
Hay veces en las que nadie espera un determinado libro o que se cuente una determinada historia. Sin embargo, los autores y las autoras siguen escribiendo y publicando. Gracias a esa inercia algunos de esos libros, que hasta entonces nadie esperaba, aparecen y conquistan rápidamente un lugar en la escena. Y eso es lo que pasó con Panza de burro (Barrett, 2020), de Andrea Abreu.
Ella es una escritora de 26 años, nacida en Canarias. Publicó un fanzine, un libro de poemas y ahora esta novela con la cual se ganó un puesto entre los 25 mejores narradores en español de la revista Granta. Lo que ocurrió con Abreu es que en esta opera prima desplegó todas sus habilidades para entregar una novela sensible y ruda al mismo tiempo, en la cual la oralidad, la precariedad y la amistad crean una historia ambigua sobre la relación entre dos niñas. Este libro ya tiene doce reimpresiones, más de 30 mil ejemplares vendidos y próximamente será traducido en varios idiomas.
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Andrea Abreu se crió entre obreros y agricultores de los sectores populares de Canarias. Llegó al mundo de la literatura cuando entró en la universidad para estudiar periodismo. “Hasta entonces yo había vivido en una casa donde no había libros, salvo algunos pocos de cuentos clásicos y una enciclopedia de gente famosa -cuenta en diálogo con Infobae Cultura-, pero con el correr de los años me doy cuenta de que no hace falta que llegue temprano para que llegue de alguna manera”. Así, empezó a leer principalmente a autoras latinas como la colombiana Pilar Quintana, la mexicana Fernanda Melchor o las argentinas Selva Almada o Leila Guerriero y con esas referencias entregó esta novela, Panza de burro, en una propuesta para deconstruir el idioma español y el clasismo de la literatura.
-En Panza de burro se va a fondo con el mundo de la niñez y de la primera adolescencia. ¿Por qué decidiste trabajar estos temas, donde lo amistoso y lo sexual es tan difuso?
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-Me interesaba trabajar la ausencia de jerarquía que hay entre lo amistoso y lo sexual en esa etapa de la vida. Quería narrar ese primer intento, o necesidad, de amar a alguien de una manera rabiosa sin plantearnos en qué cajón del mundo adulto esa relación puede caber. Creo que me interesan los temas que se esconden en la infancia porque es en esa época en la que los afectos son más rabiosos, más crudos y reales. Si decidí tratar la niñez es porque estoy tremendamente obsesionada (ahora gracias a Panza de burro, no tanto) porque en ese momento fue cuando viví grandes momentos que me marcaron y que constituyeron mi persona.

-¿Podrías contar cómo fue crear esta relación entre dos niñas?
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-Fue algo complicado. No quería que hubiera una polarización extrema entre las dos personalidades. Es cierto que la personalidad de Isora es mucho más desbocada y más adulta que la de la protagonista. Quería cargar a los personajes de complejidades, trasfondos e historias propias para que las niñas hagan cosas que en el mundo adulto podrían considerarse “no éticas”, pero al explicar cuál era el background de cada una, y sus motivaciones, podía dar cuenta de por qué actuaban de esa manera. Creo que, al final, lo interesante de este tipo de ficción es que sean ambiguas, que tengan una relación complicada con la moral y la ética, como la tienen los seres humanos de carne y hueso.
-La presencia del paisaje y el lugar donde sucede la novela es muy fuerte, de hecho funciona casi como un personaje más de la trama.
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-Es un personaje más, sí. Los lugares y la meteorología son como un cuerpo que se arma y acompaña a las niñas a lo largo de la novela. El hilo conductor de la novela es la presencia perpetua de estas capas de nubes que reposan en los tejados de las casas (N. de la R.: llamadas, justamente, panza de burro). Las protagonistas tienen un cuerpo, pero el paisaje también tiene un cuerpo visible.

-El trabajo con la oralidad es una marca fuerte en la historia. ¿Qué desafíos aparecieron cuando decidiste mantener ese tono en la forma de narrar de la protagonista?
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-El principal desafío es no aburrir y no generar una cantinela que no tiene fin. Gracias a determinadas autoras que me han enseñado cómo hacerlo -como Fernanda Melchor, Selva Almada, Rita Indiana-, intenté conseguir una especie de grabación en el desarrollo de ese uso de la oralidad. Pero, a la vez, es complicado porque cuando uno usa la oralidad puede caer en algo aburrido y la gente se cansa de leerlo. Siento que he caído un poco en eso en algunos tramos de la novela, pero al ser una novela breve pude pararlo a tiempo y quitar esa sensación de que estamos escuchando una canción que se repite todo el tiempo.
-¿Tuviste alguna dificultad al momento de escribir intencionalmente con errores de ortografía? Imagino que esto se relaciona con la creación de una voz propia de la narradora...
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-Tomé esa decisión porque no quería solamente introducir la cuestión del habla, sino también de la variante de la clase social a la que pertenece esta historia. Entonces, me di cuenta de que durante mucho tiempo me comunicaba con la gente que me rodeaba por redes sociales, o por cartas, con muchos errores ortográficos por una cuestión de clase. Yo me avergoncé mucho tiempo de eso, pero ahora me lo reapropié. Lo más complicado fue hallar una homogeneidad en la norma, una especie de norma dentro de la no-norma para que no se piense que era algo incoherente.
-A lo largo de la novela, la ingenuidad es algo que flota todo el tiempo: hay cosas que se piensan pero no se dicen o que, simplemente, no se sabe cómo nombrarlas, como lo que pasa con el personaje Juanita Banana.
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-Pienso que a veces es mejor trabajar con lo no dicho o con algún tipo de metáfora. Hace poco leía un libro que habla sobre cómo hacer cuentos. En uno de esos artículos se habla de la metáfora de situación: no es visible en la frase pero impregna el relato. Yo no tenía idea de este concepto cuando hice la novela, pero me di cuenta de que era mejor dejar cosas no dichas que decirlas abiertamente. Es más interesante que el lector sea un agente activo, que saque sus propias conclusiones. Juanita Banana es un personaje muy complejo, incluso para mi gusto, y ni si quiera sé si se puede resumir en “niño gay” porque podría ser alguien no binario o una chica trans no reconocida por el mundo adulto. Es una identidad muy fluida que no quería nombrar demasiado porque quería que fuera entre lo masculino y femenino sin problemas.

-En Panza de burro hay numerosos guiños a la cultura popular latinoamericana. ¿Qué relación tenés con América Latina?
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-En el siglo XX hubo un movimiento muy grande de idas y venidas de migrantes en Canarias, muchos de América Latina. Canarios que acudían a países como Venezuela y Cuba para buscarse el pan, entonces, esos hijos de los hijos de los hijos de esos inmigrantes vienen llegando aquí. La zona a la que yo pertenezco es eminentemente latinoamericana, mucho más que europea. La música o la comida están más vinculadas a Venezuela que a Madrid. Entonces, está la relación histórico social y, en mi caso, mi familia tuvo un porcentaje alto de emigrantes a Venezuela y Cuba, por eso me quedaron historias y expresiones grabadas en mi cabeza pertenecen a esos países. Además, mi formación como lectora está situada en América Latina.
-Te formaste en periodismo y trabajás en eso. ¿En qué momento decidiste que la escritura de ficción -y también la poesía- iban a ser el centro de la escena?
-Creo que no lo decidí, simplemente fui fluyendo por los tres géneros. De todos modos, antes de empezar con la novela, decidí renunciar firmemente a dedicarme al periodismo y a todo lo que tenga que ver con la escritura porque estaba muy cansada de hacer prácticas, de tocar puertas y que nadie me respondiera. Seguía leyendo mis libros de no ficción y soñaba con poder dedicarme al periodismo, pero ahora va a ser un sueño frustrado no haberme dedicado a hacer crónicas. Creo que hubiese preferido dedicarme al periodismo narrativo antes que a la novela, pero me gusta tanto leer novelas que dije: “Pues bueno, yo también puedo escribir algo que le haga sentir esto a una persona”. Y con esa idea me motivé.

-Aunque suene un poco ingenuo, ¿por qué escribís?
-Escribo porque no me sale hacer otra cosa, es como una especie de inercia o de necesidad que tengo día a día. Unos tienen la inercia de salir a correr o hacer skate. Yo tengo esta inercia en mi cuerpo, la de escribir.
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