30 años de “Matrimonio por conveniencia”: la comedia romántica que cambió el género

El recordado filme de Peter Weir, con Gérard Depardieu y Andie MacDowell, propuso una nueva mirada para entender el amor alejado de los clichés clásicos de Hollywood. Advertencia: esta nota tiene spoilers

Trailer de "Matrimonio por conveniencia", de Peter Weir. (En inglés)


Se escribe mucho acerca del amor, pero se sabe poco sobre él. El cine se encargó de hacer retratos sin cesar de relaciones amorosas, sobre todo entre un hombre y una mujer. Parejas heterosexuales que se desencuentran más de lo que se encuentran, y en ese desajuste de los cuerpos y los sentimientos crece, en teoría, la pasión. Las comedias románticas han moldeado una idea de lo que es el amor. Hay una trampa ahí: las comedias románticas en realidad no hablan de amor sino de enamoramiento. Salvo una que rompió todos los moldes: Matrimonio por conveniencia, escrita, dirigida y producida por el australiano Peter Weir, después de las exitosas La sociedad de los poetas muertos y Testigo en peligro.

Georges (Gérard Depardieu) y Brontë (Andie MacDowell) no se deslumbran, no hay un flechazo. Los personajes se cruzan porque ambos necesitan, por distintos motivos, un papel. Como el título en castellano lo explica, se casan por conveniencia para nunca más volverse a ver. Dan el “sí” sin saber nada del otro, son dos perfectos desconocidos.

El amor no es complejo, lo enrevesado es el enamoramiento. En Matrimonio por conveniencia el amor surge de descubrir cómo son ellos en relación a sus circunstancias. No es amor descubrir que la persona que te gusta adora lo mismo que vos: estar unidos por el sabor de helado o la marca de gaseosa. Ese es el embeleso de las coincidencias. Peter Weir plantea otra cosa: la diferencia como una oportunidad para descubrir lo desconocido, sea una emoción o un estilo de música. El amor es eso: respetar las cosas del otro que a uno no le gustan.

Retrato de época

Matrimonio por conveniencia, estrenada en Estados Unidos el 1 de febrero de 1991, comienza con mucho ritmo: un tacho de plástico dado vuelta que es golpeado por palillos una y otra vez. Una intensa sesión de percusión a la gorra tocada por un afrodescendiente en las calles de Nueva York. Él está sentado en el suelo luciendo una remera que dice en letras gigantes “New York”, las personas a su alrededor están de pie; el migrante solo observa zapatos limpios y brillantes porque mira desde abajo. En diagonal hay un puesto de flores: amarillas, rosas, violetas, lilas, carmín. Una bella mujer peinada con una trenza compra una rosa blanca por un dólar con 50 centavos, pero tarda en pagar porque se distrae con la música. Se acerca a donde la guía su oído y le da un par de monedas al percusionista.

La película se presenta desde el minuto uno con el contraste entre ciudadanos e inmigrantes, y el retrato de la convivencia multicultural. La chica de la flor blanca es la actriz fetiche de los años 90: Andie MacDowell, interpretando a Brontë; una treintañera soltera, amante de las plantas y preocupada por la ecología. Esa mañana será distinta a otras, debe encontrarse con quien será su futuro marido. No se conocen, por eso ella pone una flor blanca en el ojal. Lejos de ser una cita romántica, el matrimonio es solo un trámite. El lugar elegido para realizar los últimos detalles del arreglo es en un café llamado Afrika atendido por africanos, minutos más tarde ocurrirá la humilde boda. El novio es Georges Faure, un inmigrante francés interpretado por Gérard Depardieu.

"Matrimonio por conveniencia" detrás de escena
"Matrimonio por conveniencia" detrás de escena

Brontë y Georges deben interpretar papeles, actuar una relación que no existe, simular que se quieren. El trato es bastante simple: él necesita estar casado con una ciudadana americana para conseguir la green card (Tarjeta de Residente Permanente de los Estados Unidos) y no ser deportado a su país; ella desea ser aceptada como inquilina en un departamento (el 12 “F”) con invernadero, el sueño de su vida, y para eso tiene que hacerles creer que es una mujer casada porque es uno de los requisitos.

“Jamás me olvidaré de Afrika”, le dice él a su esposa cuando salen del registro civil. “¿África?”, pregunta ella. “Sí, donde nos conocimos”, explica él. No es una escena de amor sino de cordialidad, lo único que los une además de un papel. Se conocen, se casan y se despiden para no volverse a ver. “Suerte con tu vida”, le dice Georges. “Suerte con la composición”, le desea Brontë al Georges músico. El problema llegará más adelante, cuando el Departamento de Investigaciones de inmigración asome las narices para comprobar si son una pareja real o una farsa.

Catálogo de particularidades

La película es extraña para su género por diversos motivos: en primer lugar porque retrata una situación que en ese momento era tema de conversación en casi todas las casas del mundo: la inmigración. Para los norteamericanos era el aluvión de inmigrantes que llegaban para hacer realidad su sueño americano. Los inmigrantes habían sido recibidos en la historia como fundadores y constructores. Sin embargo, la inmigración africana, latina o india de los ’80 no era vista con buenos ojos por sectores conservadores.

Para los que vieron la película fuera de los USA, el resto del mundo, ésta hablaba de un sueño de jóvenes, y no tanto, de ir a probar suerte al país del norte, de conseguir una tarjeta verde, de lavar copas unos años para terminar triunfando de alguna manera. Weir, un extranjero en Hollywood, aprovecha ese doble juego. Así logra que los potenciales inmigrantes se sientan identificados con Georges, y con todos los inmigrantes que cruzan el plano todo el tiempo, y entiendan que Nueva York es una ciudad hermosa pero hostil, aún de una manera amable. Y que los estadounidenses, a través de los ojos de Brontë, vean a los inmigrantes como seres humanos con sueños, tristezas y dignidad.

Si las comedias románticas sirvieron tantos años para ensalzar las virtudes del matrimonio, esta sirve para alabar la empatía como la virtud más grande. Las migraciones, los éxodos, las fronteras abiertas y cerradas siguen siendo un tema central, treinta años después. Su postura es honesta, con algo de sabor amargo, que sin renegar del género que cultiva, la comedia romántica, no recurre a golpes bajos para ofrecer un retrato tierno pero no rosa.

Para acompañar la sensación cosmopolita y multicultural, para dejar en claro que la cultura se expande y enriquece con los cruces de etnias y costumbres, la música que Weir elige es la afro, en su rango más amplio. Desde la percusión con que abre la película, pasando por los bajos con reminiscencias africanas de Hans Zimmer, hasta el negro spiritual del final. El mundo es uno, nos cruzamos todo el tiempo y vivimos donde podemos, y a veces donde queremos, parece decirnos cada pieza musical.

Georges y Bronte inventando una vida que nunca tuvieron
Georges y Bronte inventando una vida que nunca tuvieron

En segundo lugar, Depardieu no es el clásico galán de una película de amor. Su clase de belleza no se parece a la de Brad Pitt o Richard Gere porque el francés no se destaca por tener un rostro armónico. Es atractivo por ser opuesto a un busto de escultura griega: tiene una nariz enorme y torcida, es encorvado por su enorme cuerpo, luce orgulloso su panza y tiene dedos gordos como salchichas. Son sus singularidades las que provocan que no podamos dejar de mirarlo, tan distinto a todos. Peter Weir creó el personaje especialmente para Depardieu: el director quedó fascinado después de ver su actuación en el drama histórico Danton, dirigido por Andrzej Wajda en 1983.

Pensó siete años en el rostro y la forma de moverse del actor francés deseando ser él quien lo dirija. Weir dijo que siempre quiso hacer una película donde Depardieu pudiera ser todos los Gérard Depardieu, cubrir todos sus registros: el actor dramático, el galán, el comediante, el tipo duro. Todo eso juntó en Matrimonio por conveniencia. Para escribir el guion de la película, colocó una foto del francés que tomó de un diario encima de su máquina de escribir; por eso Georges parece una extensión del cuerpo del actor. Matrimonio por conveniencia es su primera película en EE.UU., y debido a eso la corporación Walt Disney Pictures, bajo su estandarte Touchstone Pictures, tenía reservas sobre la financiación de una comedia romántica con un actor principal que no pertenecía a Hollywood y era poco conocido allí. Costó que lo aceptaran, igual que le sucede al personaje en la ficción.

El caso de la protagonista es diferente: Andie MacDowell venía de ser Jane en Greystoke: La leyenda de Tarzán, el rey de los monos (Hugh Hudson,1984) y de trabajar en El primer año del resto de nuestras vidas (Joel Schumacher, 1985) y Sexo, mentiras y video (Steven Soderbergh, 1989); pero todavía no era la estrella de las comedias románticas. Todo comenzó en este filme, después llegaron Cuatro bodas y un funeral, Hechizo del tiempo, Como caído del cielo, Michael. Cuando Weir la convocó para que interprete el papel femenino le pidió que engordara varios kilos. La actriz se sorprendió porque estaba acostumbrada a que los directores le pidieran lo contrario.

Peter Weir da indicaciones a Andie MacDowell y Gérard Depardieu
Peter Weir da indicaciones a Andie MacDowell y Gérard Depardieu

Lo importante habita en los detalles

El título original de la película es Green Card, algunos juegos de palabras se pierden en la traducción al castellano. Invernadero en inglés se dice “green house”, por lo tanto los dos personajes se casan por algo verde. Peter Weir con su diseñadora de producción Wendy Stites trasladan ese concepto a la puesta en escena: los espacios, los vestuarios, los objetos, la iluminación, todo está pensado para que sea verde; desde las camisas de Brontë hasta las paredes del departamento, los parques y los adornos colgantes. Porque en Matrimonio por conveniencia el sentido de la vida habita en los detalles.

Georges obtiene su green card; Brontë consigue mudarse al departamento que tanto anhelaba a pesar de que su marido no esté presente (se excusa informando que está trabajando en África). Para ser elegida le habla al exigente y machista Consejo de vecinos acerca de su conocimiento (y devoción) por las plantas del invernadero del departamento; del cuidado que necesitan la bromelia y la maranta leuconeura, la lilium y la zamia, la chamaedorea y la heliconia, los agaves, las aspidistras y las begonias. Brontë las cuida como si fuera una enfermera, una enfermera de plantas. Cuando sale del departamento se saca el anillo de casada y lo guarda en la billetera. Fuera del edificio ella no es la Sra. Faure sino la señorita Parrish, y tiene un novio, Phil (Gregg Edelman): un hombre arrogante y antipático que dirige el proyecto ecológico y comunitario donde ella participa, ‘Árboles comunitarios’. Un plan de forestación a pequeña escala llevado a cabo por vecinos y voluntarios para llevar verde a zonas urbanas y conectar a los jóvenes con la naturaleza.

Weir filma los árboles y flores siendo regados por ella como si fuera una escena romántica, un beso o un abrazo que tardó demasiado tiempo en suceder. El único amor que conoce la co-protagonista es el que siente por las plantas. El director define a los personajes por cómo se relacionan con las cosas. A él lo definirá más adelante, porque lo vamos conociendo a partir de los ojos de ella. En Matrimonio por conveniencia los objetos tienen la misma importancia que los personajes.

El invernadero
El invernadero

Cuando el Departamento de Investigaciones de Inmigración comienza a sospechar que tal matrimonio es un engaño, Brontë y Georges deben inventar una vida que no tienen, ficcionalizar una pareja a los ojos ajenos. Las mentiras que les dicen a los empleados del Estado van creciendo escena a escena: que él estuvo de viaje en África fotografiando elefantes y está componiendo una pieza musical basada en su investigación. A pesar de los inventos descabellados, todo sale perfecto hasta que él se confunde y le dice Betty a Brontë. Por ese error, entre otros, deben convivir aunque sean dos desconocidos, y esta vez en serio. De lo contrario él será deportado y ella irá a la cárcel por violar la Ley. Tendrán que estudiar la vida del otro, cada detalle como el color del cepillo de dientes o si alguno ronca al dormir, en solo 48 horas para poder responder todas las preguntas en una nueva y rigurosa entrevista con migraciones.

Cuando él se muda por esos dos días no lleva flores, ni bombones. Él no planea seducirla ni enamorarla, solo quiere ser amable con ella, como lo sería con cualquier persona. Llega con un pez color naranja fuego para el estanque de Brontë. La película es una obra compuesta de gestos que nada tienen que ver con el romance rosa. Como decía Kurt Vonnegut: “El mundo necesita menos amor y más amabilidad”. Peter Weir convierte esa frase en una película.

Durante la convivencia
Durante la convivencia

Ellos no solo son distintos, son opuestos: Georges fuma, Brontë odia el humo; él ama el café fuerte, ella solo compra café descafeinado; él desayuna croissants, ella pan de salvado con semillas; él creció en la pobreza y abandonó su hogar a los 12 años, ella viene de una familia intelectual de clase media y nunca le faltó nada. Ella es igual a su novio, Phil. Sin embargo, eso no es suficiente para que nazca el amor.

¿Cuál es el segundo exacto donde surge el amor? Hay una escena muy especial, sin besos ni declaraciones, donde Peter Weir define qué es realmente el amor entre dos personas. A Georges le parece una estupidez burguesa el proyecto en el que participa Brontë que consiste en conseguir árboles para trasplantarlos en terrenos baldíos de barrios desfavorecidos. “Los árboles no se comen”, le dice Georges, afirmando que la esperanza no sirve para nada y que él lo sabe porque viene de esos mismos lugares. Sin embargo, una noche, Georges nos sorprende cuando asiste a una cena de ricos que se niegan a donar unos árboles que poseen.

Georges se sienta a tocar el piano de la dueña de casa, una anciana refinada, y recita en francés (sabiendo que la señora conoce el idioma) un poema improvisado sobre cómo los árboles pueden cambiar la vida de los niños que no tienen nada. A pesar de que no está de acuerdo con esa idea de ayudar con plantas, está dispuesto a hacer cualquier cosa para conseguir esos árboles porque para ella es importante, y esa es una razón suficiente. El amor es también amar los árboles porque ella los quiere. Por primera vez Brontë lo mira con otros ojos, tan impactada como nosotros por haber presenciado ese carismático acto de generosidad. No obstante, en ningún momento ella compra la forma de ver el mundo de él, ni él compra la forma de ver el mundo de ella: la valoran, se respetan, y por eso se aman.

Escena del piano de "Matrimonio por conveniencia", de Peter Weir (doblada al español)


El amor nace cuando nadie lo ve

¿Qué se hace con el amor?¿Cómo se materializa? Las relaciones no necesariamente son una respuesta al amor. Matrimonio por conveniencia responde esa incógnita con una afirmación: el amor se materializa cuando te atraviesa y te transforma en una persona distinta. Al principio de la película Georges le dice a Brontë que ella ama más a las plantas que a la gente. “A cierta gente”, le responde en tono despectivo ella. Y es cierto: lo único que le importa en la vida es tener ese invernadero, y esa obsesión la arrastra a casarse con un desconocido. El desenlace de la película abarca mucho más que la historia de amor: cuando Georges es deportado (por meter la pata en la entrevista con el Departamento de Migración) Brontë descubre que hay algo que le importa más que el invernadero: Georges. En esa revelación Brontë se da cuenta de que no es la persona que creía. Pero Georges sabe que el invernadero es muy importante para ella, y por eso decide hacer un sacrificio: regresar a Francia para que Brontë no cargue con las consecuencias del matrimonio falso, ni tenga que separarse de sus amadas plantas.

Hay una secuencia muy simbólica donde tienen que inventar, para convencer a los empleados de inmigración, las razones por las cuales se enamoraron. Sin estar enterados de que se están enamorando de verdad. Georges tarda en encontrar el motivo, Brontë se incomoda hasta que de repente él grita: “ya sé, porque volví a escuchar la música”. Es la mejor definición del amor que nos ha dado el cine. Antes de partir, él le envía un regalo: la melodía que murmuró las 48 horas que vivieron juntos. Escribe las notas en lápiz sobre una partitura y la guarda en un sobre de papel madera, en el reverso está parte de una carta inventada que supuestamente él le envió a Brontë desde África. “Son tantas las mentiras que es difícil saber la verdad”, le dice Brontë en un momento de la película cuando descubre que él sí era un compositor de música.

Matrimonio por conveniencia es una película rara también porque apuesta a la desilusión del espectador. No para hacerlo sufrir sino para hacerlo crecer. El director juega con las expectativas de quien mira, haciéndole creer que pasará eso que está pensando, aquello que vio en decenas de comedias románticas. Y justo cuando lo hace sentir cómodo, ¡zas!, Peter Weir lanza la sorpresa. Nunca desilusionarse fue tan placentero.

La película termina en el lugar donde empieza: en Áfrika. Sin embargo, ni Bronte ni Georges están en el mismo lugar. Son otros. Lo que importa es el encuentro, dure lo que dure. No sabemos si van a volver a estar juntos, si se verán otra vez, si construirán una relación, poco importa ese futuro. Porque ellos no son los mismos desde que se conocieron, y en ese cambio sobrevive el amor. El amor en las cosas que cada uno ama: de uno y del otro.

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