
El ideario político de Domingo Faustino Sarmiento suele reducirse, por pereza escolar o simplificación histórica, a la dicotomía de su obra cumbre, Facundo o civilización y barbarie en las pampas argentinas. Sin embargo, la verdadera arquitectura de su pensamiento institucional se revela con mayor lucidez en la intimidad de su correspondencia y en la gestión diaria del poder. Cuando asumió la presidencia de la Nación en 1868, el sanjuanino pronunció una frase lapidaria.
“Fui nombrado presidente de la República, y no de mis amigos”, escribió. Solía añadir un remate quirúrgico: “No está prohibido que un hermano del presidente fuese ministro, pero la decencia lo impide”. Esta declaración no pertenece a una pieza de oratoria parlamentaria ni a un ensayo literario de circulación masiva. El origen está en su frondosa correspondencia, puntualmente en las cartas privadas y respuestas epistolares que debió enviar a sus allegados, copartidarios y al propio Bartolomé Mitre.
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En el siglo XIX, la carta no era un mero trámite; era el laboratorio donde se cocinaba la literatura y la política nacional. Durante la transición y consolidación de su mandato envió muchísimas. El contexto en el que emerge esta definición es de una fragilidad absoluta. Sarmiento llegó a la Casa Rosada casi de milagro. Estaba en Estados Unidos trabajando como embajador cuando una coalición de militares y políticos del interior impulsó su candidatura en su ausencia. ¿Qué tan solo estaba Sarmiento?

No tenía un partido político propio detrás, no arrastraba una estructura clientelar, ni debía favores a los grandes terratenientes de Buenos Aires. Esa debilidad de origen fue, paradójicamente, su mayor fortaleza ética: al no deberle nada a nadie, pudo gobernar con una independencia inédita. Cuando sus viejos amigos del exilio chileno y sus compañeros de armas en las guerras civiles hicieron fila para reclamar ministerios, aduanas y gobernaciones, el nuevo mandatario los frenó en seco.
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La importancia histórica de la Correspondencia sarmientina radica en que funciona como el reverso exacto de sus grandes libros de combate. Si en Viajes por Europa, África y América analizó los sistemas institucionales del mundo, en sus cartas de gobierno aplicó esa teoría a la ruda realidad rioplatense. La recopilación de estos escritos, editada décadas más tarde por instituciones como el Museo Mitre, constituye un documento fundamental para entender que su visión moral del Estado.
La frase resume el núcleo del pensamiento de su autor: la convicción absoluta de que la ley debe imperar sobre los lazos de sangre y las simpatías personales. Para Sarmiento, la “barbarie” no era solo el caudillismo de Juan Facundo Quiroga o la tiranía de Juan Manuel de Rosas; barbarie era también el manejo patrimonialista del Estado, la idea colonial de que el gobernante puede repartir el tesoro público como si fuera su herencia privada. Quería una república donde las instituciones sobrevivieran a los hombres.
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¿Quién es Domingo Faustino Sarmiento?
Domingo Faustino Sarmiento nació el 15 de febrero de 1811 en la provincia de San Juan, en el seno de una familia humilde liderada por su madre, Paula Albarracín. Por sus tempranas oposiciones al régimen de Juan Manuel de Rosas, debió exiliarse en Chile, donde ejerció como docente, militar y periodista combativo. De regreso en el país, ocupó diversos cargos públicos como gobernador de su provincia natal, diplomático en los Estados Unidos y, finalmente, Presidente de la Nación entre 1868 y 1874.
Su gestión presidencial estuvo marcada por un fuerte impulso a las comunicaciones, el transporte ferroviario, las ciencias y, por sobre todo, la educación pública. Como escritor, legó obras fundamentales para entender las contradicciones de la identidad argentina. Ya retirado de la primera línea política pero sin abandonar jamás la polémica pública ni la pluma, falleció por problemas cardíacos el 11 de septiembre de 1888 en Asunción, Paraguay, a los 77 años. En su honor celebramos el Día del Maestro.
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