La huella imborrable del Indio Solari en nuestros corazones y más allá, en la cultura popular argentina de medio siglo

Intelectual autodidacta, el hombre convertido en estampita de la patria rockera deja una obra poblada de referencias al arte, el cine y la literatura del siglo XX, traducidas a la lengua cotidiana y convertidas en slogans callejeros multiuso

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"Masacre en el Puticlub", de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota

Frases, muchas frases. Nuestro amo juega al esclavo. Todo preso es político. El lujo es vulgaridad. Violencia es mentir. El futuro llegó hace rato. La noche tira un salto mortal.

Hay muchas frases más para citar, de las que están inmortalizadas en banderas, remeras o en calcos pegados en la luneta trasera de autos, motos, camiones y camionetas. Eso no es para cualquiera, eso es cultura popular. Así llegaron el Indio Solari, y los Redondos, a convertirse en patrimonio inmaterial de la Argentina en el pasaje entre dos siglos. Por eso estamos conmovidos por la noticia de la muerte de este hombre que, desde los márgenes de la pasarela del rock (nunca formó parte del elenco estable, al que amamos también, pero bien sabemos que es otra cosa), creó una obra que lo sobrevivirá por décadas y que pasará de generación en generación como un secreto ritual de iniciación.

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A trazo grueso, el árbol genealógico del rock argentino arranca con Almendra, Manal y Los Gatos en los 60, y luego se ramifica en Charly García, Pappo y Spinetta en los 70, continúa por Gustavo Cerati, Fito Páez y Andrés Calamaro en los 80. Ahí, en ese punto exacto de la línea de tiempo, apareció una anomalía del “sistema”: una banda de rock que no venía de la ciudad de Buenos Aires, con un cantante, letrista y compositor calvo, que vestía sencillamente de calle (jean, suéter, remera, camisa manga corta) y que citaba a Kerouac, Goya y Francis Ford Coppola en las contadas entrevistas que concedía. En las letras de sus canciones y sobre todo en aquellos inspirados primeros discos de Los Redondos -la tetralogía del segundo lustro de los ochenta, con Gulp! (1985, Oktubre (1986), Un baión para el ojo idiota (1988) y ¡Bang! ¡Bang!!... Estás liquidado (1989), para mí, es insuperable- emerge esa catarata de citas y referencias que habrían de convertir a la banda de una marca ineludible para entender el fin de siglo en Argentina y más importante que eso, lograr una tipo de conexión espiritual inigualable con multitudes de jóvenes de todo el país, con un fuerte componente popular vinculado a las militancias (y la pasión) de la política y el fútbol.

Banderas en tu corazón

Hace una semana, un llamado oculto del destino me puso a buscar videos de los shows de los Redondos en los 90, que ahora los hay y circulan mucho en YouTube. No tienen gran calidad aunque se nota que son grabaciones producidas por la banda: Huracán, Patinódromo de Mar del Plata, River, el Centenario de Montevideo (penúltimo show, fuimos). También las hay más viejas y más desprolijas de recitales en esos lugares que ellos reventaban pero que, salvo cierta prensa del palo y el subsuelo rockero de la patria, el resto de la población no se enteraba.

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Todo eso hasta que sucedió la conferencia de prensa en el Hotel Savoy de Olavarría (mi ciudad, estuve ahí por cierto aquella vez), cuando el hombre calvo de mediana edad y lentes oscuros tomó la palabra y elaboró en tiempo real, un manifiesto espontáneo artístico y político que fue amplificado por Crónica Tv en vivo y en directo. Millones de personas ahí sí se enteraron quienes era “los Redondos”. Una frase más que se me viene: “se hizo el torbellino que hoy suena en la radio”. Siempre he pensado (y pienso), que estaba hablando de ellos mismos.

Ese torbellino nos alcanzó a una gran mayoría de los jóvenes estudiantes, empleados y obreros de los 80 y 90. Presencié el imparable camino de la banda y su encanto en cada vez mayores multitudes (oximorón), de lugares como Palladium y Satisfaction a Obras y de ahí a las canchas de fútbol. El nivel de legítima excitación se mezclaba con la dura realidad social que imperaba en esa Argentina de dos hiperinflaciones, creciente desempleo juvenil y represión policial siempre lista. Aún así, adentro -cuando entrábamos, sea a los empujones o en una avalancha, porque así era-, el rock que tocaban esos tipos y que cantaba el hombre pelado que apenas decía algo entre tema y tema, nos colmaba y calmaba.

Viendo los videos -medio oscuros, grabados sin superproducción- de esos caóticos e inolvidables shows vividos con los amores de la época y los amigos de siempre, sentí esa especial vibración sentimental que nos invadía. Una mezcla de emoción y rabia contenida que conectaba con aquello que venía desde arriba del escenario. Recuerdo los shows de Huracán de diciembre de 1994 como el mayor espectáculo de masas en un show de rock que haya presenciado (y he visto unos cuantos). Ni que hablar del pogo de “Ji ji ji”, inolvidable. Todo eso, mezclado por la tristeza de la pérdida -la misma tristeza que cuando murieron Cerati y Spinetta- resuena con fuerza hoy, en otra ciudad, otro país y lejos en el tiempo. Aquella genuina emoción que este hombre nos supo transmitir con unas canciones que han quedado pegadas para siempre en nuestros corazones.

[Foto de portada: VP]

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