“Yo siempre digo que todos los días son un gran día para morir y eso me hace vivir feliz”, afirmó Julián Weich al explicar cómo su vínculo con la idea de la muerte transformó su manera de mirar el presente, los afectos y tiempo.
El conductor abrió la conversación en Ellos, el nuevo ciclo de entrevistas de Infobae, que invita a los varones a mostrar su lado más humano y vulnerable y da continuidad a las dos exitosas temporadas de Ellas.
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Durante la charla, reflexionó sobre la pareja, la paternidad, la soledad y los procesos personales que modificaron su forma de entender la vida y los vínculos. Su testimonio puso en primer plano una búsqueda marcada por la paz, la serenidad y una relación más consciente con lo cotidiano.
Julián es conductor y actor, formado en la Escuela Nacional de Arte Dramático. Inició su carrera en la ficción en los años 80 con títulos como Pelito, Clave de sol y La banda del Golden Rocket, y luego se consolidó como una de las caras más reconocibles de la televisión argentina al frente de ciclos como El agujerito sin fin, Sorpresa y 1/2, Expedición Robinson, Trato hecho y Justo a tiempo. Desde 1994, además, es Embajador de Buena Voluntad de UNICEF en Argentina, distinción con la que se convirtió en el primero en ocupar ese rol en el país.
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— Estoy tan feliz de este nuevo comienzo y estoy más contenta aún por comenzar con vos, porque te conozco un montón, hemos trabajado juntos hace muchos años y te aprecio y admiro. Julián Weich, bienvenido a Ellos. Sos el primero. ¿Cómo estás?
— ¡Más ello que nunca! No lo sabía que era el primero. Sabía que hacías las notas, pero no presté atención a que eran todas ellas y ningún ellos.
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— Ahora cambió. Es un nuevo espacio. Nos interesó tener un espacio para poder compartir y explayarnos, que es algo que a veces en la tele de hoy no se puede tanto, para poder conectar con ciertas cuestiones de la emocionalidad de los varones, que a veces está algo escondida.
— Sí, al varón le cuesta más demostrar que se emociona, que llora. En mi caso, soy llorón. Pro no es que me encante y que diga qué lindo, qué ganas de llorar. Pero bueno, a veces lloro.
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— ¿Y por qué pensás que pasa eso?
— Me parece que es algo cultural, de que los hombres no lloran, que tenemos que ser fuertes, ser poderosos. Hay una falsa creencia. Yo creo que no es así, pero como que hay una creencia que va más allá de lo que uno piensa, que dice que tenemos que ser fuertes (risas).
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— Vos decís en relación al llanto y a la fortaleza...
— Al expresar un sentimiento.
— A mí me parece que es todavía más amplio, como que hay una barrera en el varón que se está empezando a romper, no sé qué pensás vos, para poder permitirse ser, mostrarse y conectar un poco más con lo que les pasa.
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— Sí, yo creo que la frase “los hombres no lloran” ya quedó vieja. Pero falta la práctica, el transcurso del tiempo y de ver que somos todos iguales en ese sentido. Después te puede dar más vergüenza o no, pero todos tenemos sentimientos, aunque cada uno elige cuánto expresarlo o cuánto guardárselo.
— ¿Y cuánto creés que influye que, por ejemplo, en este Mundial, figuras tan referentes y observadas como Scaloni o los jugadores se expresen con tanta naturalidad sobre su emocionalidad?
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— A mí me encanta lo natural. Me gusta lo que pasa, no lo que uno simula o aparenta. Aparentar que las cosas no son como son, a mí me molesta, me incomoda porque siento que es una estafa, primero a mí. Es como correr una carrera, hacer trampa y ganar. Me estoy estafando a mí, más allá de que esté estafando a los demás. Pero a mí no me gusta estafarme, no me hace sentir bien. No me acuesto a la noche y digo: “Hoy mandé cuatro trampitas en el día, estoy feliz”. No me va.
— Se ha profundizado mucho, a partir de las redes sociales, esta necesidad de aparentar. En la televisión, ¿cuánto creés que influyó todo este dinamismo de las redes, que nos invita a mostrar algo que en realidad no siempre es así?
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— Mirá, en la tele vos podés simular, pero la gente se da cuenta, me parece. “Me parece que nos está mintiendo”, dicen. Sea el rubro que sea, ¿eh? Salvo el actoral, que está mintiendo deliberadamente. Me parece que la gente percibe algo, a veces bien y a veces mal. A veces hay gente que me dice: “No te creo que seas tan solidario” (risas). Yo les digo: “Mirá, no tengo que aparentar que soy más solidario de lo que soy porque no me interesa. Lo que ayudo lo muestro, lo cuento, pero con ánimos de que seamos más, nada más”. No es que estoy distorsionando la ayuda, porque también me parece una estafa. Me parece que las redes para mí no estarían sumando como deberían sumar. Es como la pandemia, que todo el mundo dijo “vamos a aprender con la pandemia”. Y no aprendimos nada. Como que pasó y nadie dice nada. No aprendimos nada. Pero me parece que con las redes no sé si estamos aprendiendo algo, me parece que no.
— Cuando uno se expone, y vos lo hacés hace muchos años por tu profesión, hay una mirada del otro y una necesidad, implícita o no, de aprobación porque en definitiva todos buscamos ser gustados, ni hablar los que trabajamos en el medio. ¿Cómo has logrado posicionar y acomodar el ego?
— Me agoté del ego (risas). No es que no lo... A ver, todos tenemos ego, el tema es si lo usamos o no, pero para mí el ego es un esfuerzo. Pongo siempre el mismo ejemplo de meter la panza, ¿viste? Porque vas a pasar adelante de una chica, ponele. ¿Cuánto podés meter la panza?
— ¿Has metido mucho la panza adelante? (risas)
— Obvio, todos nos trabamos, metimos la panza, nos estiramos. Aparentamos algo, no que no somos, sino que queremos mostrar otra parte. Pero no se aguanta. Al rato decís: “Quiero aflojar la panza, quiero ser como soy. No puedo no ser como soy y quién soy”. Y como yo aprendí a quererme y con el tiempo y aceptarme, me es más fácil ser que aparentar. Y soy feliz siendo, estoy cómodo en el ser, no estoy incómodo.
— Pero sería natural que vos, siendo una persona muy comprometida en el aspecto social, que de golpe vengan a cuestionarte te moleste, te duela o te pegue en el ego.
— No me gusta que me cuestionen, pero es como que digo siempre: “No puedo explicarles a todos. Bueno, no te gusto, no te gusto. No me creés, no me creas”. La típica frase es: “Vos con la plata que cobrás con UNICEF”. “No cobro, lo hago gratis”. Pero termina de decir eso y otro atrás: “Pero vos, la plata”. Digo, no puedo, uno por uno, explicarle que no cobro. Entonces, llega un momento que también te cansa. Es un desgaste y no terminás nunca en nada bueno. Uno busca, al menos los que somos medianamente sanos, copiar lo bueno para estar mejor, para ser mejor. Y hay gente a la que le encanta navegar en lo malo y criticar. Yo descubrí que el que critica por redes es el que la pasa mal. Porque a mí no se me ocurre criticar a nadie. No es que no tengo opinión. Pero la verdad es que yo me doy cuenta de que los que critican son los que son infelices. Y la verdad es que me dan pena, no me dan bronca. A mí me pasa, yo hago vivos de TikTok, estoy en las redes y cada tanto sale uno y se despacha. Y le digo: “Perdón, pero me das pena. ¡Qué mal que la pasás para hacer esto!”.
— Les respondés.
— Sí, a todos. “Qué mal que la pasás. Lamento lo que sentís, porque yo no siento eso”, les digo. Aparte, como no hago eso que vos decís, a mí no me... Me defiendo, pero no paso de un “bobo”, como el “bobo, andá pa allá” que dijo Messi.
— Entrás en esto de intentar responder, pero sin enroscarte.
— No me enrosco ni escalo.
— Siempre se te ha visto muy correcto. ¿Cómo logras mantener el eje frente a esas cosas?
— Es que es un trabajo ser correcto, porque no es que a mí no me dan ganas de matar gente, es como cualquier ser humano. Si alguien te hace algo, lo querés matar. Pero no hago nada. O sea, yo tengo el récord de nunca haber dado una piña y que nunca me la hayan dado. Pero no es “uy, no me pasó”. Y jugué al rugby y sé judo. O sea, me podrían haber dado unos buenos tortazos, pero no me pasó y ni me gusta, ni me interesa, ni quiero. No habla bien de mí decir pegué una piña, pegué 10 o me pegaron 10. La verdad es que no es para poner en el currículum. Hoy te digo que es una decisión, pero de chico no sé. Yo prefiero eso porque todos los que se pelean en general se arrepienten después. Nadie dice: “Le di 36 piñas”. Generalmente se arrepienten.
— ¿Nunca te enojaste con el medio?
— Siempre estoy enojado con el medio. Todo el tiempo estoy enojado con el medio. Yo miro la tele para insultarla. Pero para insultarla porque me da bronca lo que se hace, lo mal que se hace, lo que se desaprovecha, lo berreta que está a veces. Me enojo muchísimo, pero no lo digo ni lo escribo. Porque digo: “Yo puedo hablarle a la tele y no me escucha”. Cuando hablo desde mi programa, sí, porque lo estoy haciendo yo. Yo ahora en Qué mañana tomo decisiones cada vez que abro la boca, trato de que mis decisiones cuando abro la boca sean acordes a lo que yo critico en los otros.
— ¿En algún momento tuviste una cuestión existencial de decir: “No estoy alineado con esto, prefiero dar un paso al costado, me quiero dedicar a otra cosa porque no encajo acá”?
— Siempre me dediqué a otra cosa, además de actuar y conducir. Tuve restaurante, ahora soy parte de un restaurante Los Mellizos. Tuve mi empresa Conciencia, que duró 16 años y la acabo de cerrar. Soy parte de una empresa de marketing deportivo. O sea, siempre busco hacer cosas alternativas, porque la fantasía del actor es que un día se acaba todo. Y del conductor es lo mismo. Un día no te llaman más y no estás más. Siempre intenté hacer cosas paralelas. Nunca me fue muy bien, pero siempre estuve entretenido. Lo social me ocupa mucho tiempo, no gano plata, pero me ocupa mucho tiempo, me satisface, me llena. Entonces, nunca tengo el vacío si no estoy en la tele, no me muero. No es como el nido vacío con los chicos. Yo tengo tanto alrededor, que estén mis chicos o no, para mí es lo mismo. Obviamente que quiero estar con los chicos, que ya son grandes, pero no es que cuando no están digo: “Ay, la casa está vacía, no tengo qué hacer, mirá la cama donde dormía el nene”. No me pasa eso porque estoy ocupado, porque tengo otros “hijos artísticos”, por decirlo así, porque me ocupo de muchas fundaciones, colaboro, participo, me meto, averiguo y aprendo de distintas cosas.

— ¿Qué te devuelve todo eso? Porque solo el que lo hace puede expresar y compartir la gratitud que se siente.
— Es que es eso. Yo a la gente le digo: “Hagan el bien, porque te hace bien”. Ser solidario es el hecho más egoísta que hay, pero tenés que practicarlo. Yo no te puedo decir: “Correr hace bien, porque transpirás, descargás”. Practicalo, probá. No corrás 100 kilómetros, corré tres. Bueno, ser solidario es lo mismo. Es un hábito que una vez que uno lo tiene, es natural ayudar. No es que decís: “Bueno, son las 16.15 horas, voy a ayudar, a ver qué hago”. A mí me pasa todo el tiempo que estoy ayudando. De forma voluntaria o involuntaria. Porque a veces es un amigo que te llama con un problema y le decís: “Tengo el médico para ese problema, llamalo”. Y le diste una mano, lo ayudaste y fuiste solidario. Pero no lo pongo en el checklist. Es como un hábito. Estar pensando en el otro es mucho más benéfico que pensar en uno. Cuando pensás en vos, te empezás a hundir en el barro, pero no sabés a qué velocidad. Porque empezás a pensar negativamente. Vos cuando cruzás la calle no pensás: seguro no viene un auto. Pensas tengo que ver que no venga un auto y no me vuele por el aire. O sea, naturalmente, nuestro instinto de supervivencia nos hace pensar cosas negativas. Te subís al avión y decís: “Esto se va a caer”. Después se te va y decís: “No, no, basta”. Pero hay gente que se queda ahí. Y de todos los pensamientos que tenemos durante el día, que no sé si son 30 mil o 50 mil, uno elige qué pensar a veces. No es que te vienen los pensamientos porque: “Ay, se me metió esto en la cabeza, ¿quién me lo metió?”. Vos decidís pensar en eso.
— Sí, podés sostener o no esa espiral. Es una práctica también.
— Exactamente. Bueno, yo aprendí a hackear mis pensamientos y a meter pensamiento solidario, pensamiento positivo y salir de los pensamientos negativos o de los pensamientos que no construyen nada.
— ¿Fuiste víctima en algún momento de ese rulo de pensamientos negativos?
— Sí. Tuve depresiones, tuve momentos horribles, muy feos. Pero vos me veías y me veías bien, salvo que me conozcas mucho. En ese caso, me dirías: “No estás bien, algo te pasa”. Pero vos me veías bien, trabajando, creciendo, en un matrimonio, con hijos, todo. Yo siempre funcioné, nunca dejé de funcionar, pero a veces funcionaba en un estado horrible.
La búsqueda espiritual y el presente
— ¿Y cómo fue el momento en que dijiste: “La máquina funciona así, me merezco algo mejor. No quiero estar más así”?
— Fue darme cuenta que la pasaba mal. Pero el problema fue cuando yo un día dije: “Me quiero morir”. Ahí fue como: “Ah, no, no puedo tener esto en mi cabeza. Esto es horrible”. Porque el querer morirme es como si yo te digo: “Bueno, tomate un vasito de agua, apretá este botón y listo”. “Ah, ¿tan fácil?”. Y en ese momento estaba tan mal que era como: “Dame, dame el botón”. Ahí dije: “No, no, no. Esto no es así”. Ahí fui al psiquiatra, me medicaron. Fue como un bastón temporario, pero después seguí. Hacía terapia desde los 14 años, seguí haciendo terapia hasta los 50, ahora tengo 60. O sea, siempre me apoyé en la terapia, pero no me alcanzaba. La terapeuta te dice: “Bueno, listo, ya entendiste lo que te pasa” y vos le decís: “Sí. ¿Y cómo lo solucionamos?”. “Ah, no sé” (risas). “No sé, arreglate”. Llegué a esa conclusión con la terapia. Igual digo que hay que hacer terapia. No estoy en contra de la terapia. Pero llega un momento que de tanto analizar y pensar te convertís en tu propio terapeuta, pero no le encontrás la solución y no es culpa del terapeuta ni tuya. Y empecé a buscarlo del lado espiritual a partir del año 2000, más o menos. Empecé a darme cuenta de que algo no estaba bien y si bien no encontré las respuestas, sí encontré como yo te dijera una dieta nueva, una nueva forma.
— Cuando hablás del lado espiritual, específicamente, ¿a qué te referís? ¿Meditación, yoga?
— Todo lo que no se ve.
— ¿Lectura?
— Lo que no se ve. O sea, el libro lo ves. Pero lo que te genera no lo ves. Es un imaginario. Vos cuando rezás en una iglesia, en un templo o porque pasaste abajo de un puente donde pasa un tren, no ves el rezo. Te ves en la actitud, pero no lo ves. Bueno, yo empecé a creer, a trabajar, a investigar y a aprender métodos de meditación. Esto de hacerme vegetariano también. Empecé a encontrar un montón de, como yo te dijera, alimentos que no estaban en mi dieta.
— Sí, herramientas.
— Herramientas que me hacían bien. Y no pasa por llegar, sino por transitar, porque no es que te recibís de gurú o de monje.
— Es una práctica cotidiana que se tiene que sostener.
— El que va a la iglesia no se va a recibir de cura o de papa, pero va. Bueno, esto es lo mismo. La espiritualidad es un ejercicio sanísimo que si uno lo hace con prudencia, con tranquilidad y no con desesperación, funciona.
— Y esa insatisfacción que mencionás, que decís: “Estaba insatisfecho, estaba mal”, ¿de dónde surgía? Era laboral, era personal, era vincular. Porque viste que hay como una cosa muy habitual de: “Pero si vos tenés todo”.
— Es que el problema era ese, yo era el problema. Porque de afuera, si yo hacía el checklist, tenía todo, no me faltaba nada. Pero la pasaba mal con el auto que elegí comprarme yo, con la mujer que yo elegí para casarme, con mis tres hijos y yo decidí tenerlos. Yo decía: “La estoy pasando mal con mis decisiones”. Y no porque la decisión sea un error, sino porque la consecuencia no pasaba por mi satisfacción, pasaba por otro lado. Yo siempre digo, le pasa a todos los matrimonios, a las parejas. Las ganas del segundo hijo no son las mismas que las del primero, porque ya tuviste el primer hijo, pero no existen las ganas del segundo. Ya el segundo es como una planificación, el hermanito para el primero, que no quiere decir que no tengas ganas, pero es distinto, porque es otra sensación. Y yo me daba cuenta de que seguía teniendo hijos, seguía teniendo premios, seguía teniendo programas, seguía ahorrando, teniendo cosas y la pasaba mal. Ahí dije: “No, no puede ser esto”.
— Es súper profundo lo que compartís, porque la gente en general dice: “Bueno, yo voy a trabajar todo esto, voy a dedicar esto para llegar a este punto, quiero pensar en casarme, en tener hijos, porque es lo. que se espera...”
— Es que nos come el futuro. El pensamiento que más nos habita en la cabeza y nos hace daño es el futuro. Y no existe, pero a nosotros nos come la cabeza. No es normal que te esté persiguiendo algo que no existe. La responsabilidad tiene que existir porque somos responsables, pero el futuro nos come la cabeza y nos olvidamos de que en el presente podemos resolver todo, en el futuro no. Como la palabra lo indica, el presente es un regalo, es un presente. Te doy un presente.
La paternidad y el deseo de tener más hijos
— Cuando fui mamá, sentí una transformación que me interpeló, como un cambio, un decir: “La que fui hasta ahora no soy más, soy otra”. ¿Cómo viviste vos tu paternidad? ¿Cómo la vivís hoy en día?
— Yo la viví con mucho amor, con muchas ganas. Me encanta ser papá, que no quiere decir que sea el mejor papá ni un buen papá, ¿eh? Pero digo lo que me gusta, la operatividad del papá. Pañales, bañar, dar de comer, llevar a vacunar...
— Sos ese modelo de papá.
— Nunca falté a un evento de alguno de mis hijos. De grande, por ahí si no vas al acto de la bandera en quinto año de secundaria no pasa nada. Pero en toda la etapa de primaria, por decirlo así, no falté nunca. Siempre quise estar y tuve la suerte, por los programas que hice y por la agenda, de estar siempre, de no desconectarme.
— Me imagino que la enseñanza que querés dejarles a tus hijos es todo esto que hablamos hasta ahora: la parte solidaria, entender que uno puede recibir un montón cuando uno también da. Pero si te ponés a pensar, ¿qué te dieron ellos o qué te vinieron a enseñar? ¿Qué encontrás de cada uno?
— Mis hijos son muy distintos, todos, los cuatro. A veces los miro y digo: ¿De dónde salieron estos cuatro? Mirá, hoy con 60 años, les estoy enseñando que me voy a morir, pero no con la tristeza o la angustia de que me voy a morir sino con la alegría con la que yo me voy a morir. Y les digo: “Chicos, cuando yo me muera, hagan una fiesta, disfruten porque papá es muy feliz, la pasó bien, la está pasando bien, la voy a seguir pasando bien, así que no se preocupen”. Y no es que les estoy cargando con una angustia, ¿viste? “Papá, ¿qué te pasa?” No, no, no. O sea, no es que los siente a hablar del tema. Pero les doy a entender eso de: “Chicos, no pasa nada”.
— ¿Y por qué sentís esa necesidad de hablarles de lo finito, de lo que se termina?
— Porque yo aprendí a vivir con la muerte no solo con la vida, que es algo que nadie te enseña.
— ¿Y cómo aprendiste a vivir con la muerte?
— Nadie te enseña a morir. Te obsesionan a que aprendas a vivir y te dicen: “Tenés que tener tu casa, tu título, tu trabajo, tus hijos”, pero nadie te enseña a morir. Y yo quiero morir joven lo más tarde posible. Y cuando yo voy a correr 10 kilómetros es porque estoy pensando que quiero estar sano el día de mi muerte. Y me imagino mi muerte en un estado de salud, no destruido.
— ¿Pensás mucho en eso?
— Todo el tiempo. Y yo siempre digo que todos los días son un gran día para morir y eso me hace vivir feliz.
— Sí, porque te hace ser más consciente.
— Y aparte el futuro desaparece. “Si igual hoy me voy a morir” (risas). Y a veces cuando veo gente conflictuada, digo: “Chicos, paren, igual nos vamos a morir todos, tranquilos. Bájenle un poquito”.
— ¿Les cuesta mucho a los hombres poner límites?
— Sí, es que a mí me pusieron muchos límites de chico, más allá de los que me puse yo mismo, y como la pasé tan mal, entonces es como que me sale no ponerles límites, lo cual no está bien, porque lo primero que debe enseñarle un padre a un hijo es el no. Así como le decimos que no toque, no coma, no. Bueno, a mí no me salió mucho. No lo pude sostener. Es como la penitencia. “Por una semana no usás la Play”. A los tres minutos: “Bueno, dale, usala” (risas).
La paz, el paso del tiempo y la muerte
— ¿Y en el amor? ¿Cómo has sido en el amor de pareja?
— Mejorando, siempre mejorando...
— Viste que uno en un momento hace como un insight y ve su parte responsable.
— Sí, obvio, 100% responsable. Nadie me obligó a nada. Pero fui mejorando...
— ¿Sos un enamorado del amor? Esos que por ahí te separás o te divorciás y enseguida añorás un nuevo vínculo, ¿te gusta estar de a dos?
— Lo peor que me ha pasado en la vida fueron mis dos divorcios. Para mí son mortales. Y no porque sean unilaterales, ¿eh? No es que me dejaron o yo dejé, lo cual genera... Tenía que pasar, o sea, ya está. Se acabó el amor, se acabó la relación, se acabó el vínculo o se acabó lo que nos unía. Pero fueron las cosas más tristes de mi vida y no me preguntes por qué, pero a mí me gusta estar en pareja. Me gusta estar en pareja, o sea, disfruto, me encanta, cucharita, soy de eso. Y nunca tuve un período de vacío o de soledad. Salí de un matrimonio y al rato me ponía de novio y digo: “¿Qué hago otra vez en pareja?”. Pero me salía, ¿viste? Me sale...
— Por eso te preguntaba, porque hay personas que funcionan mejor de a dos. Es como que se potencian, ¿viste? Encuentran su mejor versión.
— Yo necesito volver a mi casa y que haya alguien ahí, aunque sea dentro de un rato, porque llega más tarde o lo que sea. Pero yo necesito tener pareja, me gusta. Me es natural estar en pareja.
— ¿Y en esta etapa de tu vida, a los 60, es distinto a como fue a los 30?
— Sí, porque evidentemente el tiempo ayuda a que uno madure. No tenés los chicos chicos, entonces es un tema que no te invade todo el tiempo, aunque estás pendiente igual. Mi hija tiene 36 y yo sigo pendiente de mi hija. O sea, no es que porque tiene 36, no sé, hace dos meses que no le hablo. No sé cómo definirlo. A mí me gusta estar en pareja, lo disfruto, lo necesito, no me gusta dormir solo, no me gusta ir de viaje solo. No funciono solo.

— ¿Y qué es lo que te conmueve o lo que te entusiasma encontrar en una mujer?
— Tener ganas de estar con ella. Me sorprende. Digo: “Qué loco, tengo 60 años, dos matrimonios anteriores y estoy en pareja ahora”, y estoy tan contento. Digo: “Qué loco”. Como que me sorprende tener un buen vínculo con una pareja, llamarla pareja, cosa que no me pasó nunca.
— ¿Sentís que tiene que ver con la etapa de la vida en la que estás? Que decís: “No me voy a volver a casar”, y eso, de alguna manera, te saca un peso de encima.
— No, eso no me molesta. No me molesta casarme.
— ¿Te volverías a casar?
— Sí, no es un problema o algo que analice si me conviene o no me conviene, si tengo que hacerlo o no tengo que hacerlo otra vez. Pero me impresiona estar tan bien en pareja.
— Recién dijiste es la primera vez que utilizo la palabra pareja. ¿Por qué?
— Porque me pasó (risas). O sea, no la usé porque no me pasó. Ahora siento que estoy en pareja.
— ¿Y qué sentís que hay distinto?
— Que somos pares. Le llevo 18 años, pero somos pares. O sea, no en la edad, obvio, pero hay paridad. Viste cuando digo estoy con un par, no estoy ni con más arriba ni más abajo, ni yo crecí más que el otro, ni el otro creció más que yo. Que pasa en... Ahora somos tan longevos todos. En 80 años de vida, ponele. Y es obvio que las madureces a veces no pegan. Escucho muchas separaciones...
— Es que es lo más normal que en algún momento...
— Claro, pero antes no estaba aceptado. Antes te casabas con una persona para toda la vida. Y ahora no es que sabemos que no, pero... Yo cuando alguien me dice tengo 40 años de casado y estoy feliz, digo: “Te envidio”. Porque yo siempre me casé para toda la vida, pero no me salió. Mis intenciones siempre fueron para toda la vida. No es que dije: “Bueno, me caso por este tiempo, después veo, seguramente voy a tener otra esposa”. No, yo con mi segundo matrimonio dije: “Bueno, ya está, con este. Todo lo malo que me enseñó el primero lo arreglo en el segundo”. Y me di cuenta de que no, evidentemente no entendí nada. Bueno, voy por el tercero. Y yo hoy digo: “Este tiene que ser el último”. Y a veces digo: “¿Y si no es el último?”. No me gusta pensar así, pero digo: “Ya me sorprendí dos veces, me puedo sorprender tres, me puedo sorprender cuatro”. No sé. Todos maduramos, todos evolucionamos y cuando es en pareja a mí me encanta.
— Probablemente también encontró una versión tuya mucho más alineada con la posibilidad de estar en paz, ¿no?
— Esa palabra que dijiste para mí es muy importante. Yo antes pensaba que tenía que ser feliz. Todos pensamos que tenemos que ser felices. Y descubrí que en realidad lo que quiero es estar en paz, que es mucho mejor.
— Es mucho más necesario, también.
— Y aparte, no tenés que hacer nada para estar en paz, prácticamente. En cambio, para ser feliz: el trabajo, el éxito, el rating, la plata y cómo me ven y cómo no me ven y cómo estoy y cómo me... En cambio, para estar en paz tenés que cerrar los ojos o abrirlos y estar en paz.
— Sí, habitarte. ¿Cómo pasó el vínculo de me estoy conociendo a pareja?
— Nos conocimos accidentalmente. Yo fui a conducir un evento, ella estaba trabajando en una petrolera. Nos conocimos, nos vimos, pero no pasó nada. A los dos meses empezamos a escribirnos por Instagram. Nos vimos una vez y no nos separamos nunca más.
— Dijiste: “Me volvería a casar, no tengo problema con eso”. ¿Tendrías más hijos?
— Sí. Sí, obvio. Para mí ser papá es hermoso. Veo un nene y me dan ganas de agarrarlo a upa. Pero cuando me pongo a pensar en lo que es criar un chico hoy, digo: “Uh, no está fácil, no está nada fácil”. Pero me encanta, me encanta sobre todo la infancia. Después, la adolescencia es un laburo...
— Complejo.
— Uf, pero la infancia me vuelve loco. Enseñarle, jugar, jugar con la fantasía de cualquier cosa, no sé, eso me vuelve loco.
— Igual es fascinante escucharte así porque recién me contabas que a tus hijos les hablabas tanto de la muerte y de tu desenlace y del final...
— Pero el más chico tiene 22 años. O sea, no les hablo a chicos, les hablo a pibes.
— Pero una parte tuya conecta mucho con el final del cuento y la otra todavía está acá.
— A un nene de dos años no le voy a decir: “¿Sabés que papá un día se va a morir?” (risas).
— Porque tenés esas ganas de seguir para adelante.
— Yo me siento de 20, te juro. Me doy cuenta de eso cuando corro 10 kilómetros y tardo un poco más que cuando tenía 20. Pero yo me siento de 20 y digo: “Qué loco que hago lo mismo que cuando tenía 20”. Obviamente, con otras limitaciones...
— Y en una versión mucho más evolucionada a nivel personal, me parece.
— En eso sí, pero en la actitud, en la manera de conducir, por ejemplo, yo siento que estoy haciendo El agujerito todavía y pasaron 40 años. A veces en el programa digo: “Chicos, chicos”. Y pienso qué chicos, si me está viendo gente grande a las diez de la mañana, diez y media o la hora que sea. Pero yo siento que sigo siendo joven. Es que es mi lugar de alegría. O sea, yo estoy contento todo el día y aunque no esté contento, quiero poner contento al otro. Entonces, te mareás en un momento. Decís: “Pero yo estaba tan mal y le hago chistes al otro”. Y de pronto te olvidás, te contagiás de vos mismo, ¿me entendés? Como que escuchás al otro reír y te reís. Es como la solidaridad. Vos podés estar muy mal, pero ayudás al otro y te devuelve algo lindo. Mi problema no desaparece, pero se achicó. Ya no ocupa tanto lugar en mi cabeza, porque vino la sonrisa, el agradecimiento de alguien de afuera y se acomodó ahí al lado de mi problemita. Y me parece que se trata de tener todo. No es que no vas a tener algo, vas a tener lo bueno y lo malo. El tema es cuánto lugar ocupa, porque si vos a lo malo le das todo el lugar, es terrible, es agotador.
— Te quiero agradecer por ser mi primer ellos. Me encanta que hayas sido vos. Y quiero cerrar la entrevista con esta pregunta: si pudieses tomarte un mate con el Julián de ese tiempo previo a este cambio, a ese cambio de switch, ¿qué te dirías?
— ¡Oh! Yo le diría: “Tranquilo, tranquilo, va a estar todo bien, tranquilo. Tené paciencia, tranquilo. Seguí por ahí, que está bien. No dudes”. Porque creo que lo que más nos pasa de pibes es que dudamos, que a veces no tenemos quién nos contenga, quién nos guíe. Entonces, miramos para todos lados y decimos: “¿Para dónde voy?" Y yo creo que me faltó eso. Me faltó la guía, pero la encontré entre prueba y error. Porque la tenía que encontrar, qué sé yo.
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