
I
En la carrera de un artista siempre hay un momento clave. Cuando las cosas marchan bien, bastante bien, cuando ya la sorpresa se hizo efectiva en espectadores y críticos, cuando los cuadros se venden con cierta tranquilidad, cuando el mundo ya sabe todo lo que ese artista puede dar... ese es el momento de acelerar, de hacer el gran truco, la voltereta en el aire, un giro capaz de sorprender aún más a los sorprendidos. Es el momento del gran salto.
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Un gran ejemplo es Childe Hassam, nacido en Boston en 1859, que estaba alcanzando los treinta años y parecía tenerlo todo. Había comenzado trabajando como ilustrador independiente de cuentos infantiles y para revistas como Harper’s Weekly, Scribner’s Monthly y The Century, y en 1883 había hecho su primer viaje de estudios a Europa durante dos meses para conocer la obra de los grandes maestros.
Ese año había exhibido acuarelas en su primera exposición individual en la Williams and Everett Gallery de Boston y al volver de Europa hizo la segunda, en 1884. Enseñó en la Escuela de Arte de Cowles y se unió al “Paint and Clay Club”, un círculo artístico con “los más listos e inteligentes de nuestra generación de artistas, ilustradores, escultores y decoradores“. Sus obras se empezaron a vender, todo iba bien, pero faltaba algo más: el gran salto.
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II
La decisión de volver a París para instalarse un largo tiempo la tomó junto a su flamante esposa, Kathleen Maude Doane, con quien se acaba de casar. Hassam no se relacionó con los pintores franceses del momento, su círculo era cerrado a sus compatriotas y, si bien defendía la pintura estadounidense, aceptaba que “Monet, Sisley, Pissarro y la escuela de impresionistas extremos hacen algunas cosas que son encantadoras y que perdurarán”.
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Cuando el maestro francés Jean-Léon Gérôme le dijo a sus alumnos —estudiaba en la Academia Julien— “Miren a su alrededor y pinten lo que ven. Olvídense de las Bellas Artes y los modelos y todo eso”, Hassam abrió bien grandes los ojos, procesó en su cabeza el consejo y se dijo para sí mismo: “Eso es lo que voy a hacer de ahora en más”. Y así fue. Pintó escenas callejeras empleando una paleta principalmente marrón y las envió a Boston. Se vendieron todas.
Para entonces ya estaba completamente influenciado por el impresionismo de finales del siglo XIX que significó un cambio gigante en el mundo de la pintura. No solo en Francia, donde se originó, sino también en artistas de otras latitudes que veían en esas pinceladas la manera de romper con las tradiciones y lanzarse hacia una nueva era del arte. Entre esos estadounidenses estaban Mary Cassatt, John Henry Twachtman y Hassam. Formaron el Grupo de los 10.
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III
De esa época, de esa estadía en Francia, es Un paseo al atardecer en París, un óleo pintado entre 1888 y 1889 que se encuentra en una colección privada. Es, siguiendo el consejo de Gérôme, una escena callejera, algo que está alrededor, una postal desde el punto de vista de un paseante que camina maravillado por las calles coloridas de la gran capital cultural de la época. No es una panorámica ni una escena narrativa. Es como estar paseando por allí.
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Desde entonces, Hassam se convirtió en lo que siempre fue, un pintor exquisito lleno de sensibilidad y técnica que quizás por las circunstancias no había podido mostrar de lo que era capaz. Por obras como esta lo llamar el “impresionista externo”. Logró exponer en los tres salones durante su estadía en París. Volvió en 1889 y se estableció en la ciudad de Nueva York. Durante la década siguiente profundizó el proceso iniciado y consolidó una obra única.
Su carrera continuó creciendo y pintó obras memorables como Arco de Washington (1893), Improvisación, (1899), Tarde, Nueva York, invierno (1900), 14 de julio, Rue Daunou (1910), La avenida bajo la lluvia (1917) y El vestido verde (1920), solo por nombrar algunas. Cuando cumplió sesenta se compró una casa en un pueblo sobre el Oceáno Atlántico llamado. Allí murió quince años después, en 1935, a sus 75.
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