
El inglés John Martin (1789–1854) es quizá uno de los pintores que mayor influencia tuvo en el imaginario de la cultura pop y el más desconocido. Su estética, su escenarios, tocaron sensibilidades tan diversas como las de los hermanas Brönte, D. W. Griffith y George Lucas.
Martin está allí, aunque no lo sepamos. Referente del romanticismo, fue un gran estudioso de los textos bíblicos, a los que llevó al lienzo en obras de gran formato que fueron populares en su época. Como pasó con muchos en el arte, el tiempo lo corrió del centro de la escena, cayó en el olvido, pero se realizó una recuperación lógica con el tiempo.
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Desde 1811, expuso en la Royal Academy y lo hizo con notable suceso. El festín de Baltazar, en ese sentido, un trabajo de 1821, tuvo un record de visitantes diarios, y ganó el premio el premio de 200 libras esterlinas a la mejor pieza. El cuadro se exhibía protegido por una barandilla, algo muy común en la actualidad, pero inédito para la época. A la crítica, por su parte, no le gustó tanto como al público: le reprochaban al artista su técnica y, en particular, la ejecución de las figuras.
Y es que Martin, en palabras de su biógrafo, William Feaver, “convirtió las referencias literarias en la realidad visual”. Cada una de sus piezas eran una adaptación de historias muy conocidas, por lo que si hoy fuese un director de cine o de una plataforma de streaming -con el sinfin de obras llevadas a la gran o pequeña pantalla que estamos viviendo-, su fama sería mundial.
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El festín de Baltazar, que aparece en el Libro de Daniel, describe cómo el rey babilónico profanó los vasos sagrados de los judíos esclavizados usándolos para servir vino en un banquete. La fiesta fue repentinamente perturbada por una mano divina, que en una inscripción brillante condenaba al monarca. Baltazar murió esa misma noche.
La pintura es la segunda pieza de una trilogía mesopotámica del artista, que comenzó con La caída de Babilonia (1819) y completó con La caída de Nínive (1828). Antes que Martin, el evento fue llevado a la pintura por Bartholomäus Strobel, Rembrandt, Juan Carreño de Miranda y Andrea Celesti -cronológicamente.
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La escena es abierta, en un salón cavernoso, arquitectónicamente impresionante, que aloja a una multitud que siente pavor al revelarse el contenido del mensaje, con Daniel -vestido de negro en el centro- haciendo la interpretación y Baltazar -cerca de su trono, a la derecha- también horrorizado. En el cielo arremolinado y con truenos se avizoran los Jardines Colgantes y la Torre de Babel.
Martin vendió la pieza a su antiguo maestro, el pintor de vidrio William Collins, por 1000 guineas antes de la exposición en 1821, y firmó un convenio en el que aceptaba no reproducirla hasta que Collins la vendiera. Por supuesto, no esperaba tremendo éxito, así que cuando el duque de Buckingham y Chandos le ofreció 800 guineas tuvo que rechazarlo.
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Collins envió la pintura a una extensa gira por Gran Bretaña y el éxito continuó, por lo que en el ‘26, Martin realizó grabados de momentos preliminares de la obra para comercializar. Su viejo maestro lo demandó, pero al no ser de la pintura per se, pudo seguir adelante. Volvió a reproducir estos trabajos en el ‘32.
La obra fue adquirida por un comerciante de Liverpool en el ‘48 y en un viaje del ‘54, cuando era transportada a la galería de Naylor en Leighton Hall, un tren atropelló al carro en el que viajaba. Sufrió daños, pero fue reparada y luego ofrecida a la Galería Nacional, que la rechazó por ser demasiado grande (160 × 249 centímetros) y en la actualidad se encuentra en una colección privada. El Centro de Arte Británico de Yale en New Haven y el Wadsworth Atheneum en Hartford, ambos de Connecticut, poseen dos “bocetos” contemporáneos más pequeños.
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En el mundo de la pintura, Thomas Cole, fundador del paisajismo estadounidense, fue uno de sus grandes admiradores, como también Dante Gabriel Rossetti y otros artistas de la Sociedad Prerrafaelita. En la literatura, se puede a nombrar, entre otros, a Ralph Waldo Emerson y a los Brontë, que poseían una impresión El festín de Baltazar colgada en su casa en Haworth. De hecho, el personaje de Edward de Lisle, en la saga de Verdopolis (Glass Town) -creada por los hermanos- es un avatar del pintor.
Las obras bíblicas, pero sobre todo panorámicas de Martin siguieron inspirando más allá de su época. D. W. Griffith, por ejemplo, padre de las películas blockbuster, hiper exitosas, utilizó esta pintura para una escena de Intolerancia, y también pueden encontrarse referencias a otros trabajos en la saga Star Wars de George Lucas, como en la adaptación al cine de El señor de los anillos, por parte de Peter Jackson. Y la lista sigue.
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