
Todo empezó hace unos años, cuando tuve la suerte de viajar para conocer la Biblioteca de General Villegas y Nieves Castillo Alzuri, su directora, me contó que su abuelo se sentía tan abrumado por la inmensidad de la llanura que se subía a un molino de viento para remediar la ausencia de esos montes vascos en los que había crecido y que tanto extrañaba. Esa anécdota me recordó a mis abuelos, que juntaban caracoles en La Matanza para recrear los platos que comían en Sicilia. La añoranza está en nuestro ADN: todos tenemos anécdotas familiares sobre nuestro pasado inmigrante.
“Desde que Dios y Darwin nos echaron del Edén africano, los inmigrantes no paramos de huir y añorar”, piensa el detective privado Álvaro Balestra cuando acepta el caso que le encarga su nuevo cliente, Vito Lapianna, un empresario exitoso que desea reencontrarse Samuel y Julián, los primeros amigos que hizo al llegar a Argentina, cincuenta años atrás.
En el origen de esos tres amigos está una parte de nuestro país, forjado, entre otros, por vascos, italianos y judíos que escaparon de distintas guerras y llegaron a Argentina dejando atrás la pobreza y la guerra en busca de futuro mejor. Incluso el propio Balestra es un uruguayo que escapó del mandato familiar para buscar refugio en Argentina, sin renegar de su origen, buscando el punto exacto donde puede estar a una distancia idéntica de su pasado y su presente, en el Delta del Tigre, a medio camino de Argentina y Uruguay.
Los pájaros negros (Editorial Sudamericana) es una búsqueda de los orígenes, de las raíces, pero también de los errores que los personajes cometieron y no pudieron olvidar. Este punto me interesaba desde el comienzo: qué hacemos con el pasado, cómo procesamos nuestras equivocaciones, incluso nuestros crímenes. ¿El paso del tiempo puede saldar nuestras deudas? ¿Podemos salir impunes del mal que causamos? Y, lo más difícil de responder, ¿una buena causa puede justificar cualquier cosa que hayamos hecho?

La historia de esos tres amigos se entrelaza con las historias que rodean al propio Balestra: su padre comisario ya muerto y ese anciano que juega con sus nietos y besa a su hija con afecto pero que esconde un pasado oscuro que el detective ya no puede tolerar.
En medio de todo, está el cariño de la juventud compartida en Mar del Plata, el afán de trabajar para salir de la pobreza, las mezclas de idiomas en un país polifónico, la nostalgia del lugar en que nacieron, y sobre todo, la amistad que unió y separó para siempre a Vito, Samuel y Julián en la orilla de una playa que, decían, llegaba hasta el fin del mundo.
Los pájaros negros es producto de decenas de historias que fui escuchando en los últimos quince años de trabajo y escritura. El nexo entre todas ellas es el pasado, como en esta novela: el pasado como un espejo que, nos guste o no, siempre nos devuelve la verdadera imagen de quienes fuimos, por más que nos empecinemos en renegar de nosotros mismos y modificar los recuerdos para proteger nuestra integridad.
La decisión de ubicar la novela en distintos tiempos y espacios, como Mar del Plata en 1950, la Guernica de 1937, la Varsovia dominada por los nazis o Sicilia durante la caída del Imperio Italiano, no fue sólo narrativa. Hubo una necesidad personal: salir de ese presente tortuoso que fue el otoño del 2020, en los inicios de la pandemia, y pensar en otras cosas, otros tiempos, otros lugares. Como lector, creo que lo mejor que tiene la literatura es sacarnos del presente y de nuestra cotidianeidad a través de historias que le ocurren a otros y transcurren lejos de nuestra realidad.
Y sin embargo, un año después de haber terminado la novela que hoy se publica por Editorial Sudamericana, esa cotidianeidad de la que intenté salir se hizo más cruel, más dramática, como un espiral que no sabemos cuándo terminará. Ojalá Balestra, Vito, Samuel y Julián, con sus distintas historias, espacios, tiempos y errores les permitan a los lectores y lectoras olvidar por un rato el presente y volar lejos como esos pájaros negros que se echan a volar para escapar de la tormenta.
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