero interconectados en una red infinita. Por supuesto, me pidió discreción; la vanidad está a la orden del día entre los escritores y también entre los críticos que se consideran tales. En caso de haber trascendido esto, no habrían demorado en ponerlo en ridículo o peor, en rumorear por la espalda. Me dijo que me lo contaba por nuestra confianza, porque yo había confesado no tener intereses en trabajar Borges, por lo tanto no era un potencial competidor, y fundamentalmente porque el vino lo había obligado a hablar.
Volví a verlo una vez más, dos o tres años después, en un congreso en Roma sobre vanguardias hispanoamericanas. Estaba algo cambiado. Hablaba a borbotones. En la cena con los colegas, contó dos o tres anécdotas divertidas, con la particularidad de que cuando terminaba el relato, lo repetía, frase por frase, como si quisiera grabar con mayor profundidad el surco de las palabras. Después, supe del inevitable confinamiento y nada más. El paréntesis de sus conferencias hizo que los colegas lo citaran cada vez menos y que finalmente lo olvidaran, expulsándolo de este mundo antes de que lo hiciera la vida. Eduardo Finkelstein acaba de morir y con él, el último gran adversario de Borges, el único a su altura. Me pregunto si no estaba ya muerto, si no moría cada vez que no lograba recordar a Borges, cada vez que perdía la contienda.
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