
Las obras de las diez escritoras que más ejemplares venden en el Reino Unido -una lista en la que reportan autoras como Margaret Atwood, Jane Austen o Danielle Steel- son leídas por apenas un 19% de hombres, mientras que en el caso de las publicadas por la decena más “convocante” de autores masculinos, los porcentajes de lectura se reparten entre un 55% de lectores varones y un 45% de mujeres, según las conclusiones que la ensayista inglesa Mary Ann Sieghart difunde en su ensayo The Authority Gap, de flamante aparición en Europa.
Lo sospechaba esta profesora del King’s College de Londres y presentadora de varios programas en BBC Radio cuando le encomendó a la consultora Nielsen Books el relevamiento que publica ahora como parte de un trabajo que pretende dar cuenta de cómo la disparidad de género alcanza también a la lectura y prolonga los sesgos que prevalecen en el campo laboral y en la distribución inequitativa de los roles en las empresas o instituciones: los libros escritos por mujeres no tienen la misma repercusión en el mercado editorial que los firmados por sus pares masculinos.
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La indagación sobre las preferencias lectoras por género confirmó que entre las diez escritoras más vendidas en Reino Unido solo el 19% de sus lectores son hombres y el 81%, mujeres, en tanto que entre los diez escritores más vendidos en Inglaterra -una selección donde conviven Charles Dickens, Stephen King y J.R.R. Tolkien- el 55% de los lectores son hombres y el 45%, mujeres, según lo citado por The Guardian.
¿Primera conclusión tajante? Las mujeres están mucho más predispuestas a leer libros escritos por hombres que al revés. La segunda inferencia posible es que a pesar de los avances de la sociedad, todavía hay muchas formas de impedir que las mujeres alcancen la igualdad.
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Publicada por el sello Doubleday con el título de The Authority Gap: Why Women Are Still Taken Less Seriously Than Men, and What We Can Do About It (La brecha de autoridad: por qué se toma a las mujeres menos en serio que a los hombres y qué podemos hacer al respecto), la obra de la editora y columnista de The Times durante dos décadas ofrece un desglose de todas las formas en que se manifiesta la “brecha de autoridad” entre hombres y mujeres y cómo sus resultados acumulados equivalen a leyes informales de facto que prohíben a las mujeres ocupar determinados puestos de trabajo.
A los hombres parece interesarles poco lo que pueda explicarles la otra mitad de la humanidad. Un detalle confirma este diagnóstico de lectura sesgada por el género: de la decena de autoras más leídas en territorio británico, la que tiene menor brecha entre lectores femeninos y masculinos es L. J. Ross, que firma sus thrillers con iniciales, con lo que es de suponer que alguno de sus lectores no se haya enterado todavía de que es una mujer.
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No casualmente la historia de la literatura está llena de escritoras que ocultaron su identidad o disfrazaron su nombre con iniciales o seudónimos para evitar esos prejuicios, como los dos George, Eliot y Sand, o Isak Dinesen. Cumbres borrascosas fue muy celebrada cuando apareció por primera vez en 1847. La crítica alabó su lenguaje “de granjero de Yorkshire” y cayó rendida ante el derroche de “malicia y blasfemia” de la novela hasta que tres años más tarde, cuando se supo que Emily Brontë era su autora, su estilo fue comparado con “un pajarillo que agita sus alas contra los barrotes de su jaula”. Y hasta J. K. Rowling ha confesado en más de una ocasión que su primer editor le sugirió firmar con iniciales para no disuadir a los chicos más jóvenes de leerla.
En The Authority Gap, Sieghart, sostiene que si bien la infravaloración de la capacidad es algo con lo que las mujeres tienen que vivir desde la infancia, “esta infravaloración es tan común que la mayoría de las mujeres la alejan como si fuera una mosca zumbando alrededor de su cabeza”.
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A través de anécdotas y entrevistas a numerosas líderes (de la alcaldesa de Washington DC a la primera ministra de Croacia, la secretaria del Tesoro de Estados Unidos, Janet Yellen, o la directora del Banco Central Europeo, Christine Lagarde), la ensayista explica por qué a las mujeres se las sigue tomando mucho menos en serio que a los hombres y que eso hace que se valore menos su trabajo, se las promocione menos y se les pague menos, aunque su rendimiento sea el mismo o superior al de sus colegas masculinos.
Las pruebas de la magnitud y la persistencia de la brecha de autoridad aportadas por la investigadora abarcan lo insólito, porque cuando los hombres ejercen la autoridad son vistos como si tomaran el control, pero cuando las mujeres lo hacen, son tachadas de “mandonas”, “abrasivas” y de “zorras”.
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Según Sieghart, hasta el registro de la voz de una mujer está dictado por la necesidad de parecer poco amenazante para los hombres: cuanto más alto es, más demuestran las mujeres rasgos “femeninos” como “sumisión, deferencia y servilismo”. La autora consigna que en Japón las mujeres utilizan rangos notablemente más altos que en los países occidentales, y alcanzan el máximo cuando intentan ser educadas.
Fuente: Télam
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