
I
No todos las épocas fueron propicias para la conversación. A fines de la década del veinte, cuando el nazismo estaba germinando su semilla en la Alemania de entreguerra, tampoco. Sin embargo, las tertulias existían, como en toda la historia. Una tertulia es una reunión informal y periódica de gente que conversa sobre política, arte, ciencia, filosofía, lo que sea. Y en esa conversación se produce lo específicamente humano.
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¿Pero qué es lo que se conversa en tiempos de miedo e inminente censura? En una carta de George Grosz a su amigo Otto Schmalhausen, escribe: “Nos mantenemos todo lo lejos que podemos de las tertulias literarias. No tiene sentido escuchar aquí las mismas sandeces y participar en las mismas pequeñas ejecuciones o incluso provocarlas”. De este modo, el pintor veía que en algo tan bello como las tertulias se imponen las imposturas.
Conflictuado con su tiempo, con lo que veía, con lo que vivía, Grosz pintó, entre 1920 y 1930 —la fecha no es precisa pero oscila en esa época—, una obra que tiene varios títulos. Algunos la llamaron Conversación política y en ocasiones ha sido también publicada como Café alemán, pero los especialistas llegaron a la conclusión que el nombre adecuado es Der Stammtisch por la inscripción que aparece en el banderín dibujado. Su traducción es Tertulia.
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II
Tertulia es una acuarela y tinta sobre papel de 59 centímetros de alto y 46 de ancho. Está en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid desde su creación, en 1992, porque la compró el el Barón Thyssen-Bornemisza en 1979. “Esta acuarela pertenece a un conjunto de obras sobre papel realizadas en los años anteriores a la huida de Grosz de Alemania. Durante ese periodo el pintor tuvo que padecer un nuevo y largo proceso por blasfemias”, cuenta la crítica y curadora Paloma Alarcó.
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¿Qué vemos en la obra? Tres personajes masculinos bebiendo y fumando plácidamente en torno a la mesa de un café. Es un cuadro lleno de detalles donde se destaca, más que la técnica, los colores y sus tonos, el minucioso dibujo. Mientras los hombres conversan con tranquilidad envueltos en el humo de sus tabacos, junto a la mesa, en la parte inferior del cuadro, un pequeño perro lleno de tristeza lagrimea. Y en ese llanto animal parece estar la fuerza metafórica de la obra.
“Grosz vio en el ascenso social del partido Nacional Socialista un peligro inminente, una bestia aún más peligrosa que la que había gobernado al país hasta entonces. Y en su obra y participaciones en diferentes medios así lo explicitó”, escribió Juan Gabriel Batalla. Para el poder en ascenso, este pintor afiliado al Partido Comunista Alemán era una molestia, un obstáculo, un problema. Lo denominaban el ”bolchevique cultural número uno”.
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III
Escapar. No había otra opción. Aceptó una invitación para dar clases en la Liga de estudiantes de arte de Nueva York en el verano y dejó Alemania. Volvió unos meses después, en octubre de 1932 y a los tres meses él y su familia emigraron definitivamente a Estados Unidos. Mientras George Grosz fumaba en la cubierta del barco mirando la costa europea alejarse cada vez más miniatura, hasta desaparecer, Adolf Hitler llegaba al poder para causar un genocidio.
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En Estados Unidos ejerció como profesor, siguió pintando aunque trató de cambiar su estilo, hacer una ruptura fuerte con su pasado, empezar de nuevo. Obtuvo la nacionalidad estadounidense en 1938 y ocho años después escribió su autobiografía: Un pequeño sí y un gran no. Regresó en 1958 a Alemania. En la noche del 6 de julio de 1959, en su casa de Berlín Oeste, bebió mucho más de lo que solía beber y murió al caerse de las escaleras.
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